El pasado martes 13 de enero saltó la noticia de una investigación de Eldiario.es: dos trabajadoras de Julio Iglesias denunciaban acoso, abusos y agresiones por parte del mismo en sus mansiones de Punta Cana (República Dominicana) y de las Islas Bahamas.

Ante una noticia de este calado, y aún con una investigación de más de tres años bajo sus espaldas, las Redes se incendiaron rápidamente. Por un lado, se comenzó a hablar de no-vulnerar la presunción de inocencia, algo sumamente importante pero que, en todo caso, compete al ámbito judicial y que, por lo tanto, no se está llevando a término en ningún caso. Por su parte, Isabel Díaz Ayuso mete en un tuit a Irán en la ecuación y afirma que ella no contribuirá nunca a desprestigiar a la figura del artista español más “universal”: otra vez más, mezclando churras con merinas.

A propósito de comentarios como el de Ayuso, recordé un conocido pero ya no tan presente tema de discusión: la separación entre obra y autor. A decir verdad, poco tiene que ver con este caso, pero de alguna forma lo que apunta Isabel Díaz Ayuso puede ser una forma ofensiva de encarar dicho argumento: el hecho de que su grandeza como artista lo inmunice a la crítica personal e incluso a la condena social y judicial. Pero si bien la calidad de una obra no queda necesariamente invalidada por las acciones personales de alguien, esta tampoco puede servir de pretexto.  Aunque, claro está… No podemos ser ingenuos, lo de la Presidenta de la Comunidad de Madrid apuntaba a otra batalla más en la guerra de trincheras cultural-ideológica y no a una defensa de la impunidad artística per se.

De todas maneras, esta idea de que el artista puede estar más allá del bien y del mal tiene al menos dos aspectos fundamentales en los que se asienta y que sí que merecen la pena ser abordados.

Por un lado, la idea del genio romántico, una suerte de alma (atormentada o no) que se eleva por encima del resto, que su sensibilidad y su talento lo predisponen a aprehender la realidad de un modo diferente y privilegiado y que, por lo tanto, no está en pie de igualdad para con el resto.

Por otro lado, la capturación en la lógica capitalista-meritocrática de ese mismo ideal de genio romántico: es el esfuerzo individual de esa persona la que la ha llevado a su situación de privilegio y, por lo tanto, se merece esa posición hegemónica en términos socioeconómicos.

La combinación de estos dos elementos genera un círculo vicioso o, más bien, un círculo perverso. El artista se cree más allá del bien y del mal porque se ha embriagado escuchando lo bueno que es en lo que hace y porque la sociedad en la que vive le ha premiado con una situación de privilegio desmesurada. Así, de igual modo que con frecuencia observamos con estupefacción como el poder político parece causar con frecuencia una suerte de adicción, el estatuto de la celebridad podría propiciar lo mismo.

Por supuesto, esta argumentación no excusa el comportamiento ni de Julio Iglesias ni de ningún otro. No hay una relación de causalidad, habiendo infinidad de casos en los que esa situación de privilegio no deriva en comportamientos tan abyectos como los que presuntamente habría protagonizado el cantante español. No obstante, de igual manera que hay cierta ingenuidad en apelar a la empatía y a una pseudo-solidaridad (que es más cercana a la caridad, realmente) para tratar de resolver problemas económicos estructurales en nuestra sociales (¿alguien dijo crisis de la vivienda?), esta misma ingenuidad también puede ser vista aquí: quizás debamos cuestionarnos un modelo de relacionarnos con el arte que implique la adoración del artista y su privilegio absoluto para, tal vez, comprender que este es un miembro más de la sociedad, por más que disfrutemos de su arte y capacidad.

La perversidad de nuestra forma de entender la relación con el artista está también en la forma de la ocultación fetichista: cuando se cuestiona a las víctimas de las agresiones diciendo cosas como que deberían haberse ido si veían que lo que estaba sucediendo estaba mal o cuando se dice que el artista no “necesitaba” abusar de nadie.

En relación a porque una víctima seguiría padeciendo se nos trata de ocultar el hecho obvio de que estas dinámicas de abuso requieren de una situación de desprotección e inseguridad de la víctima (sobre todo, en términos económicos). Y cuando se lanzan estas críticas, o hay un profundo deseo de hacer daño o simplemente uno no se ha parado a pensar en lo que significa la dicotomía entre “soportar” o comer (o hacer lo que se espera o “debe”): y sí, es una dicotomía presente en muchas personas todos los días, por desgracia.

Y en relación a que el artista no lo “necesitaría”  porque podría haber conseguido esa satisfacción sexual sin tener que forzar a nadie… Tal vez estemos ignorando aquí que, con frecuencia, estas tramas no tienen mucho que ver realmente con el sexo sino con la dominación, con el sometimiento y con mantener esa sensación de que si son ellos tan especiales es porque pueden conseguir prácticamente cualquier cosa que se propongan: también doblegar voluntades.

Para concluir, quizás Julio Iglesias no ha demostrado tampoco ser más truhán que señor porque, al fin y al cabo, una forma común de entender lo que significa ser un señor  alude a la potestad y a la autoridad… Sí, a la capacidad de dominio sobre algo o alguien. Así que, tal vez, su célebre canción no iba tan desatinada…

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