Si os soy sincero el carrer de Pitágoras no me fascina en exceso, pero al pasearlo en múltiples ocasiones soy bien consciente de varias de sus virtudes y defectos. El principal, tanto en lo bueno como en lo malo, es ser una especie de pequeña tierra de nadie antes de muchas explosiones entre aguas y fronteras, pues basta mirar su ubicación en el mapa para descubrir cómo es el penúltimo escalón antes de muchos todos.

Hoy en día es una calle más bien anodina. Perdóname oh Pitágoras por no dejarte bien hasta este momento, como si sólo tuviera cosas en tu contra. No, no es ni mucho menos así, sin embargo, uno de los mayores éxitos en tu superficie es haberla desnaturalizado hasta dejarla irreconocible, algo por lo demás detectable por la fecha de la construcción de la mayoría de inmuebles.

Foto aérea de 1992. En verde, Paseo Maragall; en amarillo, Pitágoras; en celeste la riera de Horta.

En ellos abundan negocios de informática, peluquería, micropigmentación y hasta una residencia de día en el número 14. Hasta aquí, si quieren, todo normal. Sus puntos más apasionantes, no exagero al usar el adjetivo, corresponden a su pasaje, ignorado como tal por la mayoría, y otra apertura hacia la plaza con vistas al carrer Petrarca. Si me interesan es por su conexión con las torrenteras de la zona, donde siempre destacó la d’en Carabassa, a desmenuzar con más precisión en próximas entregas, aunque anticipamos su influencia en la calle del matemático.

Lo comprobamos con un breve repaso documental. Pitágoras, en consonancia con el nomenclátor antiguo de Vilapicina, se dedicó antes de las Agregaciones a San Jacinto. Los breves periodísticos de principios de siglo XX critican su inviabilidad en sentido circulatorio. En 1910 las quejan provenían por la imposibilidad de acceder a Can Sabastida desde esta vía secundaria, a la sazón sin muchos inmuebles, salvo algunos en sintonía con las actividades económicas del barrio.

A lo largo de una investigación total de un espacio, esta lo es, no cuesta mucho dar con pocos y selectos apellidos, redundantes en la hemeroteca. Los Oliva habían aparecido por estas páginas, destacándose en 1927 por su piedad para con los más pequeños en el Santuario de Vilapicina, cuando en enero de ese año el matrimonio formado por Pere Oliva Serra y Rosa Oliva Serra, no piensen mal, apadrinó a 170 muchachos.

Pere era el patrón y residía en el número 5 del carrer de Pitágoras, donde durante unos años, eso como mínimo, tuvo una fábrica bien regada de líquido elemento para producir su gran invento, el azulejo cristálico, premiado por su originalidad en distintos certámenes europeos.

Publicidad de las baldosas cristálicas de los Oliva.

Pere Oliva figuraba junto a sus hermanos Lluís, Josep y Jaume como contratista de obras con mucho predicamento en Sant Andreu. Esto se constata hasta donde tuvieron su sede más céntrica, pues el edificio de ronda de Sant Pere 70 fue proyectado por otro vecino ilustre de este viejo pueblo del llano barcelonés, ni más ni menos, ni menos ni más que el arquitecto Torras i Guardiola, autor, entre otras obras, de la iglesia de Sant Pacià.

Pere Oliva murió en julio de 1927 a los cincuenta y siete años de edad. Sin temor a equivocarnos podemos considerar a su clan como el puntero de nuestra protagonista, además de ser innovador con su producto estrella. Sin embargo, confieso que no era ni mucho menos mi intención narrar su periplo, repleto de fallecimientos tras el de su exponente más notorio, pues en los años posteriores perdieron la vida un hijo de Pere y varios de sus hermanos, todos ellos residentes en la cercanía.

No es en absoluto casual que eligieran, de hecho lo hizo el patriarca en el último tercio del siglo XIX, el carrer de Sant Jacint/Pitágoras como enclave para desarrollar sus actividades al ser inteligentes y necesitar del agua, como, por ejemplo, también la requería el taller de baldosas hidráulicas de Juan Vila en la carretera d’Horta junto al carrer Aragó, cuyas naves en la actualidad integran el parking Manhattan, esperemos a salvo de ese desastre venidero llamado escalinata de la Sagrada Familia, algo que deseo jamás se concrete y no sólo por el bien de los vecinos, sino por dignidad ciudadana.

Una de las entradas/salidas de Pitágoras con la plaza innominada por donde pasaba el torrente de Carabassa. | Jordi Corominas

Volvamos a Pitágoras. Su mala fama, comentamos la semana anterior cómo llegó a ser uno de tantos barrancos del lobo condales, jamás fue un obstáculo para la erección de ingenios fabriles en sus aledaños. En el Archivo Municipal he dado con un par de pliegues significativos. Uno es de 1929, corresponde a Jaime Elías y el apellido coincide con el de una inmobiliaria del passatge de Pitágoras. ¿Habrá relación entre ambos negocios pese a haber transcurrido un siglo?

El segundo es de 1919 y nos cuenta cómo Jaime Casas quiso montar una fragua anexa a su finca en passeig Maragall con Pitágoras, donde por lo demás también disponía de un almacén. Podría ser que sus propiedades correspondieran a las subastadas en 1952, una enorme extensión rentabilizada con la construcción de pisos, el sino franquista para todos estos metros cuadrados, con la preciosa guinda, sin duda lo es, en el número 17 A, destinado, y si alguien sabe de ello agradeceremos cualquier información, a casa para actores teatrales retirados, una especie de hogar del artista propulsado incluso con rifas y sorteos.

La calle del ilustre creador de ese teorema tan recurrido en nuestra adolescencia se ha caracterizado durante toda su singladura por sus accidentes, causados por una mezcla entre lo poco practicable del terreno y la rutinaria carga/descarga de mercancías a causa de las empresas afincadas en esta línea no tan recta, más bien sinuosa y muy anónima. Ahora al menos puede reconocerse desde el aire, algo sólo posible tras la dictadura o si quieren que sea más exacto después de los Juegos Olímpicos según deduzco por las fotografías tomadas desde los cielos.

La calle de Pitágoras desde el paseo Maragall. | Jordi Corominas

A veces olvidamos dos factores cruciales. Antes de la Pandemia en la capital catalana el coche aún era el rey, y pobre del crítico en este asunto, pues los palos verbales podían llegar a ser demoledores. Esta hegemonía comporta, saludemos otra vez a nuestro amado torrent de Lligalbé, aparcarlos de cualquier manera y los accidentes naturales siempre han sido bienvenidos por los Ayuntamientos Democráticos, encantados de ocupar suelo público para concedérselo a las ruedas y no a todos los vecindarios. A eso le llamo cinismo socialista de solar, practicado de Maragall a Collboni, pues nuestros ayuntamientos de izquierda suelen ser bastante reacios a patrimonializar tanto lo verde como aquello urdido sin cemento durante los siglos de los siglos, amén. A estos prohombres les encanta especular, ganar dinero fácil con el ladrillo y enterrar el pasado, algo trágico y contradictorio. El suyo murió en 1992 y desde entonces no han trabajado jamás para el ciudadano, sólo desde la nostalgia de querer imitar esos logros, algo muy absurdo porque lo bueno suele ser innovar sin imitarse a uno mismo, aunque el PSC de hoy, reconozcámoslo, es una burda caricatura del de Pasqual Maragall.

Para terminar, os recomiendo ir a Pitágoras para apreciar sus ángulos hacia Petrarca. Desde hace más de un mes, no os lo negaré, son mi particular obsesión al abrirme puertas para entender mejor lo venidero, un laberinto escondido en una falsa claridad, a desvelar paseándola.

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