Se han ampliado derechos, diversificado identidades, fortalecido los movimientos sociales. Las luchas feministas, ecologistas, antirracistas y LGTBIQ+ han transformado el lenguaje político y la sensibilidad colectiva. Se ha generado conocimiento, tejido institucional y práctica cotidiana en torno a las violencias que antes se callaban. Nunca habíamos tenido tantos instrumentos para sostener la vida. Y, sin embargo, es precisamente ese avance lo que desata la reacción.
La paradoja alcanza un grado de perversión: los progresos en igualdad se convierten en el centro del odio. La ultraderecha y sus satélites culturales lo saben: no necesitan inventar enemigos, solo señalar los cuerpos y saberes que ya incomodan. Han aprendido a convertir el miedo en ideología y la frustración en identidad.
El cinismo, sin embargo, ha perfeccionado su gramática. Se presenta como lucidez, como inmunidad frente al engaño, pero su efecto es la parálisis. El cínico no cree en nada, y al no creer en nada protege precisamente aquello que dice despreciar. Se burla del compromiso, ridiculiza la esperanza y convierte la decepción en marca de inteligencia. En este clima, la sospecha ya no es herramienta crítica, sino refugio cómodo: una forma de desactivar la acción.
El feminismo lo ha comprendido mejor que nadie, porque lleva décadas sosteniendo pensamiento en medio del descrédito. Desde los años ochenta, cuando los debates sobre violencia de género comenzaron a abrir grietas en los discursos oficiales, hasta las transformaciones legales y culturales de las últimas décadas, los feminismos han sido el laboratorio más potente de producción de saber. Se ha investigado, legislado, acompañado, formado y tejido comunidad en torno a una verdad que costó siglos en pronunciar: que las violencias machistas no son un hecho aislado, sino una estructura social.
Nosotras hemos aprendido que ese saber no se improvisa. No se compra ni se decreta: se construye. Se hace en la práctica, en la escucha, en la paciencia de acompañar el dolor hasta que empieza a transformarse. Se hace entre muchas, en los equipos que revisan protocolos, en los centros de atención que se niegan a cerrar, en las instituciones que se miran y reconocen sus fallos. Saber, en nuestro campo, es permanecer junto a la herida hasta que se convierte en palabra, y de la palabra en derecho.
También sabemos que las leyes no bastan. Pueden ser justas, incluso luminosas, y seguir siendo ineficaces si no se las dota de medios y de seguimiento. Los derechos, sin recursos, son promesas vacías. Por eso rendir cuentas no es un trámite burocrático, sino una forma de ética. Rendir cuentas es sostener la confianza pública, hacer visible la responsabilidad, recordar que la justicia se mide en vidas reparadas y no en estadísticas.
Fiscalizar no es desconfiar: es cuidar. Cuidar las instituciones para que no se vacíen, cuidar el conocimiento para que no se pierda, cuidar la esperanza para que no se agote. Un Estado que no rinde cuentas perpetúa la violencia institucional, y una sociedad que deja de exigirlo se entrega al cinismo. Ese cinismo que se alimenta del cansancio y convierte la impotencia en identidad.
Por eso acompañar se ha convertido en una forma de resistencia. En medio del ruido, de la saturación y del miedo, acompañar significa sostener el vínculo con lo humano, insistir en la dignidad de cada vida frente a la maquinaria del derrumbe. Acompañar es un verbo político: implica cuidar, escuchar, traducir, persistir. Es el reverso del cinismo, porque donde el cinismo se burla, el acompañamiento se implica; donde el cinismo aísla, el acompañamiento construye comunidad.
Frente a eso, el pensamiento feminista ha insistido en imaginar. Imaginar como método, no como evasión. Imaginar no es cerrar los ojos ante el horror, sino mantenerlos abiertos el tiempo suficiente para pensar qué puede hacerse con él. En un mundo que confunde lucidez con desesperanza, imaginar es un acto de valentía. Por eso pensar sigue siendo una forma de cuidado. No un lujo, sino una necesidad vital. Pensar colectivamente, como lo hacen los feminismos, implica sostener la pregunta allí donde otros imponen el eslogan.
El saber feminista, construido durante décadas en los márgenes y en las instituciones, ha demostrado que el conocimiento puede ser una forma de justicia. Es un saber que nombra y repara, que acompaña y enseña. En él conviven la teoría y la práctica, la política y el cuerpo. No se reduce a una consigna ni a un campo académico; es una forma de inteligencia viva, colectiva, que transforma la experiencia en lenguaje y el lenguaje en acción.
Rendir cuentas, en este contexto, se convierte en una práctica emancipadora. En tiempos de cinismo, rendir cuentas es sostener la esperanza. No una esperanza ingenua ni sentimental, sino trabajada, vigilante, consciente de que todo avance necesita sostén. Esa esperanza se alimenta de los claros del bosque: los espacios donde el pensamiento se detiene a respirar, donde la palabra se hace cuerpo, donde la política se reencuentra con la ética del cuidado.
Porque lo que está en juego no es solo la vigencia de una ley o la defensa de una causa, sino la supervivencia de una forma de humanidad que aún se atreve a imaginar justicia.


