Los datos vuelven a caer como una losa, aunque ya nadie pueda decir que le sorprenden. Entre enero y noviembre de 2025, más de 19,1 millones de turistas internacionales visitaron Catalunya, con Barcelona como epicentro simbólico y material de este flujo constante. Ante la cifra, los responsables municipales del turismo se apresuran a declarar que ‘hemos llegado a un límite’, que no se crecerá más en plazas, que el modelo ha tocado techo. El problema no es tanto la frase como el alivio que parece generar: la idea de que, con nombrar el límite, el conflicto queda resuelto.
Desde una mirada urbana y antropológica, el límite es una categoría engañosa cuando no va acompañada de una voluntad real de transformación. Mantener el número de plazas actuales significa, en la práctica, consolidar el estado de las cosas. Es decir, fijar en el tiempo los impactos conocidos: la presión sobre la vivienda, la expulsión silenciosa de vecinas y vecinos, la conversión del espacio público en un decorado de consumo rápido y la erosión del tejido comercial cotidiano. No crecer no es corregir; es congelar un desequilibrio que ya se ha demostrado socialmente insostenible.
Además, la política del no crecer suele olvidar un elemento clave del actual capitalismo turístico: la desestacionalización. Que no aumenten las plazas no implica que no aumenten las visitas. Al contrario, el objetivo explícito de muchos planes turísticos ha sido llenar los meses tradicionalmente considerados bajos, convirtiendo la excepcionalidad en norma. El resultado es una ciudad permanentemente en temporada alta, sin tregua posible para quienes la habitan y la sostienen. El turismo deja de ser una ola que sube y baja para convertirse en un nivel constante que inunda.
A esto se suma una tercera ilusión, profundamente metropolitana: pensar que Barcelona puede aislarse de su entorno. Que la capital no crezca en plazas no significa que no lo hagan las ciudades de su alrededor. L’Hospitalet, Badalona, Sant Adrià o incluso municipios más alejados entran en la lógica de la oportunidad turística, ofreciendo alojamiento más barato y conectividad rápida. El turista duerme fuera, pero vive —consume, pasea, colapsa— dentro. El resultado final es un incremento de las visitas a Barcelona sin que estas computen formalmente como plazas barcelonesas. El límite administrativo se convierte así en una trampa estadística, mucho más cuando está pendiente la ampliación del Aeropuerto.
Desde esta perspectiva, poner límites puede acabar produciendo exactamente lo contrario de lo que se promete. No crecer en plazas, sin decrecer, puede suponer un aumento efectivo del número de visitantes y, por tanto, del impacto. El problema no es solo cuantitativo, sino estructural. La ciudad se ha organizado durante años para servir a una economía turística que ha colonizado recursos, imaginarios y prioridades políticas. Pretender corregir esto con pequeños ajustes técnicos es ignorar la profundidad del proceso. Lo que hace falta, por tanto, es atreverse a pronunciar una palabra que incomoda: decrecer. Decrecer en plazas, cerrar alojamientos turísticos, especialmente allí donde la presión es mayor, y asumir que menos visitantes puede significar más ciudad. Pero el decrecimiento no puede ser un gesto aislado ni municipalista en el peor sentido. Requiere coordinación entre ciudades, una estrategia compartida de equipamientos turísticos a escala metropolitana y catalana, y una distribución consciente —y limitada— de los flujos.
Decrecer también implica diversificar la economía, una consigna repetida hasta la saciedad y pocas veces aplicada con convicción. Mientras el turismo siga siendo la opción más rentable a corto plazo para propietarios, inversores y administraciones, cualquier límite será frágil. Diversificar significa invertir en sectores que no dependan de la extracción intensiva del territorio y de la vida cotidiana: industria urbana limpia, economías del cuidado, conocimiento arraigado, cultura no pensada como espectáculo.
En el fondo, la discusión sobre el turismo es una discusión sobre qué ciudad queremos y para quién. Si Barcelona aspira a ser algo más que un destino, necesita dejar de gestionar el turismo como un problema técnico y empezar a abordarlo como un conflicto social y político. Nombrar el límite no es suficiente. Hace falta moverlo hacia atrás, redistribuir responsabilidades y, sobre todo, recuperar la idea de que la ciudad no es un recurso infinito, sino un espacio vivido, frágil y compartido.


