A propósito de todo lo acontecido en Venezuela durante los últimos días, estuve recordando una entrevista a Javier Milei de hace ya bastante tiempo (antes de iniciar su presidencia). En ella confesaba que la mafia le merecía un mayor respeto que el Estado porque, de alguna forma, si bien también utilizaba la coerción, era más eficiente y tenía más palabra a la hora de cumplir sus acuerdos. En este sentido, apelaba a una vieja idea que romantizaba el honor de aquellos que imponen su fuerza, pero son transparentes y “honestos”.

De este modo, entendiendo este preámbulo sobre la mistificación de la mafia, tal vez se pueda dar contexto y entender mejor el agradecimiento que se tiene por parte de quienes celebran la intromisión de EE. UU. en Venezuela. A pesar de que el propio Trump fue bastante claro y explícito a la hora de manifestar que su plan principal pasa por garantizar que las petroleras de EE. UU. tengan un acceso total al petróleo venezolano (por no decir que inicialmente ya se exige una suerte de “peaje” de entre 30 y 50 millones de barriles de crudo), muchas personas le agradecen la sinceridad, como si esta sinceridad fuera un valor absoluto independiente de los actos que se le asocian. Al fin y al cabo, dicen estos agradecidos, China, Rusia o Irán ya estaban haciendo lo mismo que confiesa EE. UU., pero de una manera mucho menos evidente. Quizás pensaran algo como: ¿qué robo se consideraría tal si fuera anunciado?

Pero lo que se está pasando por alto en todo lo que está ocurriendo es no solo que se esté dando un paso más en la demolición del Derecho Internacional que, cuando menos, se fingía respetar después de la Segunda Guerra Mundial. El paso diferencial consiste en la romantización del uso de la fuerza porque se tiene capacidad para ello y porque, al final, así es como funciona y debe funcionar el mundo (realismo geopolítico, si se quiere).

No entraré aquí a valorar esa absurdidad de que, si no se es venezolano, no se puede opinar o razonar sobre esta cuestión. Debería ser obvio que es compatible empatizar con el sufrimiento y el posterior alivio de un pueblo —una empatía que, por definición, implica la imposibilidad de sentir plenamente lo mismo que ellos, pero sí poder ser comprensivos con esos sentimientos— con el hecho de comprender que la intervención de EE. UU. en Venezuela no solo es peligrosa porque recuerda a terrores pasados en Latinoamérica, sino porque es una acción que se inscribe en un contexto muy específico: si hemos mirado para otro lado contemplando un genocidio como el de Gaza, si las principales potencias mundiales pueden pasarse el día utilizando una retórica amenazante e intimidatoria con sus competidores, si se puede quitar por la fuerza a un líder extranjero… ¿qué garantías tenemos?

Las amenazas a Colombia, Cuba, México y, especialmente, a Groenlandia (Dinamarca) solo pueden ser entendidas precisamente en este contexto de falta de garantías. Si desde la óptica del dominador se necesita agredir a un tercero por posición estratégica, recursos o cualquier otra razón… ¿por qué no tomarlo por la fuerza si se tienen los medios para hacerlo?

Por eso es importante comprender que el asunto que se está abordando no va sobre el autoritarismo del régimen de Maduro en Venezuela y, por supuesto, tampoco va sobre la libertad de los pueblos. Aquí está en juego la sustitución del relato sobre la vigencia y la oportunidad del Derecho Internacional por la lógica gángster. Bajo el pretexto de que el Derecho Internacional es una cosa anticuada, una cursilería y una señal de debilidad, este está quedando reducido a cenizas como si fuera el refugio de los idealistas (porque nadie en su sano juicio renunciaría a la fuerza que tiene por voluntad propia).

Y cabe decir que este último argumento tiene su peso: ¿por qué respetar el Derecho Internacional pudiendo no hacerlo? Sin embargo, hasta no hace mucho tiempo se fingía respetar tal acuerdo. Y aunque fingir respetarlo no sea lo mismo que hacerlo, el mantenimiento formal de la retórica del Derecho Internacional significaba que se le concedía un valor a su existencia y que su incumplimiento estaba mal, que se comprendía que vulnerar el Derecho Internacional no podía llevarnos a ningún buen lugar.

¿Pero por qué se pensaba esto y ya no? Esta es, con toda seguridad, la pregunta más difícil, más compleja y, a la vez, la clave de vuelta de todo este enorme problema. Con toda seguridad, lo que comentaré es algo incompleto y solo una pequeñísima parte, pero, honestamente, creo que hay cierta fertilidad en este punto: el trauma de la Segunda Guerra Mundial es lo que en buena medida explica que el respeto del Derecho Internacional se comprendiera como la única prevención posible para evitar que las hostilidades se escalaran sin cesar hasta un final brutal y trágico. Pero el trauma tiene un componente experiencial que trasciende la razón. Y este componente se ha ido perdiendo…

No obstante, el trauma puede ser leído en el registro de igual forma que los anillos de un árbol. Esto nos permite no tener que vivirlo para saber que se vivió. Y, al hacerlo, quizás podamos comprender por qué no era tan naïf la pretensión de respetar el Derecho Internacional aun teniendo fuerza para no hacerlo: porque, al final, la barbarie lo consume todo, incluso a quien la propicia.

Share.
Leave A Reply