Propuesta de urbanización de Micaela Borràs de Peguera, enero de 1847 | AMB

A lo largo de esta introducción al Camp de l’Arpa he mencionado en más de una ocasión cómo su territorio se salvó de integrar el Eixample por la resistencia de algunos valientes propietarios, si bien el adjetivo tiene algo de exagerado al tratarse todo de una acérrima voluntad de no ceder urbanizaciones forjadas poco antes del derribo de las murallas.

El caso más célebre es el del indiano Xifré, quien como vimos delimita la auténtica frontera de la barriada con su homónima calle, distinta a las del proyecto de Ildefons Cerdà por su anchura, como si marcara con claridad la diferencia de espacios entre el imperialismo y sus contrarios, bien aposentados en sus parcelas.

Sin embargo, el carrer de Xifré es una rareza en sí por la posterior evolución de los terrenos, consolidada con la inauguración a finales de los años cincuenta de la plaça de Sant Josep de Calassanç, más conocida entre la ciudadanía como de las tortugas por unas representaciones lúdicas de esos animales, con su caparazón como fuente inagotable de lesiones.

Este ágora ejerce de divisoria hacia el limbo de los passatges de Catalunya y Roura, pero sí descendemos por el torrent de Bogatell, el carrer de Rogent, apreciaremos a su izquierda cómo nace el carrer de Joan de Peguera, un noble caballero de la zona muerto en 1837 a la entonces venerable edad de ochenta y dos primaveras.

La calle Joan de Peguera | Jordi Corominas

Joan Antoni de Peguera fue el último de una ilustre estirpe con muchas propiedades esparcidas por todo el llano de Barcelona y la misma ciudad, como por ejemplo una en el 45 del carismático carrer Comtal.

Su heredera universal fue Maria Micaela de Borràs, con quien se casó en 1829. Tenemos datos sobre esta heroína, de historia harto curiosa por su currículum conyugal, pues más tarde se esposó, en una probable joint venture muy típica desde que el mundo es mundo, con Matías Ramón de Casanovas y Bacardi, todos ellos apellidos de raigambre.

El buen hombre falleció al cabo de poco tiempo, y la reincidente viuda demostró gran generosidad al desprenderse de las tierras en herencia, concediéndolas al hermano del finado, quien de este modo pasó a ostentar vastísimas extensiones, del Baix Guinardó hasta casi el pueblo de Horta, agregado a la capital catalana en 1904.

He contado este relato infinitas veces, pero hoy centraré el tiro en el Camp de l’Arpa para rendir homenaje a esta mujer y comprender los motivos de su obcecación, entre otras cosas por esa tradición barcelonesa de inventarse el pasado sin atender a los datos, algo más grave si cabe cuando lo perpetran supuestos historiadores de prestigio, gente admirable hasta el descubrimiento de sus invenciones.

El hecho es muy frecuente, y pude comprobarlo en primera persona durante la fiesta de Sant Jordi mientras copeaba con una directora de cine, autora de una cinta sobre un personaje femenino barcelonés. Cuando le comenté sobre mi interés por la susodicha soltó un nombre, equivocándose al situar su palacio, hasta el punto de desconocer la existencia del mismo hasta la posguerra, cuando fue reemplazado por una mole bancaria en la esquina de passeig de Gràcia con Gran Via.

La mujer, simpatiquísima, no tiene ninguna culpa de aparecer en estas páginas. La uso como muestra de la redundancia. Quien quiera podrá encontrar a los impostores sin mucho esfuerzo.

Por lo demás, el Arxiu Municipal nos ofrece la documentación para trazar lo realizado por María Micaela de Borràs en enero de 1847, cuando propuso urbanizar el perímetro antaño perteneciente a su primera marido, el ínclito Joan de Peguera.

La calle Joan de Peguera desde la calle Rogent | Jordi Corominas

Micaela proposà dividir els seus solars en quatre carrers. El número 1 anà pel fruit de la seva primera fortuna. Així fou com el carrer de Joan de Peguera, conegut com a tal des d’aleshores i no des de 1862 com afirma el web del nomenclàtor, es configurà com a avinguda central amb cert èxit. L’any 1861 s’hi instal·là el Colegio de las Escorialesas para señoritas, un internat, modificat el 1904, quan obrí un col·legi nocturn per a obreres, quan abans havia tingut funcions de noviciat.

Micaela propuso dividir sus solares en cuatro calles. La número 1 iba para el fruto de su primera fortuna; así fue como el carrer de Joan de Peguera, conocido como tal desde entonces y no desde 1862 como afirma el web del nomenclátor, se configuró con cierto éxito como avenida central. En 1861 se instaló el Colegio de las Escorialesas para señoritas, un internado, modificado el 1904, cuando abrió una escuela nocturna para obreras, cuando antes tuvo funciones de noviciado.

La segunda apuesta fue para la Virgen del Carmen en su tramo de la carretera de Horta, exhibición de piedad complementada en la cuarta vía de su entorno, dedicada al Beato Miguel. Por su forma asemeja a Trinxant, la número 51 del Eixample de Cerdà.

Esto nos suscita dudas si seguimos al dedillo lo estipulado por casi todas las fuentes, según las cuales las tierras de la misma fueron del Marqués de Castellbell para luego formar parte de los bienes de Francesc Trinxant i Morera, quien exhaló su último suspiro en 1871. Esto podría ser la solución al entuerto porque Micaela actuó antes y quizá Joan de Peguera llegó con anterioridad a acuerdos con el Marqués, pero es sólo una hipótesis.

La calle de la Eterna Memòria | Jordi Corominas

Nos queda un último rincón, decidido desde el debut para delicia de quien escribe, más que nada por el placer de contaros una batallita de mi imaginación adolescente, cuando aquello de la Eterna Memòria hacía bailar mi mente alrededor de exaltaciones catalanistas por lo rimbombante de las proclamas de los defensores del Principado, equivocándome por ser una oda póstuma a Joan de Peguera, a recordar forever and ever en un pequeño tramo como verdugo del carrer de la Muntanya.

El planisferio de la urbanización de Micaela no completa el futuro porvenir de Camp de l’Arpa, quedándose aún en el camino Nació, en honor a la Nación española, por eso quizá luego se transmutó en Internacional hasta 1942, o Lorenzale, una callecita olvidada, a reivindicar.

Ingreso de la masía de Can Ros | Jordi Corominas

El cuajo de nuestra protagonista traspasa las fronteras de nuestras pesquisas de este jueves, deleitándonos por armar una serie de enclaves de gran belleza desde la labor de sus sucesores. Murió a finales de los años sesenta del siglo XIX, cediendo cincuenta mil escudos de su legado al Hospital de la Santa Creu, aún en su ubicación de la ciudad antigua. El resto derivó en su primo Joan Baptista de Ros i Molins, sito en Can Ros, una una masía aún superviviente como restaurante en el barrio del Congrés Eucarístic. Este continuador participó en otras iniciativas urbanizadoras por la Sagrera, imitándolo su hijo con las hectáreas familiares en Vilapicina, entre ellas la hermosa calle de nostra Senyora de les Neus, uno de mis fetiches secretos, a conservar a mejor con las nuevas medidas patrimoniales del Ayuntamiento, que al final sí lee las Barcelonas, como recetan todos los médicos del universo.

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