extrema derecha

«Son hombres y mujeres con apariencia normal, que no están en el Parlamento ni en los platós, sino en tu trabajo, en la puerta del colegio, en la casa de tu padre y de tu madre», escribe Patricia Simón sobre la acelerada expansión de la ultraderecha.

Una metáfora sobre el frío autoritario que se expande desde Estados Unidos hasta Europa y congela derechos, empatía y democracia.

El periodista del New Yorker Andrew Marantz analizó en Antisocial cómo las grandes plataformas digitales, nacidas bajo el tecnoutopismo, se convirtieron en herramientas clave para la desinformación, el auge de la extrema derecha y la degradación del debate democrático. Un libro hoy más vigente que nunca.

Desde una perspectiva antropológica, el arte no es un territorio aislado ni un espacio reservado al genio individual, sino una acción colectiva y una herramienta política. En tiempos de disputa ideológica, la extrema derecha —del fascismo histórico a formaciones actuales como VOX o Aliança Catalana— emplea el arte, la música y los símbolos como instrumentos de pedagogía emocional y de control identitario. Su estética no busca cuestionar, sino imponer: transformar la cultura en trinchera y la belleza en obediencia.