
La fascinación que algunos jóvenes muestran hoy por los símbolos religiosos no es una vuelta nostálgica al pasado, sino una reinterpretación contemporánea de su función: la religión como una de las máquinas de producción de sentido más eficaces que ha conocido la humanidad.
Re-ligare significa unir, atar cabos, dar coherencia a la existencia. Para muchos de estos huérfanos digitales, el ruido ensordecedor de las redes sociales y su voracidad insaciable solo acentúan el vacío interior. La hiperconexión y la fugacidad de lo efímero los aíslan y los enfrentan a su soledad. No es casual que uno de cada tres jóvenes españoles entre 18 y 24 años declare sentir soledad no deseada.
¿Dónde encontrar, entonces, un sentido al que aferrarse sin ser arrastrados por el tsunami digital? La primera opción —como canta Rosalía, “primero amar el mundo y luego amar a Dios”— siempre fue el encuentro con otro cuerpo, con un partenaire. Pero cuando esa fórmula falla, la decepción reactiva la soledad. Varias canciones de LUX dan cuenta de ello: “Tienes el podio de la gran desilusión. La decepción local, rompecorazones nacional. Un terrorista emocional.”
La espiritualidad –que no la fe, ni la iglesia, ni la mística– ocupa así el vacío que deja el amante ausente. Algo parecido le sucede a Ainara, protagonista de la película Los domingos, que busca en el amor divino lo que no halla en su pareja. Una espiritualidad que invoca la palabra, como el ejemplo de Freud donde un niño le dice a su tía con la que duerme: “háblame; tengo miedo. –¿Y de qué te sirve que te hable, si de todas maneras no me ves? –Hay más luz cuando alguien habla.”
Otros jóvenes, menos abocados a la espiritualidad, buscan compañía en chatbots como Replika (más de 35 millones de usuarios), Character.ai o el propio GPT. No les ofrecen un relato, pero sí una empatía artificial que los acompaña, como un doble imaginario diseñado para mitigar la soledad.
Y un número creciente de varones —la brecha de género no es casual— se agrupan en comunidades digitales misóginas, donde encuentran la certeza que guía sus vidas: “son ellas, las mujeres, las que no nos quieren”. Desde ahí, se sienten legitimados para denigrarlas. Es el retorno de la religión aquí en su versión más feroz: el fanatismo que convierte el odio en sentido, más sólido que cualquier amor espiritual.
Mientras tanto, el capitalismo no pierde comba y tiene listo su merchandising. Con su astucia habitual, transforma toda búsqueda de trascendencia en mercancía, confirmando la tesis de Zygmunt Bauman: todas las ideas sobre cómo ser feliz acaban, tarde o temprano, en una tienda.



4 comentaris
Siempre al dia, con las palabras y las referencias justas para dar que pensar en la actualidad que nos envuelve.
El rey Midas de las redes sociales sacando partido de la lucha desigual entre Marte y Venus.
Muy de acuerdo con tu análisis. Cuando la relación con los seres humanos es decepcionante o traumatizante, siempre queda como recurso el refugio en una relación con lo “divino”. En un mundo líquido donde los vínculos son cada vez más precarios es comprensible esta movida.
Interesante reflexión, querido amigo.
No obstante, yo no asumiría esa dicotomía del título de esta entrada.
La espiritualidad parece requerir una cierta dosis de “relegere”. También la religión, pero ser religioso puede precisar, en el caso del monoteísmo, un religare, algo que remite a una Alteridad.
Un abrazo !!
Javier