La huella que está dejando la derecha más extrema en el discurso sobre el “éxito económico” está calando de manera muy importante en sectores juveniles, y es una de las causas de la aproximación hacia posiciones políticas de personajes como Trump, Milei y en España VOX o Alvise, tal como demuestran las encuestas.

Ese enfoque neoliberal fomenta una competencia despiadada, donde el éxito personal se logra a costa del daño y la exclusión de los demás, con poco o ningún respeto por las consecuencias sociales, ambientales o humanas. Esta visión cala especialmente en jóvenes desilusionados, seducidos por falsas promesas de enriquecimiento rápido y soluciones simplistas, como las criptomonedas, y encuentran en la derecha extrema una respuesta política a su frustración.

Lejos de valores como la solidaridad o la empatía, la ética neoliberal realza la acumulación de poder y riqueza como fines absolutos, al tiempo que justifica prácticas que deshumanizan a los adversarios y erosionan el tejido social. Estas actitudes no son fenómenos aislados ni simples manifestaciones de mala educación; constituyen una moral dominante que desacredita lo colectivo, debilita las instituciones y normaliza la desigualdad y la exclusión.

La retórica “antisistema” —como la representada por figuras como Milei, el trumpismo o ciertos libertarianismos tecnológicos—, en realidad perpetúa doctrinas liberales clásicas que defienden la desigualdad como algo natural, responsabilizan a las personas por sus vulnerabilidades y presentan la falta de solidaridad casi como una virtud. Esta cultura neoliberal fue sintetizada desde los años 80 con Thatcher y Reagan: el mercado sin reglas es bueno; el Estado, ineficiente; y el éxito se mide únicamente por el dinero acumulado, sin importar los medios para conseguirlo.

Los políticos que promueven este modelo aparentan empatía, pero criminalizan la pobreza, ridiculizan las fragilidades y consideran lo público como una “casta” que frena la prosperidad. La frontera entre intereses privados y política pública se difumina y genera una normalización preocupante de la corrupción y el clientelismo, como evidenció el caso Trump con la complicidad del establishment económico.

Así, la ética del mérito se distorsiona en una moral que castiga y discrimina: las ayudas sociales se ven como un fracaso personal. Simultáneamente, aumenta la cultura de la humillación y la polarización en medios y redes sociales, donde la burla, la desinformación y las fake news se convierten en armas de poder, amplificadas por ejércitos de trolls y una propaganda tecnosolucionista que pretende reemplazar la política tradicional.

Paradójicamente, el discurso “antisistema” sirve para proteger élites económicas y plataformas tecnológicas que concentran poder, mientras reducen derechos laborales, debilitan la regulación estatal y permiten amnistías fiscales para grandes fortunas. Ejemplos son Trump, Milei y ciertos proyectos de Silicon Valley que aspiran a ciudades privadas y convertir lo público en negocio, transformando derechos ciudadanos en servicios comerciales “premium”.

En España y Catalunya, esta crisis ética y política se refleja en la presión sobre servicios esenciales como la sanidad, la educación y la vivienda, en la precariedad laboral juvenil y en crecientes brechas territoriales y sociales. La desinformación y la polarización erosionan la confianza en las instituciones y amenazan la democracia. El debate fiscal se limita a consignas, mientras se pospone la urgente reflexión sobre cómo sostener un Estado del bienestar moderno.

Superar esta trampa implica fortalecer la democracia y redefinir un nuevo contrato social acorde a los desafíos actuales. No es un debate nostálgico ni técnico, sino profundamente moral y democrático. La libertad sin igualdad deriva en privilegios para pocos. Frente al cinismo, urge una política basada en la verdad. Frente al desprecio, instituciones que protejan. Frente a la ignorancia inducida, una educación que fomente el pensamiento crítico y colectivo. Denominar esta propuesta “buenismo” solo sirve para deslegitimarla; en realidad, es la base indispensable para una democracia madura y justa.

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