En repuesta a algunas voces que preguntaban porqué había suspendido estas crónicas, expliqué que estaba metido en los años treinta. Cosas de la literatura. Y ahí pensaba quedarme, hasta que la máquina del tiempo me devolviera a la realidad. No pensaba volver todavía, pero hoy me ha parecido útil cotejar lo que leo con lo que veo (me basta con asomarme al balcón, pues vivo delante del Parlament). Comparar lo que ocurrió con lo que nos ocurre. Aquellos fueron años fascinantes, turbadores. Estos también lo son. Aquello terminó mal y esto no sabemos como acabará, pero no tiene buena pinta.

Muchos catalanes viven convencidos de que están haciendo historia. No eran pocos quienes también lo creyeron entonces. Y así podría seguir, en un paralelismo tan sugerente como inquietante. Si voy a los detalles, la comparación resulta aún más aterradora. Leo en La Vanguardia del 16 de junio de 1937 que “Companys es un hombre hundido, dispuesto a abandonar el poder”. “Sin gestos teatrales”, añade el fino cronista, sabedor de que el presidente catalán era un hombre con mucho ‘body language’ que se dice ahora. Era poco después de los hechos de mayo.

Una guerra dentro de la guerra que dejó quinientos muertos en las calles de Barcelona, la Generalitat sin competencias de orden público y la guerra, la de Franco, un poco más cerca. Y que llevó a la presidencia del gobierno a un hombre como Negrín que nunca entendió a Catalunya. Miro por el balcón y veo otro conflicto en el seno del pueblo, que diría Puigdemont, y sigo pensando en aquellos años . Salvando la escala, claro está, y sin muertos, gracias a Dios. Intuyo que a Quim Torra le gustaría Negrin, porque todo seria más fácil que con Sánchez. Que nadie crea que lo de hoy, con Torrent votando contra Torra, es más surrealista que lo de entonces.

A finales del 36, unos insensatos de Estat Català conspiraron para eliminar a Companys. Entre ellos estaba el presidente del Parlament. Ya sé que hay diferencias. Muchas. Pero las analogías son abrumadoras. También en el contexto. Europa estaba entonces en puertas del fascismo. Hoy no estamos tan mal, pero Déu n’hi doret! Fascinados por la revolución o por la independencia, los políticos de los años treinta reaccionaron tarde, cuando ya sólo quedaba gritar “No pasarán!”. En la tele, Casado y Rivera soban a los de Vox.

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Periodista i escriptor

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