Desde hace ya largo tiempo me tengo por un curioso analista del fenómeno cuñadista. En sus diferentes vertientes y variantes, sus propuestas tienden a vascular entre lo burdo, lo peligroso y lo sutil. Y tal vez el mayor problema sea esto último, lo sutil o lo inconsciente. El momento en el que se normaliza una dirección como el único camino posible o, cuando menos, como el único destino sensato.
Jordi Wild ya lo anticipó en el título de su libro, Así es la puta vida. Un libro que en su subtítulo apuntaba: “El libro de ANTI-autoayuda”. Ahí el bueno de Jordi nos venía a decir que la autoayuda nos decía lo que queríamos escuchar pero que no, que no todo depende de nuestras buenas vibras o fuerza de voluntad. Que la vida es más dura que eso. Y hasta ahí… Todo bien, nada que objetar. Pero, las cosas tienden a ser un tanto más complejas.
El discurso clásico de autoayuda es claramente nocivo por cierta predisposición a lo ingenuo, que abandonaría Jordi Wild, pero también lo es por el énfasis en el individualismo, del que Jordi Wild no se desmarca[1]. De hecho, este discurso, el que abandona en buena medida la perspectiva ingenua, se torna potencialmente aún más dañino en cuanto asume ciertas dificultades y obstáculos de la vida, pero los naturaliza: así son las cosas, tienes que aceptarlo, no hay más remedio que adaptarse[2].
La asunción de que las cosas son como son y no hay vuelta de hoja limita nuestro horizonte de posibilidades, imposibilita pensar en alternativas, lo que cristaliza en esa suerte de realismo capitalista que explicaba Mark Fisher y que parte de la célebre expresión de Emerson y Žižek de que “es más fácil imaginarse el fin del mundo que el fin del capitalismo”.
El realismo capitalista implica, entonces, que, aunque la dirección nos pueda llevar al colapso, este sería inevitable porque no hay nada posible en los márgenes. No obstante, esto significa que, cuando menos, se está confundiendo lo posible con lo plausible. Es más, aquello que es visto como poco plausible quizás lo sea porque nos hemos cegado el camino, como si nos hubiéramos colocado unas anteojeras ante el vértigo abrumador de un mundo complejo.
En este contexto, la llamada a esforzarse más por parte del cuñadismo solo se puede comprender como un imperativo que nos dice: trabaja más, inténtalo de nuevo, quéjate menos. Y si aun así no lo consigues, o bien es que realmente no te esforzaste lo suficiente… O bien: es lo que hay, mala suerte, la vida es dura.
¿Pero por qué quejarse menos? Porque quejarse es concebido como un acto estéril, una pérdida de tiempo que podría ser aprovechada para algo “útil” o productivo. Porque si todas las claves están en el individuo (y solo en él), y las cosas son como son, significa que no hay nadie escuchando, que no hay nadie a quién dirigirse o que, en caso de que así sea, somos demasiado pequeños para ser tenidos en cuenta.
¿Pero nuestra pequeñez no podría ser sino un síntoma que muestra lo problemático del pensamiento individualista? ¿Acaso la fuerza sindical, cooperativa o comunitaria no se han ido perdiendo en la medida en la que autocumplimos la profecía de su ineficiencia al concebirnos como átomos aislados que tenemos que velar solo por nuestros intereses particulares (que comprendemos como radicalmente diferentes de los del resto)? Es decir, tal vez la prédica de que quejarse no sirva de nada se ha convertido en realidad no tanto porque la protesta sea infértil como por el hecho de que nos hemos quedado solos con nosotros mismos, aislados.
No se puede dejar de hacer mención a una suerte de cinismo del que una parte del cuñadismo también es cómplice: sabe que el sistema está roto, que no funciona bien pero aún así actúa como si no sucediera nada, como si siguiera creyendo en él. En algunos casos actuando así porque realmente se cree que es un mal inevitable con el que hay que tragar en un mundo sin alternativa, en otros casos actuando de este modo por la pereza del cambio, la comodidad del mal conocido, hay vértigo e incomodidad en cambiar las cosas de sitio.
Sobre la incomodidad y el vértigo uno no puede sino sentir comprensión. O al menos es así hasta que se da cuenta que las promesas de inviabilidad e inhabitabilidad de cualquier alternativa ya se están dando en un sistema realmente existente que se alimenta de sangre humana, pero de forma mucho menos glamurosa que Drácula.
Sea por convicción/realismo capitalista, sea por cinismo, o sea por una mixtura de ambos, ciertamente se debe concluir que la queja no es solo un desahogo, es un síntoma. Y los síntomas, cuando se encauzan, nos llevan a ver lo que antes nos negamos ante nuestros ojos: que quizás insistir en lo mismo es lo que nos ha llevado a este punto, y que no saldremos de ahí insistiendo e insistiendo con más ahínco.
[1] Si acaso sacaría a colación la variable de la suerte, por ejemplo, un recurso que se enmarca bien dentro de una lógica liberal sobre el concepto de libertad y que, en realidad, no escapa a la perspectiva individualista: la suerte así entendida no es controlada por los individuos pero sí que afecta a estos en cuanto tales.
[2] Sobre la necesidad de adaptación estamos sobresaturados de referencias que apelan a una tergiversación de la teoría de la evolución aplicada al campo sociopolítico: que si la supervivencia del más fuerte, que si el ideal del cazador/depredador, etc. No obstante, no entraré aquí en detalle en esto


