Ante la negativa del Ejecutivo español a permitir que las bases de EEUU en Andalucía sean empleadas como trampolín para atacar Irán, Donald Trump amenaza con romper relaciones comerciales o de cualquier otra índole con España, barajando incluso una suerte de embargo. ¿Pero acabará España siendo otro de los Estados Sometidos de América?
En el libro VIII de La República de Platón, la voz de Sócrates nos invita, irónicamente, a tratar “el más hermoso régimen político y del hombre más bello, que son la tiranía y el tirano” (562a). Del tirano nos advierte que, en cuanto “prueba la sangre”, no se detiene, sino que intensifica su actividad, acusa injustificadamente, mata y, en general, degrada el régimen político, convirtiéndolo en una tiranía sometida a su capricho. Por supuesto, el tirano se torna necesariamente belicoso porque requiere de enemigos para mantenerse en su posición y, por lo tanto, la guerra se torna ineludible y deseable para él. Además, el tirano no soporta a quienes son sabios, nobles, valientes o, en general, a todos aquellos que le puedan hacer frente o contrarrestar de algún modo. Y sí, este texto fue escrito hace aproximadamente 2.500 años.
Hace ya un tiempo que se viene escribiendo mucho —yo claramente lo he hecho— sobre la violación sistemática del Derecho Internacional por parte de los EEUU comandados por Donald Trump. Con frecuencia se suele acusar de una suerte de buenismo a quienes defienden que se debe garantizar el Derecho Internacional y, desde dicha crítica, se aboga por el realismo o pragmatismo más crudo. De este modo, se dice que si se estima que un régimen es despótico, cruel y no respetuoso con los derechos fundamentales, se debe intervenir ipso facto. En principio, este planteamiento suena sensato o, al menos, claro y diáfano. No obstante, el problema de este enfoque ya no solo es el reduccionismo que se emplea sino: ¿quién hace de juez aquí?
A propósito de lugares como Arabia Saudí, por poner un ejemplo, se tienen sospechas de falta de garantías legales y también de poco respeto por los derechos fundamentales. Sin embargo, EEUU no suele poner el foco de atención en ese punto. Por otra parte, casi a un nivel caricaturesco, la idea que se tiene de Corea del Norte dista mucho de la de un paraíso democrático y de las libertades. No obstante, las tensiones entre EEUU y este país parecen ya cosa del pasado (veremos hasta cuándo).
¿Qué tienen en común Arabia Saudí y Corea del Norte? Lo fundamental no está en su carácter no democrático, sino en el hecho de que EEUU no se plantea por el momento atacarlos. En el primer caso, porque Arabia Saudí es un aliado y socio comercial de primer orden. En el segundo, porque Corea del Norte tiene un claro poder de disuasión nuclear que conviene no azuzar. Es decir, por muy diferentes razones, estos dos países no están en el radar de EEUU.
Los ejemplos de Arabia Saudí y Corea del Norte son solo un par de muestras que dejan a las claras algo: no es la falta de democracia o la falta de respeto a los derechos fundamentales lo que mueve la actuación imperialista. Aun con esto, uno podría pensar que, en aras del pragmatismo político más puro, se puede sostener que, aunque sería deseable también una intervención en Arabia Saudí y en Corea del Norte, eso no quita que si se está haciendo algo en Irán, de algún modo se está reduciendo la cantidad de “mal” en el mundo… Este argumento, a pesar de cierta ingenuidad, puede incluso parecer aún más sensato… Pero seguimos ante el mismo problema: ¿quién y por qué es el juez?
El problema de la falta de respeto al Derecho Internacional no es que esté fallando el utopismo idealista que se supone que lo sostenía. Lo verdaderamente grave es que si se nos convence de que lo deseable es invadir y atacar este o aquel país porque EEUU así lo ha decidido estamos comprando un marco en el cual la fuerza militar y los intereses estratégicos dictan el destino de las naciones en base al chantaje y la imposición. Así, de igual modo que hoy se encontraron razones para atacar Irán y ayer se hallaron para atacar Venezuela, ¿qué impide que mañana pueda ser atacada, por ejemplo, España? Que nadie se preocupe por la justificación, porque esta siempre se está a tiempo de fabricar. Por preparación discursiva no será (ni tampoco faltarán nunca palmeros que la compren).
Ante esta tesitura, que el Gobierno de España haya optado por negarse a someterse al capricho de la administración de Trump quizás no pone al país en “el lado correcto de la Historia”, pero desde luego que no coloca en este lugar a quienes defienden agresiones imperialistas sin querer ver los paralelismos con tiempos no tan lejanos (véase mismamente mi artículo sobre el Caso Chamberlain).
Ante esta situación, el líder de la oposición, Alberto Núñez Feijóo, ha salido presto a decir que España se equivoca en su negativa a la administración norteamericana porque “por delante del Derecho Internacional están los Derechos Humanos”. Lo que parece olvidar el líder del PP es que los Derechos Humanos forman parte integral del respeto al Derecho Internacional, que sin lo uno no hay lo otro y que, precisamente en la medida en la que no se está respetando el Derecho Internacional, los Derechos Humanos están quedando en un segundo plano, como lo muestra tristemente Gaza, por ejemplo. Porque lo que está en juego es si le vamos a entregar la tutela de decidir lo que está bien hacer en cada momento de forma exclusiva al señor Trump y su moral, por mucho que EEUU sea “el faro de la libertad” para algunas voces.
En definitiva, no. Defender el Derecho Internacional no es utopista, buenista o iluso. Es la invocación a un principio imperfecto, sí, pero también es una forma de repetirnos una y otra vez: ¿quién y por qué es el juez? Si no nos preguntamos esto y, sobre todo, si no sabemos qué responder ante tamaña aberrante pregunta, estamos abocados entonces a preguntarnos: ¿quién será el siguiente?
1 De hecho, mientras escribo este artículo han aparecido unas declaraciones de Jose María Aznar en esos mismos términos. Al parecer, hay personajes públicos que no tienen suficiente con haberse involucrado en una guerra.
2 Huelga decir que es inevitable tener cierta sensación desde hace ya bastante tiempo de que en algún momento lo grotesco se hará tan evidente que algunos defensores del imperialismo más descarnado se acabarán poniendo de perfil… Aunque puede que esto nunca suceda. Al fin y al cabo, todo dependerá de quién continúe siendo hegemónico.


