‘La consellera de Asuntos Exteriores y Gobierno Abierto Victoria Alsina, calificó a los fundadores de Glovo, como “el modelo que queremos” para las empresas catalanas. Un modelo en el que, según explican desde CCOO, se han abaratado unilateralmente las tarifas que reciben los repartidores’ | Pol Rius

Qué cosa tan maravillosa, esto de la autoubicación ideológica. Viene a ser una especie de abuela suplementaria, que te permite decirte a ti mismo lo que más ganas tienes de escuchar. Pero yo puedo autoubicarme tanto como quiera en el selecto grupo de las supermodelos de élite, si así me lo permiten mi ego y mi sentido del ridículo, y sin embargo difícilmente convenceré a los editores de la revista Vogue por mucho que no pare de repetirlo.

A cierta derecha no le gusta ya que se le note que es de derechas, y, por eso, sabe que debe disfrazarse de “sentido común”, de “defensa de las libertades” o, mejor incluso, de ausencia de ideología una manera de encarar la política que es justamente todo lo contrario de estos conceptos. Desde esta óptica se explica muy bien lo que dijo la consellera de Asuntos Exteriores y Gobierno Abierto Victoria Alsina, en una cena organizada para celebrar el 5º aniversario del Instituto Ostrom, brazo nuestro de la red internacional Atlas Network de think tanks tan poco sospechosos de ser progresistas como la Fundación Faes, y aliada estratégica de la industria del tabaco, entre otras perlas. Lo de la industria del tabaco, por cierto, no es un dato sacado de algún rincón ignoto de internet, sino de un estudio sometido a la revisión entre pares en la revista International Journal of Health Planning and Management.

De las conexiones del Ostrom y Atlas Network con la derecha y la ultraderecha se ha escrito no poco en los últimos tiempos, y no nos extenderemos, porque tenemos que volver a la cena del otro día, donde la consellera calificó a Óscar Pierre y Sacha Michaud, los fundadores de Glovo, como “el modelo que queremos” para las empresas catalanas.

El modelo que a la consellera le parece deseable es uno donde no se cumple la legislación en materia laboral ni en materia de contratación, porque la seguridad jurídica y los derechos individuales que tanto preocupa a los liberales no importan tanto cuando son los de los trabajadores y no los de las empresas, y donde las contrataciones que debían producirse a raíz de la Ley Rider no llegan. Un modelo en el que, según explican desde CCOO, se han abaratado unilateralmente las tarifas que reciben los repartidores, ofuscando con cambios en la App cualquier atisbo de relación laboral. Un modelo en el que los trabajadores se ven obligados a asumir sus propios costes sociales porque, mala suerte, como autónomos son nominalmente pequeños empresarios, pero no del tipo que recibe premios.

La consellera dijo, según explica la crónica que hizo del acto a Nación Digital Pep Martí, que creía en un estado del bienestar “entendido no desde el paternalismo, sino del empoderamiento de las empresas y las personas” . Martí titulaba su crónica como “Los liberales ya no se esconden”, y decía que la consellera elogió al Instituto para lucir un “liberalismo sin complejos”, pero se diría que, sin embargo, los complejos son inherentes a un proyecto .

No pretendo menospreciar o sacar matices el pensamiento del Instituto -cierto es que, por ejemplo, que su presidente se ha mostrado favorable a las restricciones a la entrada de coches en la ciudad, y al impuesto de sucesiones, y que la entidad desarrolla una envidiable labor de investigación, eso sí, enfocada a empujar su agenda- pero lo que tampoco podemos hacer es comprar al por mayor la retórica reaccionaria que, como el disfraz de cordero cubriendo la proverbial garganta del lobo , esconde que detrás de la dulce defensa teórica de libertad, la prosperidad y los derechos individuales se esconde la voracidad, el favorecimiento de grupos de interés muy determinados, también políticamente, y el odio al pobre.

En The rhetorics of reaction (Retóricas de la intransigencia, Traficantes de sueños), el economista Albert O. Hirschman hablaba de las tres tesis que suelen articular las respuestas reaccionarias a cualquier intento de progreso social, y que, de hecho, pretenden cerrar todos los debates antes de que se produzcan. Hirschman habla de la tesis de la perversidad, que dice que cualquier medida reformista en realidad empeora el problema que dice combatir; la tesis de la futilidad, que dice que cualquier medida es inútil, y por tanto, innecesaria; y la tesis del riesgo, que dice que cualquier reforma tiene un coste político y social demasiado alto y pone en peligro lo ganado. Tres tesis que a menudo vemos en los argumentos contra la regulación y contra la redistribución.

Hirschman escribe su libro entre 1985 y 1991, los años de oro de la reacción ultraliberal de Reagan y Thatcher contra el estado del bienestar, cuando se vendía el marco conceptual del TINA, el there’s no alternative (la falta de alternativa a otra realidad que la que propone el mercado). Treinta años después, estos artefactos retóricos siguen vivos y bien vivos, impregnando el discurso no ya sólo de quienes se benefician directamente -lo que podría ser incluso comprensible-, sino de representantes públicos que dicen estar al servicio de todos, pero que delatan que les da igual el bien común.

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