
Cuando escribo este artículo faltan pocas horas para que el Govern de la Generalitat decrete la situación de emergencia en el conjunto del territorio que abastece el sistema de Aguas Ter-Llobregat. Lo de Aguas Ter-Llobregat es, en realidad, un eufemismo que esconde el hecho de que los barceloneses nos bebemos el agua de Girona desde hace muchos años (es una obra hidráulica hecha en tiempos del franquismo) y ahora no tenemos suficiente, dada la situación de los embalses de lo que llaman “cuencas internas de Cataluña”.
Entrar en los sucesivos escenarios de una situación de emergencia no solo producirá molestias a la ciudadanía (menor presión del agua o, incluso, restricciones) sino que tiene consecuencias más graves, tanto ecológicas (se reducen los caudales ecológicos de los ríos, es decir, el volumen mínimo de agua que puede garantizar el ecosistema) como económicas (en la industria, el turismo, la agricultura… que verán reducidas sus capacidades de producción).
Lo que más me preocupa es que no veo una salida a todo esto. Parece que ni la ACA ni el Departamento de Acción Climática, del que depende, tienen plan B. Es decir, ninguna medida a corto plazo para salir de este callejón sin salida, más allá de esperar que la meteorología se reconcilie con nuestro país. Pero los números son tozudos: serían necesarios muchos días de lluvias continuadas (que ningún modelo meteorológico prevé por ahora) para conseguir revertir la situación. Eso sí, nuestro gobierno ha construido un sistema potente de multas, de momento enfocadas a los Ayuntamientos en los que el consumo sobrepasa un umbral determinado, establecido para un determinado número de habitantes, que no son los del padrón, sino menos (como mínimo, en mi pueblo), alegando una estrambótica estacionalidad. Es decir, aquel que tiene la responsabilidad de suministrar agua no puede hacerlo y, en cambio, saca el bastón para repartir a diestro y siniestro.
Y ahora intentaré responder a la pregunta del título del artículo. ¿Quién es el culpable de esta situación? Hay quien se empeña en decir que es la meteorología (esta creencia no ha cambiado demasiado desde los tiempos en los que lo atribuían a Dios, y por eso, hacían rogativas y procesiones). Cierto es que llueve menos, pero el clima mediterráneo es así, y además, probablemente el cambio climático lo acentuará. Pero hay otras causas: por ejemplo, un urbanismo intensivo y expansivo consumidor de agua (no solo en el espacio público lleno de césped sino con ciudades de “casita y piscina”, en lugar del huerto del presidente Macià), las grandes conurbaciones urbanas en lugares sin recursos hídricos y a los que es necesario llevar el agua desde lejos, las costumbres (limpiar el coche, regar con abundancia el jardín, etc.) y algunos de los usos recreativos del agua (como el que se hace en los parques acuáticos, los campos de golf, las piscinas municipales cubiertas y descubiertas, las pistas de hielo o los cañones de nieve para poder esquiar donde no nieva), que aunque sea freática o reciclada, se consume en detrimento de otros usos. Incluso la llamada transición energética puede empeorar esta situación, si se pretende fabricar “hidrógeno verde” a base de agua dulce.
Por tanto, ni de lejos la meteorología es la única culpable de la grave situación a la que nos enfrentamos. El modelo urbanístico desarrollado (con responsabilidad compartida entre Ayuntamientos y Govern de la Generalitat) hacen necesarios determinados recursos en lugares que no los tienen. Un modelo de desarrollo basado en un crecimiento infinito del PIB (hito imposible en un mundo finito) lleva a que los recursos naturales se agoten. Pero, sobre todo, la culpa es de un Govern de la Generalitat más preocupado por sueños imposibles que por gobernar, completamente inoperante desde la última sequía (hace quince años), ya que en todo este tiempo no se ha hecho ninguna obra hidráulica significativa que ahora pudiera paliar una situación que, como la muerte en el libro de García Márquez, estaba totalmente anunciada. Ahora prometen más desaladoras y reaprovechamiento del agua residual. Y todo ello, si llegan a cumplirlo, podrá servir para la próxima sequía pero no para ésta.
Los responsables del agua en Cataluña no tienen plan alternativo. Lo confían todo al esfuerzo de la sociedad, que será, además, insuficiente. Se resisten a hacer un trasvase entre cuencas de Cataluña, pero hablan de transportar agua en barcos (a un precio desorbitado), sin tan siquiera saber de dónde la sacarán; se ve que los trasvases, si no son por tubería, son aceptables.
Es decir, sufrimos una grave situación de sequía porque ni tenemos lluvias ni gobierno que gestione.


