Recientemente, Ayuso, igual que una parte importante de la derecha española, se mofó de la Global Sumud Flotilla y no solo minusvaloró su actuación sino que la ridiculizó, y a la vez, también la trató de peligrosa (aunque esto parezca entrar en contradicción). No obstante, no conforme con ello, unos días después hizo mención a ETA en relación a algunos miembros de la Flotilla supuestamente relacionados con el terrorismo etarra. Al escucharla, e incluso antes de verificar sus datos, muchos esbozaban una sonrisa de incredulidad pensando algo como “Ayuso lo ha vuelto a hacer, ha vuelto a sacar a ETA”.
En general, las referencias a ETA se han tornado algo muy común en la retórica de la Presidenta de la Comunidad de Madrid. Lo que más llama la atención es que parece que, con el paso del tiempo, el uso es cada vez más recurrente, excesivo y absurdo. No obstante, aunque puedo compartir lo recurrente y lo excesivo, ¿es algo realmente absurdo lo que hace?
Para responder a la absurdidad o no de sus interpelaciones tenemos que entender esta cuestión desde diferentes prismas.
En primer lugar, podemos entender a ETA como una organización extinta que en el pasado tuvo actividad terrorista y que se asociaba a lo que el propio Aznar denominó como movimiento vasco de liberación. Esta organización, al estar extinta y sin actividad desde hace ya bastantes años, no puede representar ningún peligro para la sociedad, igual que uno no puede vivir atemorizado de que Napoleón vuelva a invadir España. Así, se comprende a quiénes perciben como cada vez más ridículas las declaraciones de Ayuso cuando dice “ETA”.
En segundo lugar, se podría decir, y con razón, que la cuestión es un tanto más compleja. Que aunque ETA ya no exista, su “espíritu” persiste en la medida en la que las ideas que la hicieron posible, e incluso algunas personas que simpatizaron o se relacionaron son su actividad, aún siguen activas. Esto sin duda complica la problemática. No obstante, tenemos
indicios que apuntan a que Ayuso no solo no hace referencia al grupo terrorista como si fuera realmente existente, sino ni siquiera a ese “espíritu”. ¿Qué indicios son esos? Pues, sin irnos más lejos, sus rocambolescas asociaciones con ETA: políticos de izquierdas, grupos de resistencia internacionales, terroristas de cualquier lugar y situación, asociaciones de vecinos, activistas propalestina que boicotean a Israel, las mareas blancas que reclaman mejoras en la Sanidad Pública, etc.
Por supuesto, todos estos grupos no parecen tener mucho o nada que ver con ese “espíritu” de ETA. No obstante, a pesar de la ausencia de evidencia de conexión con ETA, sí que tienen algo en común: son grupos que molestan a Ayuso en la medida en la que la discrepancia ideológica o la crítica a su gestión son características comunes a todos estos grupos.
Llegados a este punto, se vislumbra una tercera forma de entender ETA: la deslegitimación del oponente. La confrontación dialéctico-ideológica requiere mucho esfuerzo, es desgastante y, en general, es lenta. Esto es así, sobre todo, si se hace uno por uno y tratando a tu oponente como un igual. Hay una estratagema o truco que ayuda en estos casos: tratar a tu oponente no como a alguien como tú, tratando de convencer al público votante de que tu alternativa es mejor sino, directamente, descalificar a este adversario negándole la dignidad que se les da a los iguales y, por lo tanto, optar por combatirlo en todos los frentes.
A decir verdad, la categoría ETA parece operar en Ayuso como una suerte de significante vacío (o algo que se le aproxima). Es decir: algo que interpela a quiénes se dirigen, que les hace rememorar un pasado oscuro pero, a la vez, algo difuso que no se sabe con precisión a que refiere. Por supuesto, lo difuso y lo ambiguo es intencional, en la medida en la que debe ser un término que permita una elasticidad suficiente como para meter lo que sea necesario en cada momento.
En todo caso, ETA como significante vacío probablemente haya fracasado, al menos parcialmente. Lo ha hecho en la medida en la que al tener una referencia concreta fácilmente trazable e identificable, no puede operar de la misma forma que términos como patria, España, etc. Es menos difuso como término. No obstante, el fracaso es solo parcial porque realmente no se pretende que el público desconozca la referencia concreta y reciente que atañe al término ETA sino que se busca algo más elemental: dar a entender que todo adversario, todo oponente es realmente un enemigo, alguien que al relacionarse al mal abyecto del sufrimiento terrorista no merece la pena ser respondido o contrarrestado sino, simplemente, combatido.
La potencialidad de este ejercicio de deslegitimación es enorme y por eso es tan frecuente en toda suerte de contextos.
Se está viendo algo parecido cuando Israel justifica toda su actuación en base a que está combatiendo a Hamás: si cualquier periodista, activista o quién fuera que cuestiona o denuncia la actuación de Israel es asociado a la virulencia terrorista (que nunca es entendida como resistencia, por supuesto), entonces no hay que molestarse en desarmar su argumentación, sino simplemente en combatirlo por los medios que sean necesarios. También recientemente Donald Trump calificó al movimiento Antifa en EEUU como terrorista, por ejemplo.
En líneas generales, los tiempos recientes nos están arrojando una sobreexposición al término terrorista para suspender toda confrontación dialéctica, para evadir responsabilidades y, en último término, para justificar la brutalidad o la desproporción en la respuesta (desproporción que, bajo esta lógica, deja de ser tal en la medida en la que el enemigo es el mal absoluto).
En última instancia, este modo de comprender dicotómicamente la realidad como Bien (“demócratas” o “defensores de la libertad”) VS Mal (“terroristas”), ha permitido sobrevolar bloques clásicos de identidad nacional, hasta el punto de que en España una parte sustancial de la derecha se ha mofado de la detención ilegal de algunos de sus compatriotas por parte de una potencia extranjera. ¿No se suponía que la cuestión nacional era tan importante? A menos que nos demos cuenta de que esta lógica aquí descrita no va de la nación política, sino de los NUESTROS contra los SUYOS…

