El día 15 de marzo es el día internacional del Covid Persistente y, tras de 5 años del inicio de la pandemia, todavía hay muchas personas que no se han recuperado de la infección que tuvieron en 2020. La literatura científica ha descrito más de 200 síntomas relacionados con la enfermedad, pero los más habituales son la fatiga, la sensación la atención y la memoria, impactos en el corazón o bien digestivas, entre otros.
Al menos entre el 5 y el 10% de la población infectada puede llegar a tener una patología de “Long Covid”, según la mayoría de publicaciones, y las investigaciones que hacían referencia a las primeras oleadas hablaban de hasta un 20%. Además, existe una clara afectación mucho más destacada en las mujeres desde muchos puntos de vista según todas las investigaciones. Por tanto, estamos ante uno de los problemas de salud pública más importantes para las próximas décadas.
Pese al silencio de las administraciones, nuestro sistema sanitario debe absorber actualmente –desde prácticamente todas las especialidades– a muchas personas enfermas que han pasado, durante años, por un agotador circuito administrativo y sanitario que no consigue darles un diagnóstico inicial de forma eficaz. En muchos casos, los propios pacientes han tenido que investigar sobre la propia enfermedad para acompañar al personal sanitario. Esto ha provocado que la mayoría de guías clínicas hayan tenido en cuenta o hayan sido publicadas incorporando a personas afectadas.
A lo largo de estos años, especialmente las personas infectadas en las primeras oleadas, han sufrido la incomprensión, pero también la violencia simbólica que todavía se ejecuta en algunos espacios sanitarios, laborales o sociales. Y es que, pasados estos años, todavía hay médicos que muestran incredulidad ante los pacientes de Covid Persistente generando un impacto importante en la salud mental de las personas. Algunos de los relatos de algunos pacientes en este sentido son verdaderamente aterradores. También hay personas que han sufrido situaciones de acoso a nivel laboral por la afectación que la enfermedad ha supuesto en las tareas diarias en el trabajo. Obviamente, esto también desarrolla problemas de salud mental y en otros casos terminan sumándose los despidos que generan una situación aún más precaria por parte de las personas que lo sufren.
Esta situación afecta a la vida personal de las personas que, pasados los cinco años, tratan de pasar desapercibidas reduciendo al máximo las conversaciones sobre la enfermedad con su entorno más cercanos con la sospecha de que cansan a las personas de su alrededor. Todo esto es un circuito que describe el sociólogo Xavier Gimeno y que tiene que ver con la violencia simbólica que las personas afectadas reciben a lo largo del tiempo.
La afectación, multiorgánica y tan heterogénea, así como la falta de biomarcadores que determinen el “Long Covid” están dificultando la búsqueda de algún tratamiento realmente eficaz. En este sentido, en nuestro entorno más cercano, el Hospital Germans Trias i Pujol está llevando a cabo distintas investigaciones, lideradas por la Dra. Lourdes Mateu.
Con la investigación publicada que ha liderado este equipo sabemos que actualmente sólo hay un 7,6% de las personas afectadas que lograron recuperarse después de dos años de síntomas persistentes. Además, la investigación también explica los factores médicos, pero también socioeconómicos, que suponen mayor riesgo de sufrir y recuperarse del Covid Persistente.
Los diferentes gobiernos que hemos tenido durante la pandemia, a pesar de los datos tan alarmantes y el sufrimiento de miles de personas, no han apostado de forma clara por articular una respuesta adecuada a esta situación. Prácticamente no hay unidades específicas de Covid Persistente y las enfermas y enfermos deben peregrinar permanentemente dentro de un sistema sanitario poco equilibrado en todo el territorio.
De poco sirve que el exconsejero Argimon haga declaraciones –hace pocos días– sobre la importancia de activar la atención a las personas con Covid Persistente si durante sus responsabilidades durante la pandemia no lo hizo, a pesar de tener a su alrededor gente que alertaba del impacto que tendría no organizar unos circuitos de atención especializados donde los y las pacientes no tuvieran la sensación de incomprensión y la atribución de sus síntomas a problemas de salud mental.
No olvidemos que, aunque no hay datos oficiales, la mayoría de datos científicos apuntan a que el número de personas afectadas es de entre el 5 y el 10% de las personas que se infectan. Para que nos hagamos una idea de la magnitud de la situación, las últimas investigaciones publicadas estiman en 65 millones a las personas en todo el mundo con síntomas persistentes (aumentando a diario) y, en EEUU, se habla de una prevalencia del 3,4% de las personas adultas y un 0,5% de los menores. Todo ello son datos alarmantes de un volumen de personas con situaciones que pueden llegar a ser muy discapacitantes.
Un problema sanitario y también social
En una investigación llevada a cabo en el contexto del Grupo de investigación GIAS, conjuntamente con el Dr. Benavent se han constatado discursos de violencia simbólica no consciente en las investigaciones con entrevistas publicadas en las mejores revistas científicas de todo el mundo. No sólo es un problema sanitario, sino también social.
En definitiva, el Covid Persistente es uno de los grandes retos de la salud pública actual y no podemos menospreciar el impacto discapacitante que puede causar en las personas. Esto significa que es necesario activar de forma inmediata procedimientos que aseguren la formación específica de los profesionales de la salud –incluidas las trabajadoras sociales– que deben tener en cuenta el impacto social de la enfermedad. En este sentido, tener en cuenta la voz de las propias pacientes será fundamental para comprender el alcance de las situaciones personales. Se necesitan unidades específicas distribuidas por todo el territorio para que las personas enfermas encuentren espacios de seguridad donde poder ser atendidas sin ningún tipo de violencia como la que supone la incredulidad, la condescendencia o el menosprecio.
Cabe apuntar también la importancia de la comunidad para poder apoyar esta situación. La atención primaria ha sido para muchas personas un refugio de interlocución con el sistema sanitario. Quizás este eslabón del sistema sanitario pueda generar espacios de encuentro con otras personas afectadas, ya que suelen tener un impacto positivo si son bien conducidos. Especialmente, porque las peculiaridades de la enfermedad hace que muchas veces hayan situaciones que sólo se comparten los propios enfermos porque siempre existe la duda de si alguien te creerá o simplemente será capaz de entender lo que explicas. Quizá sea buena idea crear estos espacios comunitarios mientras mejoramos en la intervención sanitaria de la enfermedad.
Para finalizar, no puede olvidarse el impacto que supuso esta situación especialmente para las personas de la primera ola. Muchas no fueron atendidas hasta meses después de la infección, y se encontraron con muchas dificultades para que hubiera una atención continuada con un mínimo de rigor, teniendo en cuenta el desconocimiento que existía. A muchas las echaron de cribados, que determinaban que la situación no era suficientemente grave como para ser atendidas. Quizás se debería pensar en algún acto de reconocimiento y restauración de una experiencia con el sistema público de salud que ha dejado huella de forma permanente en estas personas.


