Hoy día, más de mil municipios en todo el mundo han declarado la Emergencia Climática. Entre ellos, Barcelona, ​​que se ha sumado esta semana. Estos consistorios manifiestan, así, tanto la gravedad de la amenaza climática como la urgencia de los plazos para remediarlo. La primera administración en hacerlo fue la ciudad de Darebin, Australia, en 2016; un gesto tristemente premonitorio en un país que este año sufre una de las peores temporadas de incendios de su historia. En Australia ya se empieza a hablar, en lugar de ecocidio -el asesinato de un ecosistema-, de omnicidio – el asesinato de todo-.

Empezamos, por fin, a decir las cosas por su nombre cuando se trata de la supervivencia de la vida en el planeta. El concepto de cambio climático ya suena anticuado o incluso naïf. Calentamiento parece una palabra más adecuado para referirse a los estiramientos que se hacen antes de una clase de spinning que no el probable detonante de la sexta extinción masiva.

¿Por qué hemos hecho este salto conceptual ahora y en tan poco tiempo? La comunidad científica nos alerta de la amenaza que supone la emisión de dióxido de carbono a la atmósfera desde los años sesenta y el efecto invernadero hace tiempo que forma parte del currículo en escuelas e institutos partes. Sin embargo, el ecologismo nunca ha llegado a marcar la agenda política global tanto como ahora.

Se constata que disponer de la información y tomar conciencia de algo de verdad no es el mismo. Naomi Klein describe este fenómeno perfectamente en su libro ‘Esto lo Cambia Todo’. Habla del negacionismo que ella misma ha practicado: no el de negar el hecho de la emergencia climática en sí, sino el de resistirse a pensar mucho rato por miedo a las implicaciones que se derivan. Esta amnesia ecológica ‘es uno de los principales frenos a la acción climática, ya que paraliza la movilización ciudadana, que es imprescindible para hacer frente a la industria de los combustibles fósiles e instalar un nuevo modelo económico.

Ahora bien, nos está costando cada vez más hacer este ejercicio de envolver el conocimiento científico y separarlo de nuestra vida cotidiana. Se hace cada vez más difícil rehuir de la realidad del impacto del aumento de la temperatura global. Ya son un 80% los vecinos y vecinas de Barcelona que creen que la emergencia climática puede afectar su día a día bastante o mucho, según el último barómetro municipal.

Esta rápida y extensa toma de conciencia en los últimos años es, en gran parte, porque entendemos que la crisis climática ya no es una mera hipótesis sino algo que habitamos en primera persona. Este es un fenómeno que vivimos y viviremos desde la más absoluta proximidad, como no puede ser de otra manera, cuando se trata de habitar un planeta que estamos convirtiendo en un terreno hostil a la vida.

La habitabilidad se basa en la capacidad de cubrir las necesidades más básicas: temperaturas moderadas, acceso al agua, un sistema alimentario seguro, salud pública… Cuando estos elementos se desestabilizan y se producen olas de calor, sequías, hambre, incendios, plagas, inundaciones… lo padecemos a escala social, comunitaria, familiar y, en la última instancia, en el propio cuerpo.

Y sabemos que es cuando los cuerpos de personas que sufren juntan que la movilización ciudadana masiva se hace posible. Como explica el Manuel Castells, es gracias a esta unión de cuerpos que el miedo se convierte en indignación, y la indignación en una esperanza en la capacidad colectiva de forzar un cambio de sistema. Una ola global de movilizaciones climáticas que ya se ha puesto en marcha con convicción, ilusión y creatividad, exigiendo medidas urgentes que protejan el futuro de la humanidad. Hacemos que sea imparable; nos jugamos la vida.

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Direcció Executiva de Barcelona en Comú

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