Las posibilidades para ordenar las parcelas de un hilo urbano son múltiples. En esta ocasión saltaremos de inmueble a inmueble del maestro de obra Josep Masdéu Puigdemasa, tanto por rizar el rizo como excusa para saltar a un rincón nada agotado en las investigaciones, algo poco sorprendente, pues si de algo sirven estas Barcelonas en su intrahistoria es para comprobar cómo es muy fácil criticar la labor desinteresada de redescubrir la ciudad mientras durante décadas casi nadie se ha preocupado por hacerlo.
Los hilos y colgaduras, en todos los sentidos, de las redes sociales son estupendas para el ego, mientras el esfuerzo de elaborar textos con la finalidad de crear futuros libros, inexistentes hasta la fecha desde esta exigencia, es visto en nuestros tiempos como una excentricidad, algo acompasado con el culto a la velocidad contemporánea en menoscabo a la paz y al sosiego, aliados del caminar con la observación como divisa.
La finca de Degà Bahí 44 suele denominarse de Joan Sellarés. Un suelto de la Gaceta Municipal de 1929 la adjudica a un tal Juan Fullerachs, algo corroborado por Valentí Pons en su página sobre la arquitectura modernista, si bien el edificio es más bien el canto del cisne de toda una época donde lo artesanal entendido como rústico aún tenía sentido a lo largo y ancho de Catalunya.

No me he preocupado por la biografía de este misterioso propietario porque su tan piadoso edificio sólo me interesaba esta vez para dibujar una ruta con centro hacia Can Robacols, sirviéndome de junción un artículo del 10 de abril de 1931, fundamental al informarnos de la apertura de varias calles, muchas de ellas siempre presentes en este espacio, desaparecido desde lo rural en los años ochenta del siglo pasado y según Enrich H. March “un núcleo lleno de huertos, gallineros, distintas arboledas, casas humildes, suelo terroso y hasta un refugio de guerra”, este abierto pese a la renuencia de algunos vecinos, convencidos por la treta de buscar un tesoro, tal como me cuenta Lali, dramaturga y con su ADN empapado en el barrio, tanto por vivirlo como por culpa de su madre, vecina de Degà Bahí.

Esta calle tan amada por servidor figura en ese breve periodístico en vísperas de la proclamación de la Segunda República, en realidad una notificación municipal para alterar un orden inamovible hasta esa fecha, como puede cotejarse en los mapas del Institut Cartogràfic, magníficos al enseñar el laberinto de Robacols, ausente de nomenclátor hasta esa década de los treinta.
El lector de esta fuente comprobaría la total apertura de Fomento, cuando no se llamaba así al menos desde 1925, desde Rogent a Muntanya, además de las de Josepa Massanés, entre Coll i Vehi y Degà Bahí, y de Mataplana, esta entre Josep Massanés y Muntanya.
Quien lea esta entrega sin conocer lo descrito puede marearse un poco. Conviene ser didácticos y precisar bien lo pisado. Can Robacols recibe su nombre por una antigua vaquería, desde donde se repartía la leche cada mañana con una mula. El topónimo y su urbanización agrícola eran la noble vejez de la barriada, delimitándose sus masías en muy pocas calles, como Llagostera, segmentada en varios tramos, Pistó, Mataplana, Josepa Massanés e Infante, algo, a falta de buenas fotografías, bien comprobable en el magnífico geoportal de cartografía del área metropolitana de Barcelona, donde es posible apreciar como la estructura de pequeño pueblo aislado del resto, con fronteras marcadas por traperos tanto en Degà Bahí como en Coll y Vehí, permaneció hasta finales de los años setenta.

En ese instante, como explicaron Huertas y Fabre en una ampliación de su legendario Tots els Barris de Barcelona, Mataplana quedó borrada del mapa, Su rastro puede intuirse hoy en día en Ripollés, su continuación, generándose una fina línea desigual hacia el horizonte de Trinxant, de belleza particular por la sospecha de anomalías, sobre todo por cómo nace la calle y la cesura efectuada en su recorrido desde Pistó, ya fuera del recinto de la plaça de Can Robacols, resultado de las peticiones vecinales para salvar al menos algo de esa esencia pretérita y evitar la apuesta de una inmobiliaria por sesenta y ocho pisos de cuatro plantas con bajos, entresuelo y ático, algo descartado el 13 de mayo de 1982, cuando el Ayuntamiento aprobó un plan especial de reforma interior para la formación de una plaza en la manzana limitada por las calles de Josepa Massanés, Besalú, Mataplana y Pistó.

El nuevo can Robacols se enmarcaba en esos zurcidos de Oriol Bohigas y su lema, con delirios de grandeza para igualarse a Ildefons Cerdà, de higienizar el centro y monumentalizar la periferia. Los autores del ágora eran viejos conocidos de estos márgenes, pues Pedro Barragán y Bernardo de Solà habían mostrado sus virtudes en la plaça de la Palmera de Sant Martí, claro ejemplo de cómo cualquier extensión distante del meollo del Eixample podía solventarse, con cierto acierto, en una mezcla de modernidad y respeto a la tradición.
En el espacio de la Verneda, tan de moda en la actualidad por su relativa cercanía a la biblioteca García Márquez, se mantuvo una chimenea fabril, acompañada del arte contemporáneo de Richard Serra, un muro más bien irrelevante para la vecindad, pero significativo para el consistorio con el fin de vender la moto de su trabajo en rincones explotados al cortar cintas y fabricados desde cierto desprecio céntrico, el mismo intuido desde el hedor en la crónica de Lluís Permanyer, Premio Nacional de Periodismo Cultural 2022, devoto de la iglesia de Barcelona sólo es el Eixample, como si tratar sus barrios fuera una pérdida de tiempo.
En fin, para no perdernos en tonterías, a veces el poco es muchísimo, continuaremos la ruta. Can Robacols vio la luz a su era posmoderna el 29 de marzo de 1987. El ágora se modificó en 2006 y desde entonces ha ganado en funcionalidad, con un parque infantil, bancadas distribuidas un poco a la buena de dios, una fuente pública y desde no hace tanto alguna terraza, inevitable para homologarse en el ambiente de la ciudad condal, donde si no se localizan mesas al aire libre crees vivir en otra dimensión.

Robacols tiene una ventaja poco ponderada. La proverbial pereza barcelonesa convierte su ubicación en coto privado para los habitantes del Camp de l’Arpa, además de ser un pequeño limbo entre sus dos sectores. En mi caso, suelo emplearlo tanto para descender hacia el Clot como para divertirme en el pasajito final de Pistó, desmarcado del resto de esta vía y rémora de cómo pudo ser este entorno rural entre estreches, vetustos portales y preciosos silencios, algo asimismo detectable hasta no hace tanto en el carrer del Historiador Maians, donde una villita, ahora muy celosa de su interior para imitar esta moda idiota de fatales consecuencias estéticas, podía ser una pista de esos límites desvinculados del resto del conjunto barrial por respirar un aire propio, sólo accesible en sus dominios.
Todo ello podría explicarse, no nos cansamos de repetirlo, por la proximidad con el antaño torrent de Bogatell. La sucesión del mismo por Rogent conllevó una paulatina construcción de esa nueva personalidad. Su número 116 ya mira por cercanía a Freser y destaca por los esgrafiados novecentistas de su fachada. Corresponden a la mano, por si se habían olvidado de su protagonismo indirecto, de Josep Masdeu Puigdemasa, quien en noviembre de 1927 realizó en esta parcela una de sus últimas contribuciones arquitectónicas, cuyo propietario era Francisco Isals, con toda probabilidad un contratista de la barriada, con actividad registrada en esas lides hasta 1943 y domicilio en el 105 de Rogent.

La casa Isals, Can Robacols y hasta la joyita del 44 de Degà Bahí merecerían más consideración patrimonial e histórica. Si no la tienen es por desidia ciudadana e inercia municipal en despreciar todo aquello ajeno a la postal. Lo más bestia es cómo muchos vecinos tienen miedo a su puesta en valor por aquello de la gentrificación, pues en Barcelona las mejoras en los últimos decenios suelen asociarse con expulsiones. Cuando se vincule reivindicar el relato de los barrios con interés hacia los mismo quizá lograremos voltear la tortilla, pero por ahora esta posibilidad es sólo otra fantasía más en mi lista, eterna.



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Elizabet