Cuando empiezo una nueva serie de las Barcelonas, en este caso el limbo de limbos que son los segundos Indians, suelo obsesionarme mientras paseo en una secuencia de detalles para perfilar mejor sus alrededores, una clave fundamental para comprender tanto el entorno como el contexto.

Aquí la primera apreciación correspondería a un precedente casi inmediato en nuestras caminatas. Els Indians de los Subirats y otros pequeños propietarios nunca pudo aspirar a sobrepasar las fronteras de la urbanización de Can Berdura porque estaba rodeado de terratenientes con mucha importancia en esos márgenes junto a caminos, rieras y torrentes.

Como vimos, Salvador Riera era de los más poderosos en unión con sus hermanos. Desde la finca del clan, cercana al corazón de Sant Martí, habían avanzado por Camp de l’Arpa, copado un sector esencial del Guinardó y adquirido a finales de siglo XIX la masía de Can Sabadell, pista de despegue para los segundos Indians, con la vista puesta hacia Acàcies y una esquina de muchos quilates, más tarde encrucijada entre Garcilaso, passeig de Maragall y Ramón Albó, quien en ese ángulo tenía su torre de veraneo, pues en la Guía Selecta de 1908 figura como residente en el primero primera del carrer dels Arcs.

Albó, político de dilatada trayectoria y mucho prestigio en círculos catalanistas conservadores, era un término medio entre los arribistas próceres dels Indians y las familias hegemónicas de esta periferia a medio camino entre Sant Martí de Provençals y Sant Andreu del Palomar. Debió adquirir parcelas a sabiendas de su futuro provecho. En el 168 de Passeig Maragall, una pantalla a su futura homónima calle, encargó un bloque de pisos a Domènec Boada Piera, un arquitecto con mucha fortuna en el Guinardó, como muestran obras de notable valor en el carrer de la Renaixença y en el de Vinyals.

Passeig Maragall con la calle de la marquesa de Caldes de Montbui| Jordi Corominas

Su vecino de esa construcción de 1903 fue el 170, a nombre de Francisco Mascaró y rubricada por la misma firma. De este modo, al menos desde lo metafórico, se juntaban dos tipologías de riqueza en un lugar determinante del mismo radio, físico y de acción.

El comienzo de los segundos Indians es una bomba donde confluyen o están a punto de hacerlo muchas ilustres vías de las afueras. Entre ellas podemos mencionar la reformulación de la carretera de Horta que es passeig Maragall, Garcilaso, la ronda del Guinardó, el debut del camino de Sant Iscle en els Quinze y l’avinguda de Verge de Montserrat, una especie de centro neurálgico del sector superior del Guinardó, en cuyo intersticio hacia la plaça de la Font Castellana destaca como mito contemporáneo el nen de la rutlla, base del parque logrado gracias a las argucias de Salvador Riera.

Riera no era el único acumulador del Guinardó. Uno de sus mayores rivales, y sospechamos cómplice en más de una, fue Francisco Mascaró, hermano de pías docentes, con escuela propia para señoritas, y amante de lo vistoso, no en vano hizo construir en la esquina de Verge de Montserrat, entonces Dos Rius, con Garriga i Roca un castillo como sensacional mansión-mirador para que así nadie olvidara su ascendiente en esa colina y sus aledaños, con toda probabilidad en su haber hasta la confluencia dels Quinze, como atestiguaría la larga calle a su nombre de la plaça de la Font Catalana hasta passeig Maragall.

El castillo de Mascaró, en Virgen de Montserrat con Garriga y Roca| Jordi Corominas

El castillo de Mascaró pasó a mejor vida tras la Guerra Civil, configurándose un barrio en su magnitud, peculiar por lo enrevesado de su morfología, condicionada por encajar con las anteriores en lucha con la orografía. En cambio, la inmortalidad de su dueño no admitía dudas por su avidez a la hora de rentabilizar tantos y tantos metros cuadrados.

En eso, en dejar la semilla para el mañana, era idéntico a Riera, quien sin embargo llegó más tarde al área donde nacerían los segundos Indians.

Los parecidos no terminaban aquí. Esa prodigalidad de gotas de agua gemelas no tiene mucho misterio porque es de una humanidad purísima basada en saber leer la oportunidad y cazarla al vuelo. Los ríos de la especulación en los límites entre Sant Martí de Provençals y Sant Andreu del Palomar se agitaron sobremanera a finales del Ochocientos por el anuncio de las Reales Agregaciones, concretadas en 1897.

Riera, como vimos, hizo su negocio del siglo con el Guinardó, mientras Mascaró, con más mano y experiencia entre los otros reyes de esos campos, consiguió el suyo desde 1894, cuando junto a otras eminencias de los mases de la proximidad presentó al Ayuntamiento de Horta el proyecto de solicitud de un tranvía entre el Portal Nou de Barcelona y dicho pueblo, tan sólo anexionado en 1904. 

Esa conquista no hubiera sido posible sin la petición de los raíles emprendida por Mascaró, Comas d’Argemir, Alexandre Bacardí y Pere Fargas. Comas d’Argemir dominaba una considerable extensión, cuyo meollo radicaba en la masía de Torre Llobeta, mientras Bacardí ya había urbanizado mucho de su suelo a una nada del centro de Horta, como Fargas, quien soñó con una ciudad jardín en las montañas circundantes. 

La torre Llobeta, propiedad de Comas d’Argemir| Jordi Corominas

Este cuarteto desplegó todos sus ingenios para afianzar su hegemonía y aupar todo el asunto del tranvía desde una inteligencia muy moderna. La legislación contemplaba la agregación de municipios situados a seis quilómetros de distancia y el transporte eléctrico acortaría la duración de ese trayecto, además de refundar una vía como la carretera de Horta, reconvertida en ese enorme polo de atracción llamado passeig de Maragall, irresistible desde su alba junto a Freser.

El póquer de ases activó un ecosistema para lucrarse sin fin con la urbanización de lo cercano. El tranvía tuvo mucho predicamento en estos confines de los segundos Indians, impedidos en su avance hacia Fabra i Puig en Ramón Albó por las cocheras dels Quinze, recuerdo del precio del billete tranviario, aumentándose la tarifa en las sucesivas paradas hacia Horta. 

Las casas Ramón Albo y Francesc Mascaró en paseo Maragall| Jordi Corominas

Imagino a Riera en su Mas Viladomat, preocupado por el progreso de su Guinardó y con una mirada de soslayo a lo acaecido a la vera de su Mas Sabadell. Toda esta germinación de transformaciones facilitó su jugada de 1908. Efectuarla antes hubiera sido una osadía por la escasez de compañía, en ese instante prodigiosa hasta por cómo se anunciaban las casas baratas para trabajadores en las neonatas calles de Prats y Roquer y Mascaró, nombres con significado en esa ecuación.

A Riera, con anhelos imperiales desde una mentalidad payesa, todo le cuadraba, pues en el otro limes de los segundos Indians tenía la carretera de Horta a Sant Martí como óptimo tope desde donde asaltar otras metas con sus tentáculos. Lo ejecutado por los demás sólo podía beneficiarle en esa trilogía de calles, bien cobijada tanto por el crecimiento del territorio como por el copete de sus jerarcas.

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