Las superillas no son un fracaso ni una panacea. Son, más bien, un espejo. Reflejan las tensiones entre el deseo de una ciudad más habitable y las lógicas económicas que la atraviesan; entre la apertura del espacio y la incapacidad de sostenerlo; entre la justicia urbana proclamada y las desigualdades persistentes. La pregunta no es si la superilla funciona, sino para quién, en qué condiciones y a costa de qué.
Ciudad
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