Una de las aportaciones más reveladoras y, a la vez, más inquietantes sobre el impacto de las grandes plataformas en nuestras vidas es obra de Andrew Marantz, un periodista que escribe en el New Yorker. Su libro Antisocial, publicado en 2021, es el resultado de años de inmersión en el mundo generado desde Silicon Valley. Marantz centra la atención en los considerados «alteradores», quienes crearon y gestionan las plataformas de internet, y en los «intrusos», los grupos de extrema derecha que utilizan las redes para erosionar la democracia. El resultado son quinientas páginas muy reveladoras, en las que el autor pone en evidencia cómo se diluyen las fronteras entre tecnología, política y medios de comunicación.

Andrew Marantz envió a imprenta el libro, editado en España por Capitán Swing, antes de que los seguidores de Donald Trump asaltaran el Capitolio, pero su lectura es como adentrarse por el túnel que, al final, condujo al asalto. Los primeros culpables son los grupos de extrema derecha que apoyaban a Trump y que habían encontrado en las redes el escenario ideal para alimentar su extremismo. No obstante, Marantz también pone el foco en los nuevos «guardianes de la información», que cambiaron el sistema comunicativo «y ahora se desentienden de las consecuencias». Y también en la deriva de muchos medios de comunicación que, desconcertados por la pérdida de su función, se dejaron arrastrar por la vorágine de las redes.

Los ‘alteradores’

Marantz recuerda que «los emprendedores de las redes sociales se llamaban a sí mismos “alteradores”, pero raras veces describían con detalle qué aspecto tendría un mundo postalteración. Sus ideas tendían hacia un utopismo impreciso: esperaban conectar a la gente, acercar a unos con otros, hacer del mundo un lugar mejor».

«Su optimismo —reconoce Marantz— no iba del todo desencaminado. Millones de personas (denunciantes, periodistas, ciudadanos, mujeres que oponían resistencia al maltrato, disidentes de regímenes despóticos…) utilizaron las redes sociales para organizarse, para revelar abusos de poder, para promover objetivos justos». Pero, cuando estas mismas herramientas se empleaban para sembrar la desinformación o incitar al odio, «los alteradores tendían a responder con ambiguas afirmaciones sobre la libertad de expresión y se apresuraban a cambiar de tema».

Después de escribir Antisocial, Marantz concluia que «el objetivo de los alteradores era derribar a los guardianes de múltiples industrias, entre las que se incluían la publicidad, el mundo editorial, la consultoría política y el periodismo. Su éxito, en el plazo de una década, había superado todas las expectativas. Las redes se habían convertido en los instrumentos de difusión de la información más poderosos del mundo. Muchos medios de comunicación tradicionales estaban siendo desmantelados y nadie parecía tener ni la más remota idea de qué los reemplazaría».

Tuvieron un éxito sin precedentes. Consiguieron sus objetivos. Y entonces se produjo un vacío. Todo un sistema de intermediarios entre los ciudadanos y el poder caía en una profunda crisis, «pero en lugar de tomar el relevo de la vieja guardia, estos alteradores (es decir, los nuevos guardianes) se negaban a reconocer la expansión de su ámbito de influencia y responsabilidad. Dejaron sin vigilancia la mayoría de las puertas, confiando en que los transeúntes no trastearan con los candados».

Guardianes’ irresponsables

Marantz considera que los nuevos guardianes son unos irresponsables, porque «tomaron el relevo de la vigilancia que ejercían los medios tradicionales, aunque no lo admiten ni asumen la responsabilidad que conlleva. Hubo ingenuidad al principio, cuando el experimento comenzaba y nadie sabía en qué se convertiría. Tampoco nadie les dio razones para dudar. La sociedad les dijo que podían ganar todo el dinero que quisieran sin asumir ninguna responsabilidad cultural, ética o política».

Las consecuencias, en opinión de Marantz, fueron muy graves para Estados Unidos: «El vocabulario nacional —escribe— empezó a cambiar de inmediato y, al mismo tiempo, se volvió más libre e inestable. La mayoría silenciosa dejó de estar en silencio. Fisuras muy antiguas surcaban las profundas grietas […]. De repente parecía extraño recordar que alguna vez hubiera existido algo conocido como el gran consenso estadounidense. Se había producido un grave error de cálculo […]. La nueva guardia de Silicon Valley, tanto si actuó intencionadamente como si no, proporcionó a los intrusos el poder sin precedentes del que ahora disfrutan […]. Tenemos que prestar atención al verdadero problema: nuestro vocabulario nacional (y por tanto nuestro carácter nacional) está en proceso de ser destrozado».

Ingenuidad temeraria

¿Cómo se llegó hasta aquí? Andrew Marantz tiene una respuesta: «Unos cuantos emprendedores alteradores, impulsados por la ingenuidad y el tecnoutopismo temerario, construyeron unos sistemas nuevos y muy poderosos plagados de vulnerabilidades imprevistas. Una camarilla heterogénea de intrusos (edgelords y gatecrashers) motivados por el fanatismo, la mala fe y el nihilismo se aprovecharon de esas vulnerabilidades para secuestrar la conversación estadounidense. ¡Hay una amplia gama de motivaciones! Algunos están realmente comprometidos ideológicamente con las peores ideas del mundo moderno, son antisemitas, racistas o nazis sin paliativos. A otros les va simplemente trolear y cabrear a la gente. Otros lo hacen con fines de lucro. Otros son hipernacionalistas, aunque son mujeres, gais o personas de color. Otro personaje es un empresario de la información viral y cazador de clics».

A raíz de la publicación del libro, Marantz explicaba en una entrevista en La Vanguardia en 2021 que, «si había aún alguna duda, el asalto al Capitolio rompió definitivamente el sueño de las redes sociales como portadoras de democracia y verdad a los rincones más oscuros del planeta. Más bien está siendo lo contrario. El asalto al Capitolio representa un punto de inflexión, pero antes hubo otros acontecimientos que deberían haber provocado una reflexión, pero no lo hicieron. El Brexit, la elección de Trump o la marcha supremacista blanca en Charlottesville fueron avisos. Tras cada uno de esos acontecimientos, había presión, prohibían una cuenta o una página, quizás cambiaban una condición de servicio. Y yo pensaba: “Es algo, pero no suficiente”. No me refiero a prohibir ocho mil cuentas en lugar de cuatro mil, sino a replantear la arquitectura de estas plataformas, las causas fundamentales que nos han llevado aquí».

«Puedes creer —explica— que Twitter tenía todo el derecho de tomar la decisión de suprimir la cuenta de Donald Trump, incluso que debía tomarla, y al mismo tiempo que es preocupante para una democracia que oligarcas multimillonarios no electos tengan tanto control sobre el mercado público de ideas […]. Donald Trump no podría haber sido presidente sin Twitter. Crearon el monstruo de Frankenstein y después se desentendieron». Y concluye: «La Primera Enmienda (que consagra la libertad de expresión) es preciosa y no hay que ser displicente. Es una libertad fundamental que debe protegerse. Pero si no nos preocupamos por construir un ecosistema de información sensato y coherente, quizás caigamos en un escenario de pesadilla donde las peores personas del mundo, narcisistas y corruptas, empiecen a llevar a sus países al desastre».

Palabras que se convirtieron en proféticas cuando, en 2024, Donald Trump logró un segundo mandato. Palabras sin las que no se entiende el tecnofeudalismo que hoy sufre el mundo, y que está en la base de la resistencia frente a la impunidad de los magnates de las plataformas.

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1 comentari

  1. Viure amb herpes simple era depressió per a mi, fins i tot amb el consell i la medicació del meu metge. Em dic Vicky Moore, visc a Chicago, Illinois, i aquesta és la meva història. Vaig navegar per Internet a la recerca de remeis o alguna cosa així, però malauradament res de nou, tots tenien els mateixos resultats. Malauradament, gairebé em vaig rendir, eren cap a les 7:30 del matí quan la meva terapeuta em va cridar a casa seva. Al principi era escèptica, però vaig continuar igualment. En arribar-hi, ella somreia i em va dir que ara hi havia proves vivents. Em va ensenyar una senyora que també va patir herpes simple fa 3 anys i ara l’ha curat un metge que també estudiava herbes naturals. Em va sorprendre i em vaig quedar sense paraules, fins i tot vaig dubtar, però em va ensenyar una prova d’informe mèdic. Així que vaig contactar amb el metge i setmanes després, em vaig curar. Així que m’encantaria utilitzar aquest mitjà per donar les gràcies al meu terapeuta i al Dr. Chalopa. Aquesta història es comparteix amb altres persones com jo. Tanmateix, ell també tracta altres malalties.

    Correu electrònic (drchalopa@gmail.com)
    https://chalopaherbs.com