El origen de la palabra «cíborg» es la contracción de dos conceptos en inglés: CYBernetyc («cibernético») y ORGanism («organismo»), que se podría interpretar como un organismo regulado por computador. El término fue acuñado por los científicos de la Rockland State University, el Dr. Manfred E. Clynes (1925-2020) y el Dr. Nathan S. Kline (1916-1983), en su artículo [Cíborgs y espacio] (Cyborgs and Space, 1960), publicado en el número de septiembre de la revista Astronautics (Vol 5 Iss 9), editada por American Institute of Aeronautics (actualmente, American Institute of Aeronautics and Astronautics-AIAA). En concreto, la definición exacta que propusieron fue la siguiente: «Para el complejo organizativo ampliado exógenamente que funciona inconscientemente como un sistema homeostático integrado, proponemos el término “cyborg”». Si para nosotros un cíborg es un híbrido humano/máquina, para los creadores del concepto el propósito era mucho más amplio.
El artículo estaba enfocado en encontrar soluciones para facilitar el trabajo de los astronautas, con una idea que era bien simple: a partir de la monitorización de las constantes del cuerpo, un sistema automático podría resolver de forma autónoma los problemas que fueran surgiendo, por ejemplo, sobre la regulación de la temperatura o de la presión sanguínea, de tal manera que los mecanismos de control de la parte humana son modificados externamente por medicamentos o dispositivos de regulación para que la persona pudiera vivir en un entorno diferente del terrestre. Con este soporte artificial, las personas se podrían concentrar en su trabajo de exploración sin preocuparse de las necesidades corporales.
Probablemente, la primera película protagonizada por un cíborg sea Medio hombre, medio máquina (Cyborg 2087, 1966), donde un cíborg del año 2087, Garth, consigue viajar al pasado para evitar que un científico del presente inicie un proyecto de creación de cíborgs que acabarán dominando la Tierra en el futuro de forma totalitaria. Garth se rebela por un inesperado cambio en su inteligencia artificial y, al subirse en una máquina de viajes en el tiempo, tratará de cambiar el rumbo de la historia. A su llegada, lo definen como medio hombre, medio máquina, lo que daba título a la versión castellana.
Esta película se estrenó en el mes de octubre, apenas un mes después de la emisión del primer episodio de la serie original Star Trek (1966-1969), que iniciaba todo un universo de ficción. La idea de la saga fue concebida por Gene Roddenberry (1921-1991) en una década que acababa con la llegada a la Luna el 21 de julio de 1969, coincidiendo precisamente con el final de la tercera y última temporada. En ese contexto de bombardeo de noticias de la NASA sobre viajes al espacio en una apuesta decidida por recuperar el liderazgo tecnológico frente a la Unión Soviética, Roddenberry defendió un nuevo proyecto para la televisión inspirándose en películas del oeste empleando el patrón aventurero de los exploradores aplicado, en este caso, al descubrimiento de nuevos planetas, y, por tanto, de nuevas civilizaciones. Y en ese nuevo universo de ficción la tecnología se convirtió en un elemento clave para justificar un futuro perfecto, sin dolor, sin avaricia, sin guerras, sin hambre, sin analfabetos, sin conflictos internacionales y sin diferencias interraciales. Una tecnología que permitía viajar por el espacio, teletransportarse, comunicarse o curar a los heridos y enfermos.
Cuando en 1987 comienza la producción de la nueva serie Star Trek: La nueva generación (Star Trek: The Next Generation, 1987-1994), los creadores se enfrentan a un nuevo reto aún mayor que el de la serie original: ¿cómo visualizar los avances tecnológicos para sorprender a la sociedad de finales de los ochenta? La percepción de la tecnología ha evolucionado, es más difícil impresionar al espectador y es más difícil ser original vislumbrando ingenios del futuro, ya no es suficiente con ver que las puertas se abren solas. El golpe de efecto lo consiguieron con la incorporación de un miembro de la tripulación que en realidad era un androide, fusionando el perfil sin emociones de un vulcaniano con el de una inteligencia artificial, lo que favorecía toda una retahíla de posibilidades argumentales en torno a la existencia de Data, interpretado por el mítico Brent Spiner.
De nuevo, la tripulación de la nave tiene como misión la búsqueda de nuevas civilizaciones con el objetivo de establecer relaciones pacíficas que aporten un enriquecimiento mutuo a nivel científico y cultural. Es en la segunda temporada de la nueva serie cuando el guionista Maurice Hurley (1939-2015) propone unos antagonistas extremos: una civilización que no dialoga ni razona ni intercambia nada, inmunes a la diplomacia. Sus miembros despreciarían a la humanidad y valorarían la tecnología pero en su expresión más negativa, como instrumento para perder la identidad de la persona, un concepto que choca radicalmente con la propuesta original de Roddenberry (que muere en 1991, dos años después), aunque era una idea alineada con una parte de la sociedad del momento, en una década plagada de malos augurios relacionados con la tecnología, cuyo desenlace final estaba personificado en lo que se llamó «Efecto 2000», cuando los más pesimistas vaticinaban que todo dejaría de funcionar al cambiar la fecha en los ordenadores con la llegada del nuevo milenio.

Aunque el origen de la nueva raza tiene una historia curiosa. La concepción original era la de una raza insectil, en una sociedad estructurada alrededor de una colmena, con una reina que controlase a toda la colonia, tanto a los obreros como a los zánganos. Pero el maquillaje y la vestimenta no acababa de convencer, hasta que alguien propuso un cambio de concepto radical, convirtiendo a los personajes en cíborgs. O, mejor dicho, bautizados por su aféresis: en «borgs». Los borg son una civilización alienígena en la que sus miembros disponen de tecnología invasiva: entre las partes artificiales añadidas, se encuentra un implante cortical en la cabeza que los conecta a una colmena, como si de una mente colectiva se tratase (¿o de una red?), trabajando a las órdenes de la reina, perdiendo la identidad como individuo.
Su objetivo se plantea como un virus: asimilar seres vivos para contribuir al crecimiento de la colmena. La frase mítica de la serie es la siguiente: «Somos borg. Ustedes serán asimilados. Bajen sus escudos y rindan sus naves. Sumaremos sus características biológicas y tecnológicas a las nuestras. Su cultura se adaptará para servirnos. La resistencia es inútil. Se volverán uno con los borg». La intención última es que los humanos se fusionen con la tecnología y queden despojados de su individualidad. En cierto sentido, como en muchas otras cosas, la serie fue premonitoria de lo que puede pasar si la tecnología cayera en manos equivocadas y se utilizara en realidad para deshumanizar, y nos advierte de que tengamos precaución y cautela ante lo desconocido. Todo un presagio de lo que se puede convertir nuestras vidas en una época donde estamos permanentemente conectados a través de un omnipresente móvil, hiperconectados a través de las redes de comunicaciones.
El universo de Star Trek se ha expandido en películas y series, y, también, en cómics. La Editorial Drakul es la encargada en los últimos tres lustros de publicar en castellano algunos de los títulos más destacados de la colección, en el sello Likantro, como es el caso de la novela gráfica Star Trek: La nueva generación. Colmena (Star Trek: The next generation. Hive, 2013), publicada en octubre de 2025 con traducción de Juan Tejo. Con guion de Brannon Braga, que había sido productor ejecutivo de la serie en la que se basa, y de Terry Matalas y Travis Fickett, guionistas reconocidos por sus textos en varias series de televisión, y con dibujo de Joe Corroney, destacado ilustrador que aporta en este caso un trabajo detallado y realista, dotando a la historia de una épica y una tensión dramática, aprovechando al máximo las posibilidades narrativas de las viñetas así como el diseño de páginas completas espectaculares en el cómic.
«En este futuro distópico, los Borg han vencido hace siglos a la Federación. Pero su rey, Locutus, se cuestiona el propósito del Colectivo y traza un plan para matar a su reina y cambiar el curso de la historia», así es como se presenta comercialmente la obra, que transcurre en dos espacios temporales diferentes, y con la presencia de los míticos personajes de la serie de televisión: Jean-Luc Picard, Will Riker, Data, Siete de Nueve, la doctora Beverly Crusher, La Forge y Worf, entre otros. Todos ellos tripulantes de la nave Enterprise, nombre con el que se bautizó al transbordador espacial construido por la NASA en 1976, que no llegó a realizar vuelos espaciales por carecer de escudo térmico. Aunque esta anécdota, la de homenajear a la serie, reconoce implícitamente la importancia de la ficción en fomentar vocaciones científicas y tecnológicas en los espectadores que, en este caso, acabaron trabajando en el diseño y construcción de naves espaciales. Y no solo pasó en ese ámbito.
Nota: una parte del texto del presente artículo corresponde al prólogo del mismo autor, publicado en la novela gráfica citada. El prólogo lleva por título: Cuando la tecnología es la causa del mal.



