Ciudad

Las superillas no son un fracaso ni una panacea. Son, más bien, un espejo. Reflejan las tensiones entre el deseo de una ciudad más habitable y las lógicas económicas que la atraviesan; entre la apertura del espacio y la incapacidad de sostenerlo; entre la justicia urbana proclamada y las desigualdades persistentes. La pregunta no es si la superilla funciona, sino para quién, en qué condiciones y a costa de qué.

Hasta la Mercè, o eso queremos pensar, Barcelona será una ciudad con un gobierno frágil y casi inexistente, tanto como…