¿Te acuerdas de cómo era yo antes? Es la pregunta que le hace la protagonista de Anatomía de una caída a su abogado, también amigo de juventud. Ella, Sandra Hüller, es sospechosa de haber asesinado a su marido empujándolo desde una ventana de su casa, un chalet de madera ubicado en medio de la nada en los Alpes franceses. La imagen del crimen es entre macabra y preciosa: el rojo de la sangre sobre el blanco inmaculado de la nieve, y el cuerpo de un hombre muerto, que ha dejado de luchar.

Tras el impacto sigue un proceso judicial mediático y duro contra ella, escritora de prestigio. La película es una obra de arte, pero me interesa sobre todo la escena en la que la acusada se hace esta pregunta, y me interesa también quién es y cómo actúa el receptor. Diseccionemos esto. Ocurre en un momento íntimo y distendido, mientras Sandra y su abogado fuman y beben en el balcón de la casa. Se escuchan, conectan. ¿Cómo era yo antes?

Las capas de realidad hacen que la vida avance desbocadamente y nuestra autopercepción se distrae con el paso del tiempo. ¿Quiénes somos? ¿Quiénes éramos? Las mil responsabilidades de abrirse un camino, conseguir mantenerse por uno mismo, situar la ambición profesional, querer ser alguien, construir una familia; el hacer-hacer-hacer, mientras haces-haces-haces provoca que no podamos dominar la forma o, más bien, la gran deformación que adopta nuestra existencia, como un zapato que hemos usado mucho.

Es una cuestión importante, la anatomía de la identidad. Aún lo es más en el caso de Sandra. Inmediatamente es vista como culpable del homicidio, porque no se entiende la muerte del marido; estaban solos en casa cuando ocurrió. Todo el mundo la mira como un monstruo, también el espectador. Se lo plantea incluso su hijo. En ese momento de absoluto cuestionamiento público, ella necesita mirar hacia adentro y hacia el otro (no uno cualquiera) para anclarse. Suelta la pregunta a su amigo: ¿Cómo era yo antes?

Él sí se acuerda. Siempre la ha visto. A pesar de que hayan pasado años, décadas, conoce a la perfección el fondo de su alma. Era tímida, era inteligente, estaba enamorado. Él la ve tal como es, y esto la salva, de algún modo, la restituye. Como este amigo (no será en vano que haga de abogado defensor), la gente que nos ama o nos ha amado posee parte de nuestra identidad. Aunque mutemos, estamos en los demás, a través y penetrando en los demás. Alejarnos es inevitable y violento: los amigos se distancian, los matrimonios se rompen, los abuelos se mueren. Pero somos parte de esos fragmentos de amor, de hondas e inexplicables sinapsis entre personas que nos van a definir para siempre. También cuando nos sentimos perdidos.

La escritora Elizabeth Strout hablaba sobre algo parecido en este fragmento: “Me pareció que me escuchaba en serio, veía cómo me escuchaba, y respondió exactamente como me esperaba. No recuerdo qué dijo, pero recuerdo que pensé ay, está exactamente aquí, conmigo”.

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