Romper el silencio, reencontrar la voz, meditar el escarnio sufrido. De eso trata Difamació (Club Editor) de Eva Piquer (Barcelona, 1969), un pequeño y elegante libro que trasciende la circunstancia personal sufrida para convertirla en reto de todos. ¿Cuál es la decencia de la palabra pública? ¿Qué tipo de textos empalabramos en la telaraña de las redes sociales? ¿Cómo opera y por qué hiere el difamador? Meses después de escribir el ensayo, el reto que plantea Eva Piquer continúa vigente, y obliga a reflexionar sobre la salud del ecosistema comunicativo catalán y la razón por la cual ciertas tribunas mediáticas mantienen ciertas voces que ensucian el debate público

Mientras leía el libro tenía la sensación de que escudriñaba uno de los rostros de la crueldad.

A ver, yo he intentado entender qué lleva a una persona a actuar como lo hizo mi difamador, u otras personas que, igual que el, difaman, mienten y desacreditan a los demás. ¿Por qué? Deben arrastrar frustraciones e inseguridades, imagino; un fuerte resentimiento, como si el mundo les debiera algo. Pero, también, en mi caso, hubo una crueldad de inicio; y he querido desgranarla para escribir un ensayo que fuera más allá de la esfera individual. Y te diré, además, que la respuesta a por qué difama un difamador es la más borrosa, porque me cuesta mucho ponerme en la piel de alguien que se comporta así.

Difamació (Club Editor) d’Eva Piquer (Barcelona, 1969)
Difamació (Club Editor) de Eva Piquer (Barcelona, 1969)

Quizá porque es difícil concebir la crueldad de un acto cruel.

Sí, esa arbitrariedad de alguien que, de pronto, dispara contra ti, y piensas: “¿Qué ha pasado?”. Sí, me cuesta mucho meterme en la cabeza de este tipo de personas que, afortunadamente, son una minoría. Por eso, la pregunta que nos debemos formular colectivamente es por qué hacemos que crezcan esta clase de monstruos; por qué les damos voz y micrófonos. Y es una pregunta que interpela a todo el mundo y, sobre todo, a los periodistas.

Sí, lo entiendo. Pero, ¿por qué crees que pasa? ¿Por qué aparecen en tertulias y columnas?

Bien, no creo que sea algo propio de Cataluña, no; lo que pasa es que Cataluña es un país pequeño y todo se amplifica un poco más porque queda al alcance de todos. Yo he reflexionado sobre los patrones de la difamación, sí. Es alguien que tiene fama y que busca deshumanizarte, igual que los nazis lo hacían con los judíos; o la extrema derecha con los inmigrantes, todo para conseguir que no te consideren una persona. Y una vez que te deshumanizan es muy difícil defenderte, porque la difamación mancha, te aboca a una espiral de silencio y dejas de ser creíble. Y este es el drama de las agresiones: que las víctimas callan. A mí me ha costado diez años, y yo callé porque no tenía otra opción.

Escribes que callar te dolió mucho. Y también que recibiste mensajes de apoyo, pero que nadie, públicamente, te defendió.

Sí, bien, es que los humanos somos supervivientes, y, a ver… Es decir, es cierto que nadie me defendió en público, pero si tú defiendes a la víctima difamada, el difamador empieza a atacarte a ti. Quiero decir que sí, que soy partidaria de que rompamos los silencios y de que no callemos ante las difamaciones y alcemos la voz, pero entiendo que la gente calle, porque todo el mundo tiene ya muchos problemas.

La pregunta que nos debemos formular colectivamente es por qué hacemos que crezcan esta clase de monstruos; por qué les damos voz y micrófonos

Es similar al acoso escolar, ¿verdad? Todos, entonces, callábamos.

Sí, lo es. Exactamente igual. En el libro explico que incluso yo, de pequeña, había participado en el acoso escolar de un compañero. De hecho, los mecanismos del acoso digital, que es el que yo sufrí, son los mismos que los del escolar. Y te hace entender la razón del silencio de mucha gente.

Un mecanismo de defensa, imagino.

Sí, de supervivencia.

Supongo que lo que importa es comprender tu silencio y no culparte, sino aprender que, al día siguiente, ante una situación similar, no volverás a callar.

Esa es la idea. Yo escribí el ensayo para comprender qué me había pasado y, a la vez, sacudir conciencias y entender que no tiene sentido callar. Y si aprendemos esto, ya habremos avanzado mucho, ¿no te parece? Cuando eres la víctima directa, si callas, dejas el terreno de juego para los difamadores, que difaman por sistema. Si entendemos, colectivamente, que no tiene sentido callar ante una difamación, podremos comprender mejor cómo ayudar a las víctimas; porque, desgraciadamente, difamadores siempre habrá. Es un libro, por lo tanto, que abre preguntas, pero es un ensayo que no hubiera querido haber escrito jamás.

Y una vez que lo has terminado, ¿cómo te sientes?

Estoy contenta de haberlo escrito, sí, de haber convertido la mierda que sufrí en algo bonito y legible y que preste un cierto servicio público. Estoy muy satisfecha de haber respondido en forma de libro, porque los libros son mi espacio seguro, y el ensayo me ha permitido analizar cómo funciona la difamación, cerrar mi caso personal y abrir un debate público.

Poner palabras a la experiencia para cicatrizar la herida.

Sí, porque ser víctima de una difamación y no responder te acaba minando mucho la autoestima, porque te acabas creyendo que tu difamador tiene razón, y eso es muy perverso, sobre todo cuando la difamación es pública y persistente, como fue en mi caso. Perdí la confianza en mí misma y tuve pánico de volver a asomar la cabeza por si volvían a cortármela. El dolor profundo causado por la difamación me empujó a entender los mecanismos del acto cruel. Pero, cuando finalmente recuperé mi voz pública, todo se terminó.

Cuando trasciendes la situación personal, tu libro plantea la decencia de la conversación pública. Y aquí topamos con las redes. ¿La libertad de expresión necesita también límites?

Sí, pero la cuestión es dónde ponemos los límites, y es difícil saber dónde; pero es evidente que debemos tener límites, y es una pregunta que debemos responder entre todos.

Te lo pregunto porque tras las palabras que escribimos en las redes se esconde una concepción del mundo y una manera de relacionarnos con los demás. La palabra nunca es gratuita.

Sí, claro, el problema de la difamación en la era digital es que, por un lado, la huella digital cuesta mucho de borrar y, en cualquier momento, alguien recupera algún escrito contra ti y la bola vuelve a agrandarse. De hecho, con el libro quería plantear por qué usamos las palabras con esta brutalidad. ¿Por qué?

Brutalidad, sí, es la palabra.

¿A que sí? Es que nos agredimos, y las palabras hieren y hacen mucho daño. Por tanto, ¿por qué dejamos que se intoxique el debate público? ¿Por qué cuando alguien se dedica a agredir con palabras, le damos más y más tribunas? Nos hemos acostumbrado a tolerar barbaridades que hace un tiempo no tolerábamos. ¿Cuál es nuestro umbral de tolerancia? Lo pongo sobre la mesa con el libro. ¿Por qué en lugar de pararles los pies a los difamadores, los hacemos crecer? Como si ellos dominaran los ejes del debate público. Me parece pernicioso. Cuando he analizado mi difamación, me he dado cuenta de que tiene vestigios clasistas, misóginos y neofascistas, y por eso, evidentemente, crueles; y son actos suficientemente nocivos como para plantearnos si ese es el camino a seguir.

El filósofo Daniel Gamper, en una entrevista en CatalunyaPlural, hablaba de las mejores palabras, y defendía que la libertad de expresión no es tanto decir lo que quieres, como saber a quién otorgas autoridad para escucharlo.

Sí, exacto, saber a quién se la otorgamos. El difamador no puede dominar el debate público.

¿Y por qué deslumbran este tipo de personajes?

A mí tampoco me deslumbran tanto, la verdad; pero, bueno, parece que esta gente —y ahora hablo como periodista— da audiencia porque los lectores actúan movidos por el clickbait. Pero mira, yo tengo un medio, Catorze, donde hablamos de la cultura y del mundo desde un punto de vista literario, y he comprobado de manera empírica que muchas personas no quieren esto ni a este tipo de personajes. Las personas no son tan estúpidas como a veces pensamos. Si les das de comer mierda, quizá alguna vez se la traguen, pero, la próxima vez, no lo harán. Si jugamos a ver quién la dice más gorda, acabaremos perdiendo el futuro.

La periodista y escritora Eva Piquer | Pol Rius

Para terminar, ¿Qué libros te han ayudado a entender la difamación?

Hay un libro muy interesante que menciono de Joanna Russ, una profesora estadounidense, que se titula Cómo acabar con la escritura de las mujeres. Es un libro de 1983 y esta mujer, que ya ha muerto, describe qué pasa cuando eres una mujer y pretendes escribir; es decir, cuando quieres ocupar lugares tradicionalmente destinados a los hombres.

¿Y qué pasa?

Que dirán que publicas porque eres la mujer de no sé quién, o porque eres su amiguita; todo para denigrarte, claro está. Al difamador que denomino el articulista-ahora-insignificante empezó a atacarme, y recuerdo que una amiga psicóloga me dijo: “Pero ¿no ves que te están atacando porque te considera una amenaza?”. Son una clase de hombres que tienen que castigarte de alguna manera. Me costó entenderlo, sí, porque yo tuve una educación muy igualitaria en aquellas escuelas de finales del franquismo, cooperativas de padres y maestros muy activas y catalanistas; donde me habían hecho creer que el feminismo era algo resuelto y que yo podría llegar tan lejos como mis méritos me empujaran. Y la idea de que por el hecho de ser mujer se me podía atacar, a mí me costó mucho concebirla; del mismo modo que me cuesta mucho entender el componente clasista, tan evidente cuando mi difamador se retrata a si mismo en sus artículos. Para atacarme, decía que yo era “la peluquera del Clot” y que escribía “cagarrutas de cabra” en los periódicos. Pero yo no voy por la vida con las gafas machistas ni clasistas, y me cuesta entender toda esta arbitrariedad.

Suena de un machismo muy antiguo ya, trasnochado.

Sí, sí, una agresión misógina y clasista. Esa clase de hombres que llegan a su casa y se miran ante el espejo, vaya.

Finalmente, ¿qué has aprendido con este libro?

Que debemos romper el silencio, y que deberíamos romper todos los silencios. Es lo mismo que dijo Audre Lorde: “Tu silencio no te protegerá”. Si aprendemos a luchar contra el silencio todos juntos y somos conscientes del dolor que infligimos cuando frivolizamos, habremos ganado muchísimo. Deberíamos preguntarnos qué responsabilidad tenemos cada uno de nosotros, y sobre todo los periodistas; porque hoy se están traspasando muchas líneas rojas para ganar clics. Me parece que aceptando este tipo de personajes y de agresiones estamos allanando el camino hacia la extrema derecha.




En Difamació, Eva Piquer no menciona directamente el nombre de su difamador, y a lo largo del libro le llama Ricard, un recurso para despersonalizar el escarnio sufrido y centrarse en la lógica del acto difamatorio. El nombre real del difamador de Eva Piquer es Bernat Dedéu, columnista en el digital El Nacional. Asimismo, Dedéu colabora en Els Matins del medio público Catalunya Ràdio 3Cat con un comentario del día. Ha colaborado también regularmente en La Tarda de Catalunya Ràdio. El otro columnista que Eva Piquer menciona en Difamació es Salvador Sostres, a quien la autora llama ‘el periodista-ahora-insignificante’. Sostres colabora en ABC.

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