Las cosas, así a simple vista, no parecen haber cambiado mucho en los últimos años. Un mapa de la renta familiar media en 2013 mostraba un promedio superior a cien en Diagonal Mar i Front Marítim del Poblenou, en contraste con los índices lindantes con la pobreza de Besós Maresme y preocupantes en Provençals de Poblenou, todos estos barrios en vecindad con el parque del Fórum, mi destino un domingo por la mañana, cuando los barceloneses duermen hasta más tarde y las calles son una pasarela para el paseante.
La línea 4 del metro, la popular amarilla, es uno de los elementos más democratizadores de la Barcelona de los últimos cincuenta años, elevándose con estrépito cuando perdió su farolillo rojo de velocidad, igualándose con sus demás hermanas del subsuelo. Me transporta hasta las puertas del Fórum y su homónimo meollo de la celebración de 2004, último gran evento de la capital para admirar al mundo, cuyo vigésimo aniversario debería generar un mínimo debate.
A lo largo de mi caminata, una sensación proustiana me remitirá a otras conmemoraciones de 2022. El suelo del parc del Fórum se resquebraja, hay escalones agrietados y la inercia del far niente se pisa hasta trasladar la memoria a l’avinguda Icària de la Villa Olímpica y su pavimento a pedazos, con los bancos comunales de 1992 medio carcomidos, indefensos incluso con ladrones de estatuas justo a la vuelta, en el carrer de Salvador Espriu.
Ahora Icària tiene una rambla central de claroscuros por la arboleda de Miralles y su continuación yerma hacia el cementerio, pero al menos nadie corre gran riesgo de romperse la crisma. No me imagino a nadie en esa tesitura por el Fórum, mis disquisiciones versan más sobre la afinidad de cuidar con escaso mimo escenarios emblemáticos, en este último caso muy desaprovechado, algo más en relace al definirse el parque como el espacio más polivalente de la Ciudad Condal.
Ese domingo la vista se dispara en múltiples direcciones porque las fronteras de este ilustre invisible son el abecedario de esa operación tan omitida en el imaginario oficial, mientras la ciudadanía lo conecta con un fracaso sin reflexionar sobre el impacto urbanístico, notorio en el sector denominado Diagonal Mar i el Front Marítim del Poblenou, los rascacielos de inicios del siglo XXI como una nueva armonía de la segunda apertura al mar entre hoteles, los edificios de oficinas o el Beirut, pantalla a la torre de aguas del Poblenou, ya en otra realidad sin un parque como el de Diagonal Mar, donde una vecina protestaba durante la pandemia porque les habían quitado los patos del lago.
La antípoda de esta extensión seria la catedral de la Periferia, las tres chimeneas de San Adrià, un órgano de iglesia desde los desniveles de cemento y contradicción desde su sobriedad con la desnudez del parque, un canto a la incomunicación, una de esas derrotas silenciadas para no equiparar a la capital catalana con otras colegas en no estructurar bien el epicentro de una feria, en Barcelona sostenida por los festivales y unos pocos runners madrugadores.

La pérgola fotovoltaica, el mar al fondo, o la antesala del edificio Diagonal 0-0, reforzado en su idiosincrasia con el lujo del Residencial Antares, son como la escena final del Eclipse, de Michelangelo Antonioni, con los lugares del amor huérfanos tras la muerte de este último, empeñados en su cotidianidad pese a no ser frecuentados por la pareja porque las luces deben encenderse, las fuentes brotar agua y los semáforos activarse en pos de la seguridad vial.

La zona del Fórum sigue a rajatabla ese canon desde 2004. Dentro de unos años, si no se transforma en un pulmón verde adyacente al Mediterráneo, la pérgola será como uno de esos horizontes de los cuadros del romántico Friedich, una arqueología del ahora, más remarcada al ser uno de los tótems de un inmenso no lugar con mucha amnesia.
El Fórum de las Culturas de 2004 colisionó con varios frentes muy incómodos. El movimiento contra la Globalización arraigó en Barcelona, produciéndose enfrentamientos durante la cumbre europea en marzo de 2002. A esto se le unió la evidente burbuja inmobiliaria, vendida por el gobierno Aznar como la quintaesencia del auge de la economía española y el sueño de ser todos clase media.
A muchos, eran comentarios frecuentes, lo del Fórum les olía a pelotazo inmobiliario con la excusa del segundo frente marítimo, lavado de cara sin remediar problemas endémicos en barrios de los alrededores, como aún puede apreciarse si te fijas en un lado u otro de la Diagonal justo al salir del parque. El del Centro Comercial Diagonal Mar es un amasijo de firmas y una arquitectura con las torres contemporáneas como muralla al templo del consumo. Hacia la montaña, si bien siempre con aroma marítimo, los bares son de cartel de plato combinado, terrazas como bienvenida a la cultura de polígonos apañados y pervivencia de ciertas señas de identidad, algo común en muchas barriadas del Besós.

Un día de la primavera de 2021 me adentré en el polígono sudoeste Besós, una réplica sesentera de las ciudades jardín, ideada, entre otros, por Guillermo Giráldez. Su espíritu, desde mi punto de vista, quiere entrar más en sintonía con la Urbanización Meridiana de los años cuarenta, asimismo heredera de esas casas baratas de un sinfín de cooperativas. Si me interesó fue por verla en un mapa y desear reconocer ese laberinto, en su entrada con unas explicaciones grabadas en piedra, promesa de un mucho, confirmado pese a la precariedad de un tiralíneas con muchos pasajitos de bloques bajos y otros más altos para crear plazas internas, mejoradas por el vecindario durante la pandemia, hasta conferir al entorno un extra de vegetación.

Cuando abandonas el polígono cambia el estilo y hasta los árboles. De las calles de Rodas, Constantinopla o Xipre transitamos a la de Anais Nin con la de Pierre Villar, inmaculadas fachadas para enmarcar un ambiente pluscuamperfecto para una agencia inmobiliaria, eso sí, sin informar como el carrer de Llull y la botánica delimitan dos universos opuestos, uno más eternizado en el anar tirant, otro como oasis y postal de una Barcelona inexistente para un amplísimo porcentaje de sus ciudadanos. De hecho, ese quilómetro cero de la Diagonal tiene la belleza de aquello congelado en un fragmento, por lo tanto sin prosecución más allá de esos metros.

Su patio trasero es el Parc del Fórum, bandera de una estratificación de la ciudad, con sus márgenes opuestos, rémoras de tantas metamorfosis, dedicados al ocio en contadas ocasiones, sin tener una presencia diaria al ser depósitos de lucrativos y efímeros business.
Esa inacción con el parque del Fórum se remata con la reparación de la memoria negra del Camp de la Bota, donde fueron fusiladas más de mil setecientas personas de 1939 a 1952. El presupuesto no debía dar para mucho y colocaron un panel con el nombre de todas las víctimas en una especie de descampado tras una explosión nuclear, ahora colmado por los niños con sus patinetes y monopatines, con toda probabilidad responsables de la erosión de los materiales, una constante hasta mi retorno a otras latitudes, en concreto las de la cara B del Fórum, hacia los metros inaugurales de Pere IV, hasta hace poco con barracas y aún con algunas esquinas de casas sin techo, cobijo de chatarreros.

Entre esa miseria hay una esperanza en la cercanía. El carrer del Marroc tiene inmuebles donde aún late el pasado en los muros, algunos como parapeto a pasajes secretos. El de la Trinitat es una perla, recogida en sí misma por miedo a la piqueta, omnímoda y sin piedad. Si acude al oasis del Fórum es para proporcionar más figurantes en ese museo sin alma del confín, Historia de la Barcelona contemporánea como una imagen fija en el televisor, sin vinculación con el presente de las personas.



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