Son artesanos del simulacro, esa sobrerrepresentación que aspira a una duplicación de lo real. De esta manera parece que ellos nos muestren la realidad de la manera más clara, más pura, sin distorsión. Voluntariamente distanciados de cualquier lenguaje academicista —para acercarse “al pueblo”—, ellos y ellas dicen lo que “todo el mundo piensa, pero nadie se atreve a decir”. 

Pero, lo que da fuerza a esa “apabullante sinceridad” son las imágenes con las que acompañan su discurso: el rostro malhumorado del jefe MAGA o las mayúsculas de sus tuits, que no dejan dudas sobre su voluntad de intimidar al otro; la motosierra de Milei presta para recortar todo lo que se le cruce; el desparpajo agresivo de Ayuso que ya anuncia sus habilidades dialécticas o el look gestual amenazante de Abascal dispuesto a meter en la cárcel al mismísimo presidente del Gobierno.

El filósofo Jean Baudrillard ya nos advertía en su obra Cultura y simulacro que la realidad solo se muestra en la posmodernidad bajo la forma de la hiperrealidad, a partir de “una suplantación de lo real por los signos de lo real”. Una imagen vale más que mil palabras vacías, como en el medioevo, donde en medio del analfabetismo general la fe se dibujaba en lienzos y estatuas. Hoy, la imagen es la verdad que cuenta, incluso cuando está manipulada por la IA como hace la app Seedance, una plataforma de inteligencia artificial generativa de vídeos hiperrealistas como el de la pelea entre Brad Pitt y Tom Cruise.

El simulacro es “hacer ver” que la realidad es siempre visible tal como sus creadores nos la pintan. Es tan evidente que nadie debe preguntarse nada. Cuando se nos ofrecen las imágenes de barcos, supuestamente dedicados al narcotráfico, hundidos por drones o asesinatos de ciudadanos por el ICE disfrazados de legítima defensa, eso no admite preguntas. Es la hiperrealidad retransmitida en tiempo real. Al igual que cuando Vito Quiles o Alvise protagonizan actos públicos, no autorizados, para hacer visible la “represión” del sistema.

Esta cultura del simulacro se mueve como pez en el agua en las redes sociales, donde la manipulación tiene pocos límites y mucha impunidad. Ahí son también ingenieros del caos (Da Empoli). La imagen, con su fulgor híperacentuado, oculta el trampantojo fascinándonos con su ruido. Lacan señaló a propósito del cuadro de Holbein, Los embajadores, cómo debajo de la vanidad de sus trajes y objetos que atraen nuestra atención, estaba la muerte —en forma de calavera— en una discreta anamorfosis (deformación difícil de apreciar). Debajo de los likes y tuits, está la ciénaga y los ríos de odios, ocultos por esa hiperrealidad.

El simulacro también alcanza otros ámbitos fuera de la política. Tenemos el caso reciente del esquiador Sturla Holm Laegreid que, tras ganar la medalla de bronce en los Juegos Olímpicos, hizo una declaración pública exculpatoria de su infidelidad. No faltaron las lágrimas para dar más veracidad a la escena. Al estilo de los reality shows, el tirador noruego —sin pedir consentimiento a nadie— quiso mostrar a cielo abierto que su disculpa era verdaderamente real. Las palabras eran secundarias, lo que contaba era su mise en scène retransmitida globalmente sin importarle que eso menguase el protagonismo del ganador de la prueba y ocultase las consecuencias de su acto.

Imaginarizar lo real es la estrategia del simulacro, borrar los interrogantes e imponer su “verdad”. Nada que ver con la fórmula que Lacan proponía para manejarse con lo real (entendido como dificultad e imposibilidad), que no era otra que saber hacer con el semblante para vincularse al otro. Lo real no es visible totalmente —nadie dice siempre y en todas partes lo que piensa, es conveniente cierto disimulo para facilitar la convivencia— porque contiene algo opaco que requiere un bien decir. Los poetas sí son maestros en bordear con sus metáforas ese imposible de decir, sin caer en el simulacro.

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