“Llegué a Catalunya con 9 años y mi vida está marcada por la exclusión social que recibo cada día. Tengo el recuerdo de llegar a la escuela y ser el bicho raro, los niños me excluían diciéndome ‘mora’, tanto en la primaria como en el instituto. Desde pequeña intenté que me aceptaran, hasta que me hice mayor y asumí que yo era como era. Sí que pensaba que con el tiempo la cosa cambiaría a mejor, pero no: veo que nos han separado, tengo la sensación de que tengo que luchar aún mucho más para la aceptación de mis hijos”, resume.

Farhouni lleva a sus tres hijos a la Escola Joan Solans. “Por no decir que hay un 99% de alumnado de familias inmigrantes, decimos que hay un 90%”, ironiza. “¡Pero es que el entorno de la escuela es estándar del conjunto de Granollers! Muchas familias del barrio llevan sus hijos a otras escuelas que les quedan mucho más lejos que el Joan Solans. Quieren excluirnos y ya está. Se van proactivamente de la escuela. Dicen que quieren luchar contra la segregación, pero yo llevo 11 años y no he visto ningún cambio”, exclama. “Mi hijo y mi hija no tienen ni un amigo catalán, porque en su clase no están. En la clase de mi hijo de P4 sólo va una niña catalana. La sociedad está creando ghettos, marginándonos sin ni ver que esto será un problema en el futuro. Si convives con otras personas, te haces amigo. Y si cada uno vive apartado, acaba habiendo un conflicto, porqué siempre tienes esa rabia dentro al pensar que la sociedad te está excluyendo”, ilustra.

Conflicto y rabia

El ejemplo de la rotura de la cohesión social que se vive en Francia aparece en el horizonte. “Al 100%”, asevera convencida. “Mis primos que viven allí me lo explican. Es un riesgo muy grande, no sé cómo es que no abren los ojos. Esto nos pasará factura: te dicen que eres catalán, pero si te puedo arrinconar, lo hago. No es lo mismo que te digas Mohamed que te digas Albert. Y todo esto lleva hacia conflictos y que hayan rabias”, expone.

Farhouni diferencia claramente la queja en términos de cohesión social del ámbito pedagógico. “Apostamos por la escuela, hay docentes muy válidos. Los niños van muy contentos y aprenden, aunque parece que porqué en una escuela haya inmigración, educativamente ya no valga”, se lamenta. Ahora bien, socialmente hablando, lo considera un problema: “A la sociedad le va muy bien excluirnos. No le interesa mezclarse con nosotros. Se opta por poner toda junta la inmigración y marginarla. Yo no quiero que mis hijos vivan esto”.

Enfermera de profesión, en el Hospital de Granollers, vivió la emergencia de la covid-19 en primera persona: “Me infecté de las primeras de mi planta, y estuve tres meses sin ver a mis hijos”. A pesar de ello, lamenta, “me da la sensación de que siempre estoy dando las gracias por estar en este país. No se nos dice en la cara, pero es la sensación”.

“Superioridad intelectual”

Los centros escolares públicos ordinarios imparten cinco horas lectivas diarias. Como medida de equidad educativa, 145 centros de máxima complejidad de toda Catalunya, de los casi 230 existentes, cuentan con una hora lectiva adicional. Ahora bien, el curso pasado, debido a la pandemia, un 66% de las escuelas calificadas de máxima complejidad renunció a esta sexta hora, en la mayoría de los casos sin consultarlo con las familias, como  puso de manifiesto la Coordinadora de AMPA de Salt. “En estas escuelas detectamos cierta superioridad intelectual… Hacen lo que quieren… Si los padres fueran catalanes, no lo harían, no se cambiaría el horario de un día para otro”, exclama Farhouni. Como prueba, expone los datos hechos públicos por el Síndic de Greuges en marzo, que  constató que el recorte de la sexta hora en las escuelas ordinarias que tenían -rurales, sobre todo- fue sólo del 34,7%.

Según el Síndic, “la sexta hora ha sido un elemento clave para garantizar la igualdad de oportunidades en la educación, dado que sirve para mejorar la atención del alumnado socialmente desfavorecido, que sufre una situación de desventaja objetiva en las condiciones de educabilidad”. Y es que la sexta hora supone incrementar en cerca de un 15% el horario de atención educativa que recibe el alumnado por parte del profesorado. “En muchas escuelas, el recorte fue una decisión de organización interna de los maestros, por sus propios motivos. Pedagógicamente hablando, a nuestros niños y niñas no les va bien que les saquen un 15% de atención educativa”, exclama.

Farhouni y otras madres de origen marroquí de otras escuelas intentaron protestar, “y en muchos casos nos dijeron que si no nos gustaba la decisión, que cambiáramos de escuela. Pero justamente mi percepción es que no se nos da ninguna facilidad para cambiar. Por ejemplo, muchas familias del Solans intentan cambiar de centro y no pueden, y hay casos de gente que tiene que atravesar toda la ciudad! En cambio, no entiendo que la gente catalana que conozco, o vecinos, presentan solicitudes y sus hijos van donde quieren, y a nosotros no se nos dan facilidades para cambiar. El sistema no te ayuda”.

Farhouni es consciente de que varias madres de origen marroquí tienen dificultades lingüísticas para interactuar con la institución educativa. Pero este precisamente no es su caso, ni el de otras madres con raíces en Marruecos y escolarizadas ya en Catalunya. “Aunque te expreses bien, te intentan invisibilizar. Se nos aparta, y luego se dice que no queremos colaborar. Es lo que hay: que no molestes mucho. Se nos viene a decir que estemos contentos con lo que tenemos, que ya tenemos mucho”, concluye.

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