Joe Biden fue durante 37 años senador y a menudo ejerció como presidente o líder de la minoría en el comité de relaciones internacionales. Después fue vicepresidente bajo Barack Obama durante ocho años. El mundo se alegró cuando, con su triunfo el noviembre de 2020, Biden pudo cumplir la promesa que hizo en la conferencia de seguridad de Múnich de que unos Estados Unidos multilateralistas y comprometidos con la gobernanza mundial volverían a la escena internacional.
Biden cumplió varias promesas electorales en materia de multilateralismo y política exterior: reincorporar EE. UU. a la Organización Mundial de la Salud, el tratado de París sobre cambio climático e intentar recomponer el acuerdo para parar el programa nuclear de Irán. Pero no retiró las sanciones impuestas por Occidente sobre Rusia el 2014 ni los aranceles que Donald Trump aplicó en China.
Pero el primer año de Biden en la Casa Blanca también será recordado por la retirada humillante y violenta de Afganistán. La opinión pública de los EE. UU. ya no sigue la situación en Afganistán. Pero el éxito de la coalición creada por Washington para hacer frente a la invasión de Ucrania y la falta de un progreso real en las negociaciones entre delegados de Moscú y Kiev en Estambul obligan a Biden a mantenerse escéptico y duro respecto a Putin. En noviembre seguramente perderá la mayoría de los Demócratas en la Cámara de Representantes.
Tanto Biden como los cargos electos del partido Demócrata son partidarios de mantener la presión militar y económica sobre Rusia. Ven el anuncio de Moscú de reducción de hostilidades en torno a Kiev como una mentira para ganar tiempo y reposicionar sus fuerzas para seguir atacando en el sur y desde el Donbás. Costó mucha paciencia y perseverancia en el gobierno de Biden construir la coalición occidental antes y después de la invasión. Putin utiliza la táctica de dividir para intentar vencer desde que se convirtió en presidente de Rusia en el año 2000.
Ucrania criticó que las sanciones pactadas entre EE.UU. y sus aliados no se impusieran antes de la invasión. Pero después del fracaso de la operación militar iniciada por Rusia, la decisión ha demostrado ser muy inteligente. Biden y sus ministros hubieran tenido mucha dificultad en acordar sanciones comunes de los aliados occidentales si se hubiera querido aplicarlas antes de la agresión. En cambio, después de la brutalidad mostrada por las fuerzas armadas rusas, pactar las diversas rondas de sanciones con los aliados ha sido más fácil.
Los Estados Unidos han tenido la autoridad moral que otorga haber exigido negociación e intentado, con buena fe, durante semanas tratar con Putin temas de seguridad en Europa oriental. Además, los servicios de inteligencia de los aliados han advertido con gran precisión sobre la invasión y como se produciría. Putin quizás hubiera recurrido a escenificaciones artificiales de supuestas criminalidades de Ucrania y obtenido apoyo militar de más mercenario sin las advertencias de Occidente.
Occidente, reforzado gracias al consenso
Los Estados Unidos han conseguido formar una coalición occidental reforzada, con la Unión Europea, Reino Unido, Canadá, Japón, Corea del Sur, Australia y Taiwán. El PIB conjunto de todas estas potencias es de 54 billones de dólares. Triplica el del binomio China – Rusia, que es de 18,4 billones cuando se suman los 16,8 billones de China con los 1,6 billones de Rusia.
Esta coalición es comparable, en la vertiente económica, a la que forjó la administración de George Bush el 1990 después de la invasión de Kuwait por parte de Saddam Hussein. Obtuvieron varias resoluciones favorables (ultimátum a Hussein, sanciones económicas, autorización ataque) del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas a las cuales no se opusieron Rusia y China. Bush y su ministro de Asuntos Extranjeros, James Baker, organizaron la mayor coalición desde la Segunda Guerra Mundial, con fuerzas armadas de 39 países. Fue financiada en gran parte por Arabia Saudí, Alemania y Japón. Luego que fue expulsado Irak de Kuwait, George Bush declaró misión cumplida y no cayó en la tentación de querer invadir y liberar Irak.
En las próximas semanas los líderes políticos y militares occidentales tendrán que tomar difíciles decisiones. La coalición no acepta que se trate de una retirada parcial. Incluso Moscú habla de reposicionamiento, que probablemente es para luchar en el frente oriental y especialmente meridional, donde ha fracasado en el intento de crear un corredor entre el Donbás y Crimea.
A pesar de contar con 255.000 efectivos, las fuerzas armadas ucranianas solo han recibido armas defensivas (misiles antitanque Javelin, y antiaéreos Stinger) de los Estados Unidos y otros miembros de la OTAN como Polonia, las repúblicas bálticas e incluso neutrales como Finlandia. Ucrania cuenta con una aviación de poco más de 20 cazas y no tiene los avanzados tanques, misiles, artillería y blindados del ejército ruso. Los Estados Unidos y la OTAN reiteradamente se han negado a entregar aviones o tanques, a pesar de las dramáticas peticiones del presidente ucraniano, Volodímir Zelenski.
La OTAN y la UE han mostrado una unidad, disciplina y contención ejemplar frente a una invasión de más de cuatro semanas que ha matado como mínimo más de mil civiles ucranianos. Los bombardeos indiscriminados de Putin han dejado totalmente destruidas las ciudades de Mariopol, Járkov y Chernihiv. En muchas ciudades han causado destrucción masiva de bloques de viviendas, otros edificios civiles y incluso escuelas y hospitales. Ha pasado en Kiev, Dnipro, Mykolaiv y Jerson. Putin intentará dividir la coalición occidental como ha hecho durante los 22 años que preside de manera dictatorial Rusia. Busca quizás maximizar el número de refugiados ucranianos en Europa.
Putin ha recurrido a una táctica que la URSS utilizó contra la revolución democrática en Hungría el 1956, la primavera de Praga en Checoslovaquia el 1968 y Afganistán durante ocho años de incapacidad de someter al país. Bombardear con artillería de manera indiscriminada. A pesar de que la población rusa cree estar teniendo éxito, a medio plazo será imposible que no sepa la verdad. Se calcula que han muerto entre 3.000 y 16.000 soldados rusos.
Posiciones negociadoras de Occidente
Es razonable que Rusia mantenga Crimea, territorio que Nikita Khruschev entregó a Ucrania el 1954 y donde la población prefiere pertenecer a Rusia. También se puede aceptar que las repúblicas de Luhansk y Donetsk declaradas independientes por la Duma y Putin mantengan su estatus de iure, aunque solo por parte de Moscú. Son dos provincias donde la mayoría de la población prefiere pertenecer a Rusia. Ucrania se opondrá a esta concesión porque se tendría que organizar un referéndum que no permitirá Putin. Además, la población de los oblasts de Luhansk y Donetsk supera los seis millones. Putin podría querer este referéndum con la esperanza de ganarlo, pero Zelenski ha prometido un referéndum sobre el acuerdo negociado.
Dos referéndums en el mismo país de manera paralela sería un experimento histórico. Esta concesión también presentaría otros problemas. Hay casi 4 millones de ucranianos exiliados mayoritariamente en la UE. Otros seis millones están refugiados dentro de su país. Pueden y quieren volver relativamente rápido si Rusia realmente se retira. ¿Pero la reconstrucción de las ciudades donde tienen que vivir y la infraestructura civil de Ucrania quién la financiará?
Los halcones quieren entregar armas ofensivas a los ucranianos y que pasen al ataque. Argumentan que solo una derrota total rusa evitará que Putin vuelva a emprender aventuras militares. Añaden que Occidente no puede actuar siempre a la defensiva ante Putin. Ciertamente los ucranianos quieren combatir hasta expulsar todos los rusos. Las divisas del banco central ruso incautadas por Occidente y las fortunas y posesiones de los oligarcas financiarían la reconstrucción.
Pero Volodímir Zelenski podría convocar un referéndum en el cual se planteara otra opción. Seguir contando con el tercer ejército de Europa, pero ser neutrales y no pertenecer a la OTAN hasta el 2026. Esta suspensión hasta 2026 sería una jugada inteligente. Un Putin desprestigiado tendría solo dos años para adoptar reformas políticas y otorgar libertades que le diesen una posibilidad de ganar en el 2024 un nuevo mandato. A los 69 años todavía tiene buena salud. También es dudoso que el dictador turco Racip Erdogan aprobara la entrada de Ucrania en la OTAN, que tiene que ser por unanimidad de sus 30 miembros. Además, Ucrania es el país más grande de Europa en extensión, con una población de 44 millones, casi una tercera parte de la de Rusia. Los lazos históricos, lingüísticos y familiares entre los rusos y los ucranianos son profundos.
Pero si Zelenski y los ucranianos aceptan un retorno a una situación solo parecida al statu quo de antes de febrero se mantendrá la tensión con Rusia. El Banco Mundial, la UE y los bancos de desarrollo regionales pueden financiar la reconstrucción en un ambiente de más tranquilidad que el final de una guerra sin un tratado sólido. Hace falta un desenlace como el de 1990 en Kuwait. De lo contrario, no solo Ucrania sino los países de la UE y la OTAN en Europa oriental continuarán temiendo la interferencia de Moscú. Biden y futuros presidentes de los EE. UU. tendrían que mantener más tropas y material bélico en Europa.
Consecuencias de la humillación de Rusia
Se han producido algunos cambios de paradigmas en Occidente a raíz de las sanciones impuestas sobre empresas rusas, prohibición de exportación de muchos productos y expulsión de los bancos rusos del sistema SWIFT. Ni el sector público ni el privado ruso puede financiarse en los mercados de capitales occidentales. Un rublo vale menos que un centavo de dólar. Lo primero es pues el aislamiento comercial, de inversiones y financiero de Rusia.
Casi cincuenta multinacionales europeas se han retirado completamente de Rusia. Al menos 500 empresas multinacionales o bien han salido de Rusia o han suspendido parcialmente inversiones, ventas o suministros. En las relaciones internacionales los tratados humillantes generan conflictos futuros, como pasó con el Tratado de Versalles al final de la Primera Guerra Mundial. En cambio, cuando las potencias democráticas muestran dureza, pero también realismo e idealismo consiguen transformaciones profundas. Así pasó con el milagro económico alemán después de 1945 y con Japón y su Constitución del 1947 que negoció MacArthur después de trabajar con el emperador Hirohito. También en Europa oriental después de las revoluciones populares de 1989 que acabaron con las dictaduras comunistas.
El segundo cambio de paradigma es la apuesta irreversible de la Comisión Europea y de Alemania de reducir la dependencia del gas natural ruso. Además de aumentar las importaciones de gas de Noruega, Qatar, los Emiratos Árabes Unidos y Australia, Los Estados Unidos, hasta finales de este año, se ha comprometido a proporcionar 15.000 millones de metros cúbicos de gas natural licuado (GNL) adicionales. Los Estados Unidos ya son el primer exportador de GNL en la Unión Europea. Aun así, Rusia aporta anualmente 155.000 millones de metros cúbicos. Pero a Putin le interesa más, si quiere ganar unas elecciones mínimamente justas el 2024, mejores relaciones con Europa que ser rescatado por China, pues solo hay un gasoducto ruso en Siberia.
El dilema de China
China tampoco puede reorientar sus flujos de comercio inmediatamente para salvar a Putin. Las exportaciones de China en Rusia el 2021 fueron de 68.000 millones de dólares. Las que Pekín destinó en la UE fueran de 477.000 millones y en EE. UU. de 3,3 billones. Xi Jinping tiene 68 años y quiere mantener sus tres cargos en el congreso del Partido comunista de la segunda mitad del año: presidente de la república popular de China, secretario general del partido Comunista y presidente de la Comisión Central Militar, el jefe de las fuerzas armadas chinas.
La previsible derrota rusa en Ucrania crea un tercer cambio de paradigma. Rusia nunca más considerará utilizar sus armas nucleares o de destrucción masiva a menos que sufra una amenaza existencial. Putin tiene que pensar más en la economía rusa y olvidar su derrumbada ambición de reconstruir un espacio postsoviético. Pero Occidente no tiene que ser triunfalista. Todavía cuenta con Kaliningrado, Bielorrúsia, Transdnistria en Moldova, Crimea, Abjasia y Ossetia meridional en Georgia y dictadores prorrusos en las cinco ex repúblicas soviéticas de Asia central.
Xi Jinping necesita las inversiones, comercio y tecnología de Occidente. Taiwán fabrica el 60% de los semiconductores mundiales mientras que China solo produce el 6%. China importa el 90% de los semiconductores que emplea para fabricar la electrónica de vehículos, móviles y bienes electrónicos de consumo y tecnologías punta. Putin y Xi Jinping también tienen que aceptar que solo el 2% de las reservas mundiales son en yuans.
El sistema comercial y financiero internacional seguirá dominado por el dólar, euro, yen, libra esterlina y franco suizo. Después del Covid-19, China y Rusia solo cuentan con una dictadura fiel (Irán, en el lugar 17) entre las primeras veinte economías del mundo. Arabia Saudí se inclinará siempre por Occidente, y una Turquía que será decisiva para las negociaciones por poco supera a Taiwán en la plaza número 21. Las decisiones de las próximas semanas determinarán la geopolítica de las próximas décadas


