En un mapa de 1915, una pista más para reconstruir el pasado del barri de los Indians, sólo figura el carrer de Matanzas. El resto de la zona aún parece asilvestrada, una apreciación inexacta, como casi todo lo relacionado con los orígenes modernos de este territorio barcelonés, cuya génesis nada en los tópicos aceptados sin discusión.

En Francesc Tárrega con Pinar del Río sobresale una torre. Para muchos, algo discutible si se analiza, tiene estilo colonial; a partir de aquí, junto con otros elementos, la construcción ha adquirido vitola de símbolo, sobre todo, desde mi punto de vista, al haber sobrevivido a la masacre de demoliciones a lo largo del último siglo, asimismo clave para comprender la formación de esta barriada y su configuración sociológica.

La finca, con toques novecentistas desperdigados en su fachada, fue un encargo de José Racionero Torres al arquitecto Ferrán Tarragó, hombre de vida y trayectoria surcadas por el misterio, apartado de la capital porque así quiso desde 1929, recalando en Tordera, localidad de su fallecimiento en 1963.

Antes tuvo a bien contribuir al repertorio condal con este inmueble y la Escola Nausica del carrer Muntaner, pareja insuficiente para calibrarlo, aunque al menos su labor puede ayudarnos a comprender a Racionero Torres, significativo por otra serie de datos, valioso para determinar cómo se forjó els Indians, sin repatriados de las Antillas pese a la mitología para aglutinar a una comunidad sin relato. 

En 1914, el carrer de Francesc Tárrega se denominaba Cuba. Los artífices de la cuadrícula dels Indians quisieron todo el callejero con aroma al Caribe. Con el tiempo, dos de sus puntas se desgajaron de lo isleño. Al guitarrista se unió el poeta Boscán, más tarde reemplazado por Olesa, junto a Jordi de Sant Jordi, antaño dedicada a La Habana.

Mapa de 1930 El recuadro rojo muestra la primera urbanización dels Indians, el verde la segunda, la línea azul es Garcilaso i la flecha negra muestra donde estaban los Laboratorios del Doctor Ferran

Ese año fatídico para Europa con la Primera Guerra Mundial fue trascendental para Racionero Torres. Este empresario, residente en el 34 del graciense carrer de Verdi, había solicitado en 1908 permiso para elevar un bloque de viviendas en el número 32 del carrer Aragó, sólo rubricado seis años más tarde por Adolf Florensa, futuro responsable municipal durante el Franquismo y artífice en gran medida de la reinvención del barrio gótico, una fábula para visitantes en pleno casco antiguo.

Racionero Torres quiso prosperar a base de gastar poco en latitudes aún medio vírgenes de los límites urbanos. Ese mismo 1914 aprovechó lo yermo de las viejas parcelas de Can Berdura para regalarse una pequeña mansión modernista en el 14 de Francesc Tárrega, derrumbada a finales de los años 50 para consolidar el marchamo industrial de esa manzana.

El adiós de esta villa, desconocida para la gran mayoría, es un obstáculo para desmenuzar mejor los comienzos del barrio. Racionero Torres, quien asimismo tuvo propiedades en el carrer de Pinar del Río, debió acumular solares, empoderándose en ese sector aún en pañales, hasta devenir en 1921 tesorero de la Asociación de vecinos, bautizada como de Can Berdura hasta su extinción en el inevitable 1939.

Nuestro protagonista no se comprometía con firmas de postín al preferir jóvenes promesas, caso de Florensa, o profesionales sin tarifas de relumbrón, como en su sueño del doble 14, plasmado por Ricard Giralt y Félix Hernández, a la sazón arquitecto municipal de Soria. 

Lo mismo ocurrió con Villa Jazmines. Ferran Tarragó no era una primera espada. Sus diseños, los pocos conservados, suelen ser bastante convencionales. Aquí la excepción es coronar el conjunto con un mirador, casi de fortaleza. En la actualidad la función de este perla escondida en una periferia sin muchos curiosos es la de exitosa coctelería, desde 1987 a cargo de Cecilia Clavell, a quien desde aquí agradecemos tanto su arte en lo suyo como el mérito de haber salvado a este emblema de una más que probable destrucción.

Bajo los arcos de las ventanas, un detalle Novecentista de Villa Jazmines| Jordi Corominas

Clavell optó por pintar la villa de rosa, color idóneo y proverbial para dulcificarla en una cierta vertiente de cuento de hadas, despojándola de su pretérita autoridad. Ignoro su cromatismo anterior, pero el aspecto genuino de la Jazmines debió el de un fortín para recluirse y defender a ultranza la privacidad.

Esto podría corroborarse si supiéramos más de Racionero Torres. Algunas fuentes, sin afinar en sus afirmaciones, comentan las dificultades económicas de su familia. Al carecer de más informaciones, la imaginación vuela libre con muchas novelas en las neuronas. La Historia, por desgracia sin asideros en esta tesela, nos brinda una cronología de las actividades en ese recinto rosado. A principios de los años cincuenta albergó la Escuela Práctica, sucedida al cabo de poco por la Academia Ferton, referencial en el barrio y perfecta para su cometido por los jardines, hoy en día fantásticos con sus terrazas.

La ubicación de estas tareas educativas en la morada de Racionero Torres muestra lo precario de la escolarización en los márgenes de Barcelona durante todo el Franquismo, así como la actuación de las renacidas asociaciones vecinales. Els Indians, lo hemos dibujado en alguna ocasión a lo largo de esta serie, tienen un segundo tramo arriba del carrer de Manigua, fundiéndose con passeig Maragall en tierras antaño copadas por los laboratorios del doctor Jaume Ferran i Clua, pretendidos por los Ayuntamientos de la Dictadura para proseguir con su delirio de densificación población mediante el hacinamiento de la ciudadanía de los suburbios en rascacielos de tercera, ambición frustrada en lo que nos concierne porque el primer Consistorio democrático prefirió cumplir las voluntades testamentarias del galeno para así dar a los aledaños una escuela como dios manda.

Imagen de un partido del Barça en 1904 al que fue su tercer campo. A la izquierda Can Sabadell, al fondo los Laboratorios del Doctor Ferran

La fundación de la Ferran i Clua vació de chiquillos a la Villa Jazmines para llenarla de adultos con un plus noctámbulo. La permuta exhibía la energía de Barcelona en esos primeros ochenta, donde hasta el extrarradio podía ser un destino apetecible para la fiesta, como en nuestro siglo, válvula de escape para todos aquellos odiadores de la homologación del parque temático, cuyos locales son clones sin rechistar. Esta unificación de lo acogido en nuestros muros hace más perentoria la urgencia de proteger lo distinto con copas, libros y cualquier arma sin muerte a nuestro alcance.

Villa Jazmines |Jordi Corominas
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