En 2013 el astronauta Chris Hadfield estaba en la Estación Espacial Internacional cuando hizo una fotografía nocturna de Berlín que resultó tan hermosa como sorprendente. “Berlín de noche. Sorprendentemente, creo que las bombillas siguen mostrando la división este / oeste desde la órbita”. Es el mensaje que escribió en su Twitter el astronauta canadiense. Efectivamente, el oeste berlinés estaba iluminado de un blanco verdoso, este era más amarillento y había una línea en medio que al menos daba la impresión de ser la marca del muro que simbolizó no sólo la división de la ciudad sino también la de dos mundos. Las diferencias en la foto se deben básicamente a que las dos Alemanias utilizaban alumbrado diferente.

La foto sirve para ilustrar cómo, 30 años después de la caída del muro, las brechas no han podido cerrarse del todo. Con la efeméride, los medios se vuelven a llenar con relatos de personas que vivieron todo aquello en primera persona, y también de análisis sobre lo que no funcionó de un proceso que prometía “campos floridos” para los territorios orientales, como dijo en su momento el líder democristiano Helmut Kohl, el canciller de la reunificación.

En efecto, los niveles de vida en el este han mejorado enormemente en relación a la era comunista. Ahora bien, Alemania no ha sido capaz de culminar con éxito el proceso de reunificación. “La situación en el este es mucho mejor que su reputación”, declaraba satisfecho a finales de septiembre el gobierno de Angela Merkel, cuando presentó un informe anual sobre la unidad alemana. Pero, aún así, el PIB per cápita de las cinco regiones de la antigua República Democrática de Alemania (RDA) sólo representaba el 74,7% del nivel del oeste de Alemania en 2018. En agosto de 2019, el nivel de desempleo era del 4,8% en el oeste y del 6,4% en el este. Hay muchos aspectos, pues, que muestran que esa frontera aún sigue vigente.

Así lo constata una reciente encuesta entre 136 profesores de economía del país llevada a cabo por el IFO Institute for Economic Research de la Universitat de Múnich. La gran mayoría respondió con un “no” rotundo sobre la posibilidad de que en los próximos años o décadas los lands del este -los que formaban parte de la República Democrática de Alemania (RDA)- puedan alcanzar el nivel económico del oeste. El estudio del IFO era contundente en un titular del diario y referente germano en información económica Handelsblatt: “El este alemán no puede atrapar económicamente al oeste”.

Declive demográfico

En una Alemania globalmente envejecida con importantes vacíos en áreas rurales, en la que la edad media pasó de los 40 años de 1990 a los 45 en 2018, la situación demográfica de la antigua RDA sigue siendo problemática. El dinamismo de ciudades como Dresde, Jena o Leipzig no consigue tapar el éxodo y el envejecimiento que castigan a estas regiones. La población en el este de Alemania ha caído a sus niveles más bajos desde 1905, como consecuencias de sucesivas oleadas de migración interna hacia el oeste. Según estimaciones del indicador IFO, en los seis estados federados del este -incluido Berlín- viven 13,6 millones de habitantes, del total de casi 82 millones de ciudadanos que tiene Alemania. Por el contrario, la población en el oeste del país -con diez lands o estados federados- supera los 68,3 millones de personas, más del doble de los 32,6 millones que tenía a principios de siglo pasado.

Entre 1949 -año en que se fundó la RDA- y 1961 -en el que el régimen germano-oriental construyó el muro de Berlín y reforzó el resto de la frontera interalemana-, la población del este cayó de los 19,1 millones de personas a 17.040.000. Desde 1961 hasta la disolución de la RDA, en 1989, la despoblación se desaceleró, por lo que en el año de la reunificación del país, en 1990, el este tenía 16,4 millones de habitantes. Se entró entonces en una nueva ola de migración de los ciudadanos desde los estados del este hacia el oeste; en los 30 años transcurridos desde la caída del muro del antiguo territorio comunista ha perdido casi tres millones de habitantes.

Ni la migración desde otros estados de la Unión Europea (UE) ni la crisis de refugiados de 2015 -en la que Alemania recibió casi un millón de peticionarios de asilo- han paliado esta evolución demográfica negativa, ya que mayoritariamente estos nuevos residentes se han instalado en el oeste. Berlín es la excepción a esta evolución en el este del país, ya que desde que recuperó el estatus de capital -el 1990- su población ha crecido de los 2,1 millones de habitantes de entonces a los 3,6 millones actuales.

El muro psicológico persiste

A pesar de la ilusión popular y el impulso inicial dado por las autoridades en el proceso de unificación, la diferente historia entre el este y el oeste, y las desigualdades políticas, económicas y sociales, pusieron de manifiesto profundos problemas que siguen rompiendo en la sociedad alemana. Hay causas estructurales en estos estados del este, después de lo que significó para los ciudadanos de la antigua RDA la reunificación alemana. Para una buena parte de los habitantes de estos estados, lo que hubo no fue una reunificación sino más bien una anexión, donde el cambio de un sistema centralizado a una economía de mercado fue muy brusco, por no decir violento de las estructuras económicas, sociales y culturales de estos “nuevos” estados incorporados a la RFA.

La participación de los ciudadanos del este en la vida del país es muy deficitaria; su representación en la administración, los medios de comunicación o las empresas, es escasamente una octava parte de su peso demográfico. Seis de cada diez alemanes del este se sienten ciudadanos de segunda; sólo el 40% considera que la reunificación ha sido un éxito y en los jóvenes se reduce al 20%. Por su parte, muchos occidentales consideran sus compatriotas poco trabajadores y una carga para su economía.

Foto aérea de Berlín | NASA

Los escombros de la utopía

Después de que cayera el muro de Berlín y llegara al poder la coalición conservadora con Helmut Kohl a la cabeza, se inició un proceso de restauración del capitalismo en el que había sido la RDA. Una de las caras más visibles de este proceso, fue el organismo llamado Treuhandanstalt que privatizó las empresas nacionales para su posterior desmantelamiento. Este proceso terminó con decenas de miles de personas que perdieron sus puestos de trabajo, sus casas, y su estabilidad en general.

Los trabajadores -que habían protagonizado las masivas movilizaciones contra la burocracia estalinista del Partido Socialista Unificado de Alemania (SED)- comenzaron a ser mano de obra barata para los dueños capitalistas de las empresas de Alemania Occidental, convirtiéndose en “ciudadanos de segunda”. Las consecuencias sociales de este proceso aún hoy las podemos ver. Frank Dehmel explica en una nota publicada en el New York Times, como en el año 1989 salió a las calles para gritar “democracia” y “libertad” y hoy, estando desocupado, vuelve a la protesta, pero apoyando la coalición de extrema derecha Alternative Für Deutschland (Alternativa para Alemania).

La situación propicia la polarización política: la ultraderecha de Alternativa para Alemania (AfD) se ha hecho fuerte en los territorios castigados por la despoblación y el paro, mientras que la izquierda poscomunista de Die Linke recoge un sentimiento nacional alrededor los valores del antiguo régimen comunista. El caso más reciente de Turingia, no es ajeno. Die Linke ganó las elecciones regionales del pasado mes de octubre con el 29,8% de los votos, seguida de Alternativa por Alemania (AfD), que escaló hasta el 23% de los sufragios. La conservadora CDU de Angela Merkel cayó al 22% y el SPD, aliado al gobierno federal, recogió un 8%, según los sondeos.

Los hijos de la reunificación

Aunque no conocieron el régimen de la RDA, su identidad ha quedado marcada por cómo procesaron en su infancia y juventud las vivencias de sus progenitores, y por cómo soportan los clichés actuales sobre los alemanes del este. Los jóvenes de la antigua Alemania Oriental que vinieron al mundo con la caída del muro de Berlín no se reconocen en la etiqueta ‘össi’, como se denomina peyorativamente a los ciudadanos del este del país, pero están marcados por los relatos -o los silencios- de sus padres. Treinta años después, la percepción que tiene esta generación sobre el régimen comunista de la antigua RDA y sobre la transición a la democracia y posterior reunificación de Alemania está determinada por las vivencias de sus progenitores y por su primera infancia.

Melanie Stein, impulsora del proyecto Wirsindderosten.de (Nosotros somos el este), que busca combatir el estereotipo del alemán oriental ultraderechista y victimista, es un ejemplo de este éxodo poblacional: esta periodista, nacida en Brandenburg y criada en Mecklenburg, vive hace años en Hamburgo. “A veces me dicen como un elogio: “no pareces del este”; esto muestra que hay un cisma sociopolítico en este país, sobre todo cuando los medios de comunicación alemanes nos presentan a los del este como una masa compacta, como si todos fuéramos ultraderechistas”, explica Stein.

El auge de movimientos xenófobos y del partido Alternativa para Alemania (AfD) en los estados federados orientales ha impulsado en los medios la imagen de la ‘össi’ de pueblo, racista e inculto, que vive de las ayudas sociales y se queja del abandono del Estado. Sin embargo, Stein traza un retrato muy diferente de ellos. “Nuestros padres y madres perdieron su trabajo con la reunificación; somos niños que tuvimos que hacernos independientes muy pronto, porque nuestros padres se estaban adaptando a un sistema totalmente nuevo”. La percepción de jóvenes como Stein está marcada por los horrores narrados por sus padres.” La narrativa histórica estuvo cargada desde el principio de muchos prejuicios”, explica.

Para la mayoría de niños de la Wende, como se conoce el proceso de transición que llevó a la reunificación de las dos Alemanias, lo que define su experiencia es el silencio. Johannes Nichelmann, nacido en Berlín Oriental en 1989, en su libro Nachwendekinder. Die DDR, Unsere Eltern und das Grosse Schweigen (Hijos después del vuelco. La RDA, nuestros padres y el gran silencio), recopila las vivencias de coetáneos marcados por la nostalgia de los sus progenitores, que idealizaron la vida al este y preferían callar en lugar de explicar a sus hijos sus propias contradicciones. Para el periodista, sólo el diálogo puede ayudar a la sociedad post-oriental procesar el legado de su historia. Una historia siempre contada a través de los ojos de la Alemania Occidental.

Por ello, con la iniciativa Nosotros somos el este, quieren que sean los propios alemanes del este los que expliquen su historia. La web reúne 200 biografías contadas en primera persona por sus protagonistas. El objetivo es seguir recopilando historias. Los hijos de la reunificación toman así la palabra. “Mi gran esperanza es que dentro de 30 años no distinguiremos las dos Alemanias”, confiesa Stein.

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Castellterçol, 1974. Periodista cultural. Ha treballat a Catalunya Ràdio, COPE Catalunya, COMRàdio i BTV. Actualment, treballa a La Xarxa, escriu a Teatre Barcelona, Efectes Secundaris i Catalunya Plural

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