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    Paseando por los problemas de la vivienda

    jcorominasBy jcorominasdesembre 18, 2025No hi ha comentaris6 Mins Read
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    Barcelones
    Cartell contra la gentrificació i la especulació en el barri del Carmel. Foto: Jordi Corominas.
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    Obras en la Clota, otoño de 2025. Foto: Jordi Corominas.

    Hará cosa de un par de semanas decidí dar una vuelta por una serie de espacios más que ideales para analizar determinadas constantes barcelonesas. Cogí el metro y fui hasta Horta, donde en la plaça Eivissa, fresca, pero con una obra en su ángulo con Fulton, no pude comprobar sí me hicieron caso y han respetado la placa antigua en la que se recordaba como este lugar fue, con anterioridad, el ágora del mercado de un pueblo sólo agregado a la capital catalana en 1904.

    Tras este aterrizaje procedí a efectuar mi paseo hasta su primer punto, la Clota, un barrio que es un pueblo, a priori protegido desde mayo 2021 tanto en su entorno de huertos rurales bañados por la riera de Marcel·lí como en la morfología de su núcleo urbano, una pequeña maravilla que, sin embargo, corre grave peligro.

    La causa es simple. Como bien es sabido nos hallamos ante una galopante crisis de vivienda en la cual las autoridades dicen empeñarse a fondo para invertir desde lo público, sin que la ciudadanía les crea mucho; al menos eso deduzco desde lo preguntado durante semanas a personas de todo tipo, condición y edad, las cuales desconfían de las promesas, sobre todo en la ciudad condal, donde el alcalde no parecía muy por la labor de cumplir con ese 30% destinado a la protección oficial aprobado por su antecesora en el cargo, Ada Colau.

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    Vistas de pisos nuevos desde la Clota. Foto: Jordi Corominas.

    Sin embargo, también es notorio que en Barcelona si hay un terreno libre es casi inevitable que se construya en el mismo, y eso es lo que sucede ahora mismo frente al único bar de la Clota, hasta hace unos meses un paraíso con vistas fantásticas, sin obstáculos visuales en su horizonte hacia Horta.

    El futuro, dada la lentitud en erigir los previsibles bloques de pisos, aún queda lejos. Cuando llegue será vertical, se cargará una hermosa extensión virgen y anulará una panorámica forjada durante los siglos desde una prodigiosa inacción humana que propició la belleza de no topar con alturas, muy de moda según la tendencia para fomentar la densidad y ser, ante todo, sostenibles.

    Mi primera gran cuestión, luego llegará otro par, es si todo el venidero estallido cuando los mandamases corten la cinta inaugural de estos apartamentos, aún por determinar si públicos porque en otros sitios así se anunciaban y nunca lo fueron, respetará las esencias de la Clota o será la excusa para desfigurar algo excepcional hasta destruirlo, aprovechándose de su aislamiento para propulsar un reducto de ricos que expulsen a pobres.

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    La torre del Moro, otoño 2021. Foto: Jordi Corominas.

    A algunos esto último os sonará muy duro, pero no es inexacto. En el carrer de Alarcón, cerca y lejos de las obras en marcha, ya se levantaron chalés, cuyos propietarios gozan de mucho más dinero en el banco que el 99% de la vecindad, indicio de invasiones, no sé si insensatas, aunque sin duda ni solicitadas y mucho menos anheladas por los de toda la vida, con miedo a ser cercados antes de recibir la patada que los desplace de su feudo.

    Cuando dejo atrás la Clota sigo mi trayecto hacia Horta y, cerca del parc de les Rieres, tengo un momento de pánico atroz al confundirme y creer que habían terminado con la Torre del Moro, superviviente de un conjunto de mayor enjundia datado en el siglo XVI.

    La torre se llama así por uno los rostros junto a sus ventanas góticas. Hasta 2021 estuvo ocupada por chatarreros, pero observándola este otoño no sería descartable alguna presencia humana más disimulada. El problema es que apunta maneras para ejemplificar una práctica muy bien aplicada y documentada de los Ayuntamientos democráticos. Esta consiste en dejar que determinados espacios o elementos patrimoniales o merecedores de serlo se pudran para darles otro uso y, en general, ganar metros para la especulación.

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    La torre del Moro, otoño de 2025. Foto: Jordi Corominas.

    Esto tiene un paradigma en el Lligalbé del Baix Guinardó, aunque también podríamos hablar, dado que paseamos por Horta, de la baixada de Can Mateu, si bien en esa ubicación no tuvieron muchos miramientos y se cargaron un grupo de casas bajas para edificar nuevas que, a la postre, se integraron en una operación inmobiliaria.

    En las Barcelonas repito con asiduidad aquello de “si no se ve, no existe” y esto es lo que acaece con la Torre del Moro, que amenazaba derrumbe y por lo tanto es fantástica para esos planes de no intervenir y facilitar su caída, algo insoportable en cuanto a cinismo y típico a pesar de los pesares.

    De este segundo quid tardamos algo más hasta plantarnos en el tercero. Hará cosa de año y medio detecté cómo los propietarios de una finca excepcional del passatge de les Palmeres con Espiell querían vender su finca. Lo publiqué en estas mismas páginas y el cartel de Se vende desapareció. Por una vez, pero era demasiado ilusionarme, creí haber ganado la partida, desengañándome hace pocos días, cuando pasé por delante y vi un enorme solar, prueba de la victoria de los de siempre, en esta ocasión clave por plantear una pareja de precisiones antes de clausurar este artículo.

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    A la izquierda, la casa derribada del passatge de les Palmeres. Foto: Jordi Corominas.

    El inicial, no menos importante, emerge en entorno a cómo toda aquella arquitectura franquista sufre una desprotección sinigual por ser la dictadura, algo que, salvo contadas excepciones, la convierte en blanco fácil de desinformación y nula protección patrimonial. La segunda es comprobar como esta casa de Vilapicina, de ventanas preciosas que al menos conservo en mi archivo fotográfico, se ha derribado con toda probabilidad sin someterse a una evaluación previa para determinar debía salvarse.

    Da la sensación, y por eso puedo equivocarme, que esa norma, lanzada por Comuns y quizá ignorada hasta por sus creadores, se aplica poco o nada, al menos a tenor de la intervención de la piqueta en conjuntos dignos de conservarse para recoger la pluralidad urbanística de la ciudad a lo largo de su contemporaneidad, imponiéndose el beneficio de inmobiliarias y propietarios del suelo, algo que no genera ninguna reacción defensiva en las izquierdas, convertidas por arte de birlibirloque en un calco de sus oponentes, quien sabe si más partidarios a preservar muros capaces de contar una Historia que es de todos y darle mantenimiento para adaptarla a nuestra era, estéril para elaborar un gran pacto nacional por la Vivienda que piense en esta urgencia desde múltiples y complejos puntos de vista.

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    Obras en la Clota, otoño de 2025. Foto: Jordi Corominas.
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