Conviene empezar desmontando un equívoco frecuente: la superilla no es una sola cosa. No es únicamente la pacificación de una calle ni la peatonalización de un cruce concreto. Es un marco amplio, una suma de actuaciones diversas que van desde grandes ejes verdes hasta intervenciones tácticas, provisionales y de bajo coste. Y, como todo marco, su significado real no se juega en los documentos estratégicos, sino en el asfalto, los bancos, los parterres y los conflictos que emergen cuando la ciudad se usa de verdad.
El eje verde de Consell de Cent es un buen ejemplo. Dividido simbólicamente por la presencia imponente del Passeig de Gràcia, este nuevo corredor peatonal revela cómo el espacio público nunca es neutro. En su tramo más cercano al paseo, la lógica comercial y turística coloniza rápidamente la calle: terrazas, flujos intensos de turistas, tiendas orientadas al consumo ocasional. A primera hora del día, la carga y descarga convierte el eje en un aparcamiento encubierto, generando barreras invisibles —pero muy reales— para peatones y personas con diversidad funcional. La ciudad amable, aquí, tropieza con la logística capitalista.
A medida que uno se aleja del polo turístico, el paisaje muta. Aparecen comercios de proximidad, usos más vinculados a la vida cotidiana del vecindario y una mercantilización menos intensa del espacio. Sin embargo, el conflicto no desaparece: el coche, aunque desplazado, sigue presente; los parterres dañados y el mobiliario golpeado recuerdan que la redistribución del espacio no es solo una cuestión de diseño, sino de poder y costumbre. La convivencia no se decreta: se negocia, y a veces se impone. El coche es el principal elemento incívico con el visto bueno de un Ajuntament más preocupado por otras cosas.
El uso intensivo del espacio deja huellas. Bancos gastados, pavimentos marcados, zonas que requieren mantenimiento constante. Aquí emerge una de las grandes contradicciones del modelo: se promueve deliberadamente la máxima ocupación del espacio público, pero sin una estrategia clara de gestión preventiva. La respuesta municipal, más reactiva que planificada, deposita en la pedagogía, la limpieza y el control una responsabilidad que llega tarde. La ciudad abierta exige cuidados constantes; sin ellos, el deterioro se convierte en argumento contra el propio proyecto y por una visión punitivista.
En este escenario aparecen también problemas estructurales que ninguna operación urbanística puede resolver por sí sola. El sinhogarismo, por ejemplo, se hace visible en los nuevos ejes pacificados. No es un efecto indeseado de la superilla, sino el reflejo de desigualdades profundas que encuentran en el espacio público su último refugio. La tentación de responder desde la arquitectura hostil o la regulación punitiva dice más de nuestras prioridades urbanas que de quienes duermen en los bancos.
La otra cara del fenómeno es el turismo. Bicicletas de alquiler, patinetes y usos intensivos del espacio por parte de visitantes tensionan la convivencia y reintroducen, bajo nuevas formas, viejos debates sobre quién tiene derecho a la ciudad y en qué condiciones. La superilla, lejos de aislarse de estas dinámicas, las amplifica allí donde el atractivo urbano se vuelve producto.
El contraste con Sant Antoni resulta revelador. Aquí, la intervención ha sido más modesta y, en buena parte, táctica. Elementos provisionales, pintura en el suelo, mobiliario móvil. Sin embargo, el resultado en términos de vida urbana es, en muchos momentos, más rico. La mezcla social, el carácter popular del barrio y la menor presión turística favorecen usos colectivos no mercantilizados, interacciones entre edades y clases, apropiaciones diversas del espacio. La plaza táctica se convierte así en un punto de encuentro… y también de conflicto.
Porque el conflicto no desaparece: se hace visible. Quejas vecinales, demandas de mayor control, ajustes constantes del mobiliario. Pero quizá ahí reside una lección clave: el espacio público vivo es, por definición, incómodo. No responde bien a soluciones cerradas ni a diseños que aspiran a eliminar la fricción. La ciudad, cuando funciona, molesta un poco. El equipo de gobierno actual tiene planes para destruir todo esto.
Las superillas no son un fracaso ni una panacea. Son, más bien, un espejo. Reflejan las tensiones entre el deseo de una ciudad más habitable y las lógicas económicas que la atraviesan; entre la apertura del espacio y la incapacidad de sostenerlo; entre la justicia urbana proclamada y las desigualdades persistentes. La pregunta no es si la superilla funciona, sino para quién, en qué condiciones y a costa de qué.
Barcelona sigue ensayándose. Y como en todo ensayo, el resultado final dependerá menos del guion que de cómo se gestione la escena cuando el público —es decir, la ciudad real— entra en juego.


