
Son muchos años de caminar por la misma zona a la espera de verla mejorar, pero en general solo es fuente de malas noticias. Si buscan en el historial de las Barcelonas verán cómo los paseos por el limbo compuesto por la torre del Fang y Gran de la Sagrera han sido una constante de críticas para enmendar su situación, bien nutrida de barraquismo, miseria e inacción de las autoridades.
La última noticia negativa no nos coge por sorpresa. La estación de mercancías de la Sagrera irá al suelo a principios de 2026 con la excusa de nivelar el terreno que la acoge, culminándose así más de un siglo de historia. El adiós a tan emblemático edificio romperá muchos recuerdos, mellará la identidad de los vecinos supervivientes del origen y terminará con una panorámica perfecta que sintetizaba muchas épocas en un solo encuadre.
Tres son las piezas del mismo. La torre del Fang, al fin, ha ganado el ansiado verdor con un parque abierto como de milagro. Tanto es así que aún acuden pocos ciudadanos, como si no se lo creyeran.

Algunos van y lo alaban, sin por ello dejar de quejarse, como Jaume, a quien me encuentro con su mujer en el Pont de Calatrava, el segundo elemento característico de la trilogía visual que comentamos. Este jubilado de unos setenta años protesta por varios motivos. No soporta la hipocresía de las dos caras, pues en una parte el parque de la torre, aún a rebosar de pintadas, es limpieza y civismo, mientras que en la otra luce un asentamiento barraquista, su pesadilla.
Lo es porque le robaron: encontró la bolsa perdida en el descampado de sus enemigos y empezó una campaña que, en general, encaja mucho con el Vuelva usted mañana de Larra o con el derivarlo a otra puerta, todo muy kafkiano. Además de no ofrecerle solución, las administraciones le informan en un párrafo decisivo de que todos los campamentos de la zona, de puente a puente y tiro porque me toca la corriente, se desmantelarán a medida que avancen las obras destinadas a regenerar el barrio.
Por ahora este hombre, como Jaume, se resigna. Si dejamos atrás el Calatrava nos acercamos a la tercera pieza de la composición. La estación de mercancías de la Sagrera abre y cierra horizontes. Desde los años noventa del siglo pasado no acoge trenes, y en el edificio no debe vivir nadie desde hace algunas semanas, cuando tapiaron su portal. En cambio, sus oficinas aún tienen algo de actividad.

Servidor, siempre empeñado en traspasar límites, ve en un lateral una puerta para acceder a su parte trasera. Muevo una valla, entro y observo un paraje con muchos coches aparcados y las obras de la nueva estación a poquísimos metros. Saco alguna foto y vuelvo al orden establecido, al de la fachada principal y el reguero de barraquismo hasta el pont del Treball Digne.
Al cabo de un minuto un guardia de seguridad privada viene a reñirme. No esperaba menos. Me advierte de haber cometido una ilegalidad, conminándome a no publicar las fotos del derrière, pues de otro modo me denunciarán, aclarándome que “las cámaras te han filmado”.
Le digo que tiene razón. Quina por, tu, no ho superaré mai a la vida. La curiosidad jamás mata al gato; más bien suele enriquecerlo. El pobre hombre tiene las horas contadas en ese plácido puesto, a no ser que Adif y el Ajuntament, siempre tan espléndidos con las cuestiones patrimoniales, recapaciten a partir de las propuestas de la Plataforma de Promoció del Transport Públic, que pide frenar la demolición con razones muy cabales.
Entre ellas figura la tendencia catalana, a lo largo del último decenio, de cargarse conjuntos similares, mientras que en el resto de España se han preservado, reciclándolos, otros hitos como la estación de Zaragoza-Delicias o el tramo de Atocha en el que se hallan las oficinas de Adif.

La estación es historia y podría transformarse en un hub de bicilogística, un espacio de interpretación del ferrocarril y la Sagrera vinculado a la sostenibilidad o incluso devenir un equipamiento vecinal o de servicios.
Quizá la idea de estas proposiciones —para nada descabelladas— llegue tarde y esté todo el pescado vendido, con la mole desaparecida para siempre y el suelo preparado para alinearse con la nueva realidad de una barriada camino de gentrificarse entre la publicidad de simbolizar las nuevas comunicaciones de la ciudad condal y la urgencia por alzar vivienda de primera mano sin pensar en los actuales residentes, muy afectados, así como en los de la Navas.
Con el adiós a la estación de mercancías asistiremos a la bienvenida de la despersonalización, muy acentuada en esta periferia, afortunada por salvar la torre del Fang. El resto de su relato cada vez se percibe menos en la superficie. La perfección sería juntar lo viejo con lo nuevo. Quizá se produzca en el passatge de Bofarull, donde los obreros arreglan la fachada de lo que, a buen seguro, fueron fábricas y talleres, no sin antes haber borrado un bello mural de un beso rosa y verde.

Un poco más abajo, en Gran de la Sagrera, los barraquistas viven como pueden. Uno me aconseja no hacer fotos y, con gestos, le digo que no se preocupe. Lo imponente de la estación enmarca todo y queda bien hasta con un tomate a su izquierda que tapa los campamentos, enormes, sucesores de la Perona, como si ellos, desde su ignorancia, quisieran fundir pasado y presente.
Si en 2026 cae la estación —lo más probable—, habrán asesinado un mundo. No me sorprende, pues por desgracia soy un cronista de una capital que desaparece y mi testigo sirve para recordarla. Lluís Permanyer, sin ir más lejos, nunca fue a los márgenes. Cuando lo hacía, rezumaba clasismo, sin comprender la gloria de ser más desde una pluralidad que se forja con raíces en la tierra y las piedras, en las almas y los sentimientos, despreciados cuando la piqueta interviene, máxime si lo barrido puede usarse para amalgamar el hoy con el ayer.



