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    Política

    Radiografía política de la Cataluña posprocés

    gpujolBy gpujoloctubre 24, 2025No hi ha comentaris7 Mins Read
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    Hemicicle Parlament de Catalunya | Pol Rius
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    Ha pasado un año desde el giro de guion que supuso la victoria de Illa. Hoy Cataluña vive en una calma extraña, como si después de una década de terremotos políticos se hubiera instalado en una especie de provisionalidad confortable. El procés es historia, pero su resaca todavía marca el ritmo de un país que parece haber renunciado a discutir el futuro para limitarse a gestionar el presente.

    El PSC gobierna, Junts sobrevive, ERC busca sentido, y una nueva derecha —de despacho o de mitin— ocupa los vacíos que deja una izquierda que no logra transformar. El escenario de octubre de 2025 es este: una estabilidad frágil que nadie se atreve a romper, y una ciudadanía que vive en una suerte de amnesia voluntaria autoinfligida.

    Repasemos la situación actual y la posible proyección futura de los partidos que llenan el Parlament de Cataluña.

    PSC: el arte de gestionar el mientras tanto

    Salvador Illa ha logrado lo que parecía imposible: hacer del “mientras tanto” un programa de gobierno. Ha proyectado una imagen de orden, de gestión tranquila, y de una Cataluña reconciliada con la rutina institucional. Pero detrás de esa calma hay un vacío: no hay proyecto, solo administración.

    El PSC podría gobernar durante años —y probablemente lo hará—, más por demérito de los demás que por mérito propio. Mientras Junts se consume en la nostalgia y ERC no encuentra su lugar, los socialistas mantienen la iniciativa por inercia. Pero esa estabilidad tiene fecha de caducidad: si el Govern no resuelve los dos grandes males crónicos del país —la vivienda y Rodalies—, su mayoría podría terminar pareciendo un espejismo.

    La vivienda ya es la primera preocupación ciudadana, y Rodalies el símbolo de una autonomía mutilada. Si Illa fracasa en esas dos carpetas, su legado será el de un gobierno que confundió la normalidad con el inmovilismo. Y la “Cataluña de grúas” que empieza a dibujarse —alquileres inasumibles, promociones públicas que llegan tarde y un mercado turístico desbocado— podría convertirse en el cementerio de su hegemonía.

    Junts: el agotamiento como horizonte

    Junts resiste por inercia, como si todavía gobernara un país que ya no existe. La retórica del exilio ya no emociona, y su discurso se ha desplazado hacia terrenos que antes ocupaba la derecha españolista: inmigración, seguridad y un supuesto “orden” que suena más a Vox que al viejo catalanismo liberal.

    El partido de Puigdemont vive de una nostalgia que cada vez moviliza menos, y su base social se fragmenta entre el cansancio y el resentimiento. En el mejor de los casos, Junts puede aspirar a conservar su cuota de poder local, pero ha perdido la iniciativa ideológica. Ahora solo reacciona, y suele hacerlo mal y a destiempo.

    ERC: la búsqueda de un sentido

    ERC ha pasado del gobierno a la búsqueda de sentido. Ha perdido centralidad y ya nadie sabe bien si es oposición, socia o correa de transmisión. Aun así, es el único actor con un pie en cada lado: puede pactar presupuestos con Illa y al mismo tiempo disputarle la bandera social.

    El problema es de credibilidad. La ciudadanía ya no cree que la “resolución del conflicto” sea una prioridad, y su apuesta por la “utilidad” choca con la misma burocracia que antes criticaba. Si quiere recuperar voz propia, ERC tendrá que hablar menos del pasado y más del presente: salarios, vivienda y un nuevo modelo de país que no dependa de la epopeya de 2017. Eso, y esperar que una nueva generación de cuadros aporte algo de aire fresco y caras nuevas a la dirección.

    Comuns: un momento ideal desaprovechado

    Los Comuns tienen, sobre el papel, el escenario perfecto: desigualdades crecientes, emergencia habitacional, crisis climática y un cansancio generalizado con la política tradicional. Pero siguen sin traducirlo en fuerza electoral.

    Son percibidos como una fuerza razonable pero previsible, más gestora que transformadora. En un contexto en el que todos hablan de vivienda, su bandera no termina de desplegarse. Para recuperar el pulso, deberán hacer visible que no son solo aliados de Illa, sino contrapoder dentro de la maquinaria gubernamental. Si no, acabarán siendo el socio eterno: imprescindible para sumar, prescindible para decidir.

    CUP: atrapada entre el pasado y una nueva generación que le pasa por encima

    Parece que haya pasado una eternidad desde que la CUP tenía la llave de los gobiernos de la Generalitat. Su presencia institucional es testimonial, y su discurso cala cada vez menos entre una juventud que se escora hacia la derecha. Por si fuera poco, una nueva hornada militante les ha adelantado por la izquierda.

    La Organización Juvenil Socialista, con un lenguaje abiertamente obrerista y sin complejos ideológicos, ha empezado a ocupar los espacios donde antes la CUP era referencia: universidades, movimientos por la vivienda, sindicatos locales. Su propuesta es más clara, más dura y, sobre todo, más coherente con la frustración de una generación que ya no cree en la política del gesto.

    La CUP, que había hecho bandera del radicalismo, ve cómo su espacio natural se desplaza hacia un activismo más organizado, más ideológico y menos lírico. Y al mismo tiempo, una parte de su antiguo entorno —aquellos que no tenían demasiado interés por la ideología, pero sí por la unilateralidad como actitud— ha encontrado en Aliança Catalana la versión más grotesca y delirante de esa misma pulsión.

    Así, mientras unos redescubren el marxismo con entusiasmo juvenil y otros abrazan el populismo identitario como vía de escape, la CUP queda en tierra de nadie. Y es una lástima, porque en Laure Vega tienen a una de las parlamentarias con más capacidad y proyección de todo el arco político catalán.

    PP: la derecha que vuelve con traje nuevo

    Vivimos tiempos en los que todo empuja a la derecha: desde el desgaste del gobierno central hasta los vientos internacionales de auge reaccionario. En ese ecosistema, el PP aparece como la opción “seria” de un cambio ordenado.

    Sin embargo, su posición es incómoda. Antes de Vox, el PP tenía todo el terreno hacia la derecha y solo debía disputar una frontera con el PSC. Ahora tiene que luchar en dos frentes: hacia la derecha, para retener a un votante que quiere mano dura; y hacia el centro, para seducir a un electorado que busca estabilidad. En Cataluña, esa ecuación es todavía más difícil, porque el PP necesita exhibir un cierto grado de catalanidad para ser creíble, pero mantener suficiente distancia para no incomodar a Madrid. Demasiado catalán para España, demasiado español para Cataluña. Esa es su contradicción estructural.

    Vox: el resentimiento como programa

    Vox juega en otro registro. No promete gestión, sino venganza. Ha sabido capitalizar el malestar que provocan los fallos institucionales —desde Rodalies hasta los precios del alquiler— y traducirlo en rabia identitaria. Allí donde la política calla, ellos gritan.

    Su voto es antipolítico, más emocional que ideológico, y encuentra refugio en la simplificación. Y el problema es que, como todo relato simple, funciona. Con una derecha tradicional que se debate entre el “seny” y la sumisión a la estrategia de Madrid, Vox ocupa el vacío moral y discursivo. Si el PSC y la izquierda en general no ofrecen respuestas concretas a la precariedad y la inseguridad, Vox seguirá creciendo, especialmente en los municipios periféricos y los barrios donde la política institucional hace años que no llega.

    Aliança Catalana: la extrema derecha con acento propio

    Aliança Catalana es la pieza nueva del tablero, y no una menor. Con solo dos diputados, ha conseguido situar el debate sobre inmigración e identidad en el centro del discurso mediático. Su fuerza no es electoral, es simbólica: ha roto el tabú de la xenofobia dentro del catalanismo, que históricamente impregnó el espacio de CiU y luego de Junts.

    Lo ha hecho, además, al estilo de la extrema derecha nórdica: abrazando de manera impostada la agenda LGBTIQ+ para distinguirse de la ultraderecha “española”, más misógina y conservadora. Su mezcla de islamofobia, victimismo y apelación al “pueblo auténtico” ha conseguido arrastrar parte del voto de protesta que antes podía ir a la CUP o a la abstención. Junts ya empieza a imitarlos, desplazando aún más el debate público hacia posiciones reaccionarias.

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