Nunca habría pensado que el lugar del peor desastre industrial de la historia, el que tocó de muerte al último de los imperios y despertó a la humanidad del sueño de la energía barata y sin consecuencias, se acabaría poniendo de moda: Chernobyl. Algunos pensaréis en la playa de la antigua térmica de Badalona, rebautizada con este mismo nombre por el aspecto poco atrayente que debía tener entonces. Pero mientras la Chernobyl badalonesa ya hace tiempo que ha sido colonizada por los nudistas (¡mucho habrán mejorado las cosas!), en la ucraniana proliferan los viajes organizados para quien, contador Geiger en mano, busca nuevas experiencias y está dispuesto a pagar un precio nada despreciable por la adrenalina de ver cómo se dispara la aguja del dosímetro.
El último exponente de esta txernobilmania es la miniserie homónima (sólo tiene 5 capítulos de aproximadamente 1 hora cada uno), escrita por Craig Mazin y magistralmente dirigida por Johan Renck para la plataforma audiovisual HBO. El producto resultante es una mezcla de reportaje y dramatización que, dejando de lado algunas licencias del guión, es fruto de una exhaustiva investigación histórica. Una de estas fuentes proviene de la escritora Premio Nobel de Literatura Svetlana Alexievich que, en su crónica Voces de Chernobyl , recoge el testimonio de cientos de personas que vivieron el drama en primera persona.
Esta tragedia en cinco actos se inicia en retrospectiva a partir del testimonio de Valery Legasov, el prominente científico soviético que recibió el encargo de gestionar las consecuencias del desastre, y que él mismo grabó a escondidas en casetes para dar a conocer al mundo su versión de los hechos. Fue un 26 de abril de 1986, pocos días antes de la celebración de la gran fiesta comunista del primero de mayo. Una cadena de circunstancias imprevistas, errores técnicos, y graves negligencias durante una prueba de seguridad, terminó con la explosión del reactor número cuatro de la Central Eléctrica Nuclear Vladimir Ilich Lenin, más conocida como Chernobyl.
Mi fascinación particular con Chernobyl se inició hace dos décadas, por motivos profesionales, cuando un equipo de científicos introdujo un robot en zonas del reactor dañado con niveles de radiactividad incompatibles con la vida. Para sorpresa de todos, observaron que las paredes estaban cubiertas por un moho de color negro que aparentemente era capaz de aprovechar la radiación para crecer, de forma análoga a como las plantas lo hacen con la luz. En aquellos momentos, yo hacía mi tesis doctoral sobre el estudio de unos hongos que resultaron ser de este mismo grupo, caracterizados por su capacidad de sobrevivir en todo tipo de condiciones extremas.
Esta particularidad los convierte en agentes potencialmente útiles para determinadas aplicaciones en biotecnología, pero también nos invita a reflexionar sobre la resiliencia y adaptabilidad de la vida. La evolución de la Tierra ha pasado por numerosas extinciones masivas, y cada una de ellas ha representado una nueva oportunidad para la evolución y diversificación de las especies.
Es una paradoja que nosotros, que somos un fruto bastante singular de esta evolución, podamos ser la causa de la próxima gran crisis planetaria. Pero si la Naturaleza tuviera conciencia, no se preocuparía mucho. Ha pasado por situaciones mucho más comprometidas desde los orígenes de la vida, y continuará evolucionando y encontrando soluciones a los nuevos retos que se le presenten, tal como lo han hecho los hongos negros de Chernobyl. La cuestión es si nosotros también seremos capaces de hacerlo.
Por ello cabe preguntarse sobre el coste de desconocer, de autoengañarnos, de no querer ser conscientes de las consecuencias de nuestras acciones sobre el entorno natural, social, tecnológico, político. Esta es la lección que debemos aprender de Chernobyl. La ignorancia, la desidia, y la manipulación, a menudo al servicio de intereses de unos pocos, están en buena parte en la semilla de la próxima crisis climática que se nos acerca inexorablemente, como un Chernóbil a cámara lenta, pero que esta vez será de alcance global.



2 comentaris
Una acertadísima reflexión. He de reconocer que al ver la serie me asaltaron reflexiones similares, sobre todo cuando hace poco más de una semana vi que incluso ya se visitaba la “sala de control”, espeluznante la estupidez humana frente a lo que supone un caso como este.
Por cierto ¿qué hongos son?
Muchas gracias por tu comentario y por tu curiosidad, Cristóbal. Este grupo de hongos se conoce en inglés como “black yeasts”, levaduras negras, por causa de su coloración oscura debido a la gran cantidad de melanina que contienen. Este es el pigmento que les protege contra la radiación ionizante. Parece ser que han evolucionado en dos ocasiones distintas, durante las extinciones masivas del Devónico y del Pérmico-Triásico, hace 408 y 250 millones de años, respectivamente. El cambio climático de entonces fue tan intenso que más del 80% de las especies se extinguieron. Se trata, por tanto, de un grupo de supervivientes natos!