Escribir en España no es llorar, es beber,
es beber la rabia del que no se resigna
a morir en las esquinas, es beber y mal
decir, blasfemar contra España
contra este país sin dioses pero con
estatuas de dioses
Escribir en España es tener
hasta el borde en la sangre este alcohol de locura que ya
no justifica nada ni nadie, ninguna sombra
de las que allí había al principio.
Leopoldo María Panero
Errores
La sensación que España produce al más común de sus ciudadanos puede ser de apatía y amargura; decirse español y encontrar algo positivo en ello es como ver la luz en tierra quemada: imposible. La desdicha y el desamparo que históricamente han sufrido los españoles con menos suerte son grotescos. Las élites de este país que no renuncian a su pasado franquista, sino que lo ensalzan, nos impiden pasar página y poder construir mejores tiempos para este desdichado lugar.
Decía Deleuze que no hay peor cosa que estar atrapado en el sueño de otro, y yo añadiría otra, que es vivir en él sin saberlo. Los españoles vivimos atrapados en una construcción nacional rancia y cerrada, que expulsa al diferente e insiste en homogeneizarlo todo en torno a una idea de España vacía y oscura.
Zizek dice, por su parte, que la función de la ideología no es ofrecernos un punto de fuga de nuestra realidad con el que poder evadirnos de las duras condiciones del mundo, sino que sirve para ofrecernos un relato de la realidad social existente como una huida del mundo en el que vivimos, una especie de falso cierre de algún núcleo traumático de nuestra identidad, de nuestra vida. El esloveno, de ese modo, rompe con el círculo vicioso de la ideología: debemos señalar el problema “real” antagónico que se reprime por medio de la ideología.
En España, la ideología hegemónica tan solo nos permitiría ver y concebir un país construido en contra de su pueblo y que a duras penas sigue el transcurso del resto de países occidentales, saliendo más mal que bien de los retos que se le plantean, de ahí la imagen de atraso, holgazanería y picaresca que arrastramos.
La derecha, cual vulgar Torquemada político, se abraza a un modelo de país que persigue y anula cualquier espíritu de cambio en el pueblo, al mismo tiempo que importa cualquier idea extranjera que sirva para ampliar la actual agenda neoliberal, lo que en otros tiempos fuera el régimen del general Franco alineándose con el eje fascista europeo. En contraste la derecha desprecia y menoscaba cualquier cosa que provenga del pueblo llano de aquí, más allá de cuatro expresiones folclóricas, convenientemente adulteradas.
Las élites españolas odian a España y para mantener su poder deben vaciar de buenos actos y palabras cualquier unión de lo español con el pueblo, de otra forma les sería imposible sostener su reinado de terror. La derecha tiene un odio atávico a lo español y por eso actúan como españoles de folletín, se mueven como personajes en una escena de teatro y se relacionan con los símbolos que nos unen como si no entendiesen su carga simbólica.
Las élites españolas odian a España y para mantener su poder deben vaciar de buenos actos y palabras cualquier unión de lo español con el pueblo, de otra forma les sería imposible sostener su reinado de terror
Para ellos, España es un conjunto de significantes vacíos con los que sólo se puede estar a favor o en contra y sin matices: la paella, los toros, el sol y la playa, los catalanes, los vascos, la rojigualda, los republicanos, la “roja”, el ejército, el Imperio. Es, en suma, una patria de cartón, hecha de banalidades, la que canta “yo soy español, español, español” con un henchido orgullo brumoso inconsciente de su nulo fundamento.
Ha calado tanto este relato que mucha gente actúa validando esta idea de España sin darse cuenta del fracaso que supone. Estas difusas ideas de lo español como lo casposo, lo anticuado y lo atávico, son las que blanden los partidos independentistas en su propio beneficio y aprovechando la construcción reaccionaria de la identidad española. Los que alaban las ideas independentistas que describen una España que es poco más que la puerta al infierno, también suelen abrazar cierta ética protestante en la que los países del norte y el centro europeos se han esforzado más y han trabajado duro y por eso tienen éxito respecto al sur católico y vago.
No se dan cuenta que perpetúan el mecanismo ideológico que nos impide avanzar y dejar de ser aquello que dicen que somos. Este planteamiento es perverso por partida doble: primero nos meten en una cárcel mental de la que nos impiden salir y luego nos dicen que si no salimos es culpa nuestra, echándonos en cara esos barrotes y que esos barrotes nos definan.
Todo país tiene su guerra cultural, toda identidad siempre está en disputa, pero depende de nuestra opinión crítica permitir —o no— que las fuerzas reaccionarias nos metan en un corsé en el que cualquier movimiento está prohibido. Es la actitud del machista, que dice querer mucho a su pareja pero lo único que demuestra, con cada golpe o insulto, es su desprecio. De la misma forma los países con élites derechistas y contrarias al pueblo dicen ser muy patriotas y querer mucho a su país, pero actúan de forma opuesta: haciendo cualquier cosa para perjudicar una imagen más “sana” y luminosa del país.
El periodo de la II República es ampliamente repudiado por todas las derechas de nuestro país (nacionalistas, fascistas, neoliberales) porque rompe con la política secular de nuestro país y se impone otra, la del saber ilustrado en contra del control de la iglesia católica y de las élites. Viendo cómo acabó aquel breve periodo, cualquier cambio que mejore nuestras vidas y vaya en detrimento de las mencionadas élites parece una postura revolucionaria, no por las políticas de la izquierda, sino por nuestra retrógrada derecha y sus dirigentes.
Machado, en Proverbios y cantares, de Campos de Castilla, resume muy bien el problema de esas dos Españas, la del odio al pobre y la del progreso:
Ya hay un español que quiere
vivir y a vivir empieza,
entre una España que muere
y otra España que bosteza.
Españolito que vienes
al mundo te guarde Dios.
una de las dos Españas
ha de helarte el corazón.
Este mal llega hasta nuestros días. La derecha patria hace gala de su tradición nacionalcatólica, hipócrita y de falsa compasión. Partidos como el PP de Casado y el VOX de Abascal representan la España goyesca y carpetovetónica que pesaba tanto a la generación del 98. Una de las imágenes más recientes y más comentadas fue la de Ayuso, de luto, llorando por gente a la que hasta ahora despreciaba, mostrándose como una mártir de España y como el faro moral a seguir, en una misa oficiada en memoria a las víctimas del coronavirus en la Catedral de la Almudena.
El PP o VOX representan la España goyesca. Una de las imágenes más recientes es la de Ayuso, llorando por gente a la que hasta ahora despreciaba, mostrándose como una mártir de España
Un cuadro que resume la depravación de nuestras élites patrias es la de Saturno devorando a sus hijos, de Goya, que ilustra como ningún otro las pulsiones primarias de cualquier estado: la guerra civil y una parte de la nación acabando con la otra. Debemos recordar que en España se perdió una guerra y eso nos condenó a estar atrapados en el sueño y deseo de la derecha. Ellos ganaron y la negrura nunca se fue.
Nuestra derecha es cada vez más recalcitrante, con un discurso del oscuro que siempre ha formado parte de los verdugos, los mismos que hace cuatro días recortaron la sanidad, echaron por tierra el sistema educativo, promulgaron leyes injustas, no defendieron derechos constitucionales. En el enésimo blanqueamiento de sus atrocidades ahora tratan de pasar como víctimas, llorando por un pueblo al que odian y desprecian.
Soluciones
Somos nuestras formas, somos lo que hacemos y hemos decidido echarnos al camino de la perdición. Nos dijimos a nosotros mismos que la Guerra Civil, los cuarenta años de dictadura, la Segunda Guerra Mundial, no volverían a suceder jamás y, sin embargo, todo se está alineando para que vuelva a repetirse. Cuando en el transcurso de una civilización lo que dábamos por sólido y estable se evapora y sólo existe la descomposición de las instituciones que componen nuestro mundo, una crisis moral galopante y una élite política y económica que vive a costa de su pueblo, las cosas no pueden ir bien. Una nube negra se cierne sobre nosotros.
Para cambiar esta deriva deberíamos ser capaces de mirar a la bestia a los ojos y ver qué hemos hecho mal, y han sido muchas cosas. Las Sturmabteilung —las temidas SA alemanas de los años treinta, los perros de presa nacionalsocialistas— no aparecieron de la noche a la mañana. Los perros de presa del fascio actual son esas hordas que no sólo copan la red con su proselitismo del odio al diferente —y a cualquiera que se cruce en su camino—, sino que atentan contra la libertad de expresión y son capaces de utilizar los medios más rastreros e inmorales para conseguir su fin.
Los perros de presa del fascio actual son esas hordas que no sólo copan la red con su proselitismo del odio al diferente, sino que atentan contra la libertad de expresión y son capaces de utilizar los medios más rastreros e inmorales para conseguir su fin
Somos nuestras formas, la humanidad entera se basa en una serie de reglas, códigos de conducta, moral y, desde hace unos siglos, una serie de leyes a través de las constituciones que más o menos reflejan la voluntad popular y que constituyen el pacto social por el que los Estados siguen adelante. En Europa, este pacto social, posterior a la Segunda Guerra Mundial, con un “capitalismo social” y una fuerte defensa de los trabajadores, hace tiempo que llegó a su fin. Hace cuarenta años el neoliberalismo empezó a derribar cualquier atisbo de socialdemocracia, una voladura meditada, planificada y controlada del Estado por parte de revolución neoconservadora.
En una imagen muy goyesca y tenebrosa, como la del mencionado Saturno devorando a sus hijos, es el propio Estado —dirigido ya por el neoliberalismo— el que, para su funcionamiento y expolio sistemático, necesita disponer de Sturmabteilung, de partidos fascistas y de esa nueva y vieja extrema derecha. Lejos de haber introducido reformas que facilitasen la gobernanza plural, hace décadas que los estados han facilitado que la ineptitud y la ideología neoliberal penetrase todas las instituciones. Más tarde, una vez podridas las raíces, empezaron a liquidar al propio Estado desde dentro.
Karl Polanyi, en La gran transformación, —libro que escribió tras la debacle que supuso la Segunda Guerra Mundial, el Holocausto y el nazismo— llega a las siguientes tesis: del corazón del liberalismo surgió el nazismo porque, aunque el liberalismo se llenaba la boca con la palabra libertad, en realidad la trataba como un fetiche; el nazismo, sediento de poder, es la renuncia a esa libertad. Polanyi afirma que, para que exista la libertad, son necesarias esas restricciones a las que llamamos leyes. Hablar de libertad sin ejercer el control del poder es naif, pero hablar de poder sin libertad no sólo es renunciar a la democracia, también es avanzar hacia el fascismo.
Nuestras sociedades están claudicando ante la erosión de nuestras libertades porque los Estados son débiles y no saben, no pueden y no quieren hacer cumplir nuestras limitadas constituciones y garantizar los derechos en ellas contenidos. En este contexto de derrumbe del Estado surgen los monstruos que tanto dolor nos han causado. Puede que la historia no se repita, pero rima.
El Estado no puede permitir este tipo de asedios a la libertad de expresión y opinión y, si lo hace, animará a estos funestos personajes y partidos a decidir la agenda política de nuestras débiles democracias. Ese será el fin. Debemos más que nunca señalar los mecanismos ideológicos que colaboran con la histeria colectiva y la ceguera de un pueblo al que sistemáticamente se le ataca y parece que no sangra -aunque la hemorragia existe, es interna y puede que cuando la destapemos sea demasiado tarde.
¿Lo vamos a permitir? Ya han cruzado el Rubicón.


