Vista de la calle Tavau. Foto: Jordi Corominas

El barrio del Turó de la Peira es una enorme indecencia urbanística. Hoy, antes de escribir las Barcelonas, lo caminé con el fin de intentar comprender mejor sus puertas y salidas, un disparate que quizá se ideó como laberinto o manicomio, prueba irrefutable de cómo jamás debió existir, pero claro, tampoco se pueden pedir peras al olmo, más aún si su planificación lo ubicaba, sin equipamientos de ningún tipo, entre un parque y la autopista nada disimulado que es Fabra i Puig.

Los accesos, además de absurdos, de las escaleras a los requiebros cuando se ingresa desde Sant Iscle, son un rompecabezas. Quien domine esa cuadrícula desde su cotidianidad habrá adquirido unos superpoderes de orientación muy envidiables. Confieso pasear el barrio varias veces a la semana y sigue sorprendiéndome cómo todas sus entradas tienen algo más bien forzado, sobre todo por lo escarpado del terreno y la sinvergonzonería del promotor Sanahuja.

Otro despropósito en el Turó de la Peira es que, en esencia, dos son sus calles horizontales en paralelo, digamos las avenidas para andar sin pensar en las pendientes, o al menos no mucho. Se trata de Cadí, fundamental por esa fatídica madrugada de noviembre de 1990 con la aluminosis como pesadilla y Travau, cuyo nombre es un guiño porque, desde el nomenclátor, se hermana con el polígono de Can Peguera, donde muchas calles remiten a localidades de la provincia de Girona.

Una de las entrades/salidas del Turó de la Peira. Foto: Jordi Corominas

Travau, como Cadí, tiene un recorrido sinuoso y con poca lógica. La primera va de Montsant al parque del Turó de la Peira, como si fuera un mensaje dentro de la botella por la morfología de todo este sinsentido. Cadí fenece y entonces parte Vall d’Ordesa, de la que deberemos hablar un día en profundidad porque es uno de los paisajes más delirantes de Toda Barcelona.

Caminaremos por Travau mediante una serie de hechos en orden cronológico. No meteré mucha baza porque las noticias son muy elocuentes de por sí. El primero de mayo de 1961, San José Artesano en el calendario franquista, se celebró en el Instituto Nacional de Previsión, en Balmes con Gran Vía, la entrega de los premios provinciales de natalidad.

El segundo galardón del certamen, recompensado con cinco mil pesetas, correspondió al matrimonio formado por Teodoro Molina y María Natividad Sánchez-Aroca, provenientes de Rute, provincia de Córdoba. De 49 y 42 años respectivamente, vivían en el 37 del carrer de Travau. Él era obrero de la construcción. Tuvieron 14 hijos y les sobrevivieron 11, en esa fecha con edades comprendidas entre 21 años y 6 meses.

A las seis de la tarde del 24 de abril de 1966 se resolvió un gran misterio, descrito por la prensa como un simpático acto en el stand de Derbi en la Feria de Muestras. La marca había lanzado una pregunta. ¿En qué circuito de velocidad, en 1966, Derbi batió a la marca y al piloto más rápidos del mundo en 50cc?

Las escaleras d’Erta, uno de los ingressos del Turó de la Peira. Foto: Jordi Corominas

El afortunado ganador de un ciclomotor fue un vecino del 36 del carrer de Travau, don Francisco Masip, quien respondió Alicante y así lo hizo constar en el boleto que mandó hacia ese regalo caído en los márgenes, todo muy neorrealista a la española cuando estaban más cerca los setenta que los sesenta, pero es que eso era el Turó de la Peira, un experimento sin ningún afán caritativo para con sus habitantes, quienes con toda probabilidad se resignaron a tener cuatro paredes, corrompidas casi desde el minuto cero, el corte de la cinta.

El 11 de julio de 1975 acaeció una desgracia en el 34 de Travau cuando el treintañero Pedro Busquet Torrecasa quiso cargar un mechero con una botella de gasolina. Parte del contenido se vertió en las ropas, ocasionándole quemaduras de tercer grado en cabeza, tronco y ambas extremidades.

A pocos números de distancia, concretamente en el 26, fallecía en las navidades de 1981 Margarita Olsina Boher, viuda de Lorenzo de Otero. El funeral tuvo lugar el 27 de diciembre en la iglesia de Nuestra Señora de Fátima del carrer d’Aneto, discreta, como también lo son la mezquita Karam Ilahi en el 18 de la misma calle y la iglesia Evangélica Bautista, en el 15 de Montmajor. Toda esa diversidad religiosa va en consonancia con la pluralidad de nacionalidades de la zona, con más de un 20% de población extranjera.

Como ven el nomenclátor se asemeja a una broma de mal gusto en esas endiabladas cuestas. Si sacamos a colación la muerte de esta ciudadana es porque en la necrológica se menciona cómo en su familia aún se usaba especificar cuál era la casa mortuoria, una costumbre casi extinta en ese instante histórico. Si aquí aún estaba presente puede mostrarnos cómo, pese a las construcciones modernas, los hábitos de los residentes aún estaban arraigados a un pasado engullido tiempo atrás en la mayoría de la Ciudad Condal.

Imagen del carrer de la Vall d’Ordesa. Foto: Jordi Corominas

En 1993 se detectaron casos de aluminosis en Travau, nada anormal a tenor de cómo un elevadísimo porcentaje de pisos del Turó de la Peira padecían el mismo mal. En 2006 se produjo un incendio en un piso del 63 de la calle estrella de estos párrafos. El balance fue de cuatro heridos leves por intoxicación de humo.

Al estudiar desde hace años la Historia de la Crónica Negra sé cómo la periferia recibe un trato más bien sesgado. El Turó de la Peira ha tenido relevancia en los últimos años, antes y después de la Pandemia, por asuntos como asesinatos debidos a la violencia de género y espectaculares tiroteos. En 2008 el líder de una banda de alunizajes fue detenido y una década más tarde la policía arrestó a doce miembros de un grupo desatado en su prepotencia. Robaban camiones, traficaban con drogas y tenían un infiltrado en una inmobiliaria que les soplaba información sobre pisos o locales vacíos, en general de entidades bancarias. Los ocupaban y los revendían por precios oscilantes entre los 800 y 1200 euros. Estos chanchullos a buen seguro devinieron una estupenda pasarela para establecer a chatarreros y a colectivos de escasos medios. La precariedad del todo derivó en muchos sectores barceloneses en incendios o conflictos vecinales, aún no zanjados por completo.

Travau tendrá sus relatos felices. Sin embargo, el progreso de los decenios vuela en un cielo lleno de nubarrones entre la conmiseración, el atraso, el desprecio desde la pasividad y la ingrata consecuencia de enhebrar demasiados agujeros negros que podrían enmendarse si se pensara más desde la evidencia de los datos y las rutinas del día a día para así trabajar en la mejora de todos aquellos barrios con alarmantes índices de pobreza, donde el Turó de la Peira y Can Peguera suelen ir siempre en el pelotón de los tristes privilegiados.

Mapa de 1962 donde se observa el caos urbanístico que es el Turó de la Peira.
Share.
Leave A Reply