Para leer el texto en inglés, descarga la versión original
Al acceder al trono en 1952, después de la muerte prematura de su padre, Jorge VI, el reinado de la reina Isabel abarcó 15 primeros ministros, 14 presidentes de EE. UU y 7 pontífices. Murió en el castillo de Balmoral en Escocia, y su cuerpo será trasladado a Londres para un funeral dentro de unos 10 días. Mientras tanto, la BBC ha suspendido la programación regular indefinidamente.
Cuando los líderes mundiales y los comentaristas presentaron sus respetos, mencionaron su sacrificio, servicio y humildad, que son los sentimientos con los que a menudo se la ha asociado. Disfrutó de índices de aprobación muy altos en el Reino Unido, generalmente alrededor del 70%, y fue muy respetada, incluso por los no miembros de la realeza; todo un logro, considerando que muchas monarquías — como en el caso de España —, dividen a sus países. La reina estaba incrustada en el imaginario emocional británico, siendo una parte muy importante del tejido de la vida y la identidad política del imperio.
Porque también fue, para bien o para mal, uno de los principales símbolos de Gran Bretaña en el extranjero, y su reinado está indudablemente ligado a la decadencia y caída del Imperio Británico. Durante sus años en el trono fue soberana de 32 países independientes, y en su coronación fue entronizada reina del Reino Unido, Canadá, Australia, Nueva Zelanda, Sudáfrica, Pakistán y Ceilán (ahora Sri Lanka). A medida que la descolonización se aceleró en las décadas de 1960 y 1970, su papel como jefa de la Commonwealth (una organización de estados independientes ex coloniales) se convirtió en una herramienta de poder blando para mantener la influencia británica.
Ha habido cuestiones de juicio, solo necesitamos mencionar los nombres de la princesa Diana y el príncipe Andrew, para recordarlo. Y algunos dirían que ella era la cara aceptable de muchos males, ya que nunca se disculpó por el pasado colonial de Gran Bretaña o la relación con la esclavitud, de la que su familia se ha beneficiado sin lugar a dudas.
El fallecimiento de la reina Isabel trae consigo un próximo ajuste de cuentas sobre la identidad británica, no solo consigo misma como monarquía constitucional, sino también con su pasado colonial —que se niega a tratar adecuadamente— como su visión equivocada acerca de su posición e importancia en el mundo (eslóganes del Brexit como “Gran Bretaña global” tienen relación directa con ello).
El país y su población, en general, están privados por la pérdida de su amado monarca y la gente estará en estado de shock porque aquello que se sabía inevitable, pero se creía imposible, ha sucedido. El rey Carlos III no tiene la misma popularidad que su madre, y soy escéptica sobre las posibilidades que tiene de mejorar los índices de popularidad. Aunque la reina consorte Camilla ha sido relativamente rehabilitada en la mente del público, queda por ver cómo será aceptada como reina.
La Reina proporcionó un escudo para el statu quo en Gran Bretaña, ya que a menudo se la consideraba más allá de las críticas, pues dirigir críticas hacia ella o las instituciones que representaba sería de mal gusto y alienaría a los moderados. Incluso los republicanos en Gran Bretaña o en el extranjero solían moderar sus críticas con suavizantes como “No tengo nada en contra de la Reina” antes de pedir la abolición de la monarquía. Aunque no es evidente que de inmediato caiga el apoyo a la monarquía debido al creciente patriotismo y sentimiento a favor de la misma tras su fallecimiento, el futuro de la monarquía en el Reino Unido es, sin duda, más vulnerable. Igual uno de sus mayores logros fue que nadie sabía realmente lo que ella pensaba, mientras que el público ya sabe demasiado sobre Carlos III.
Con respecto a esos otros estados independientes que mantienen al monarca británico, se puede esperar que ahora encuentren el apetito para destituir al monarca como jefe de estado. El fallecimiento de la Reina se considera el final de una era y una oportunidad para que estos estados redefinan sus identidades, sistemas políticos y su futuro. Muchas naciones insulares del Caribe ya habían indicado que eliminarían al monarca británico como jefe de estado a su debido tiempo, y Australia declaró explícitamente que solo buscarían convertirse en república después de su reinado como una señal de respeto.
Esto subraya que la reina Isabel II fue el último vínculo intocable con el Imperio, una conexión emocional con el viejo mundo y el pasado “glorioso” de Gran Bretaña. Aunque la muerte de Churchill se ve a menudo como una ruptura en la historia británica, no lo es; ella es la última gran personalidad del antiguo Reino Unido que hacía de puente con eras anteriores. Ahora que se ha roto la última conexión emocional con ese pasado, todo está, de nuevo, sobre la mesa.


