No deja de ser curioso cómo el hecho de haber incrementado mis viajes por toda Europa posibilita una comprensión más clara del espacio barcelonés. A lo largo de octubre me moví más que los precios entre varios países; cuando regresé a la capital catalana pude detectar en poco tiempo algunas problemáticas, muchas de ellas, como la que protagonizará estas páginas, situadas en esos ángulos medio invisibles y más bien poco frecuentados.
El pasado 20 de octubre las fuerzas del orden se montaron un festival de buena mañana en Pere IV para desalojar a cincuenta y seis personas de la antigua fábrica textil de La Escocesa. Se dispusieron decenas de furgones y la excusa para realizar la operación fue la insalubridad y las precarias condiciones de habitabilidad para los okupas, la mayoría de ellos senegaleses y de otras nacionalidades extracomunitarias, lo que quizá animó a un concejal de VOX a presenciar el desahucio.

La valentía de la intervención es proporcional a cómo puede ser controlada a nivel mediático sin perjudicar la imagen urbana que quiere venderse. En otras latitudes más densas del 22@, de Ciutat de Granada a Badajoz, es fácil dar con almacenes de chatarra pegados a lujosos edificios de nuevo cuño, los que dan marca al distrito tecnológico, tan de postín, tan BCN, no como esos migrantes de una mafia muy poderosa y muy reconocible para cualquier ciudadano que transcurra un mínimo tiempo en la calle, pues esos carritos de la compra llenos de cachivaches no suelen transportarse por manos blancas.

A nadie alarma este esclavismo posmoderno; por eso mucha prensa pone el acento en la anécdota, como con el desahucio del primer profesor de OT y su pareja donde debería ir un centro sanitario. La mayoría de periodistas, limitándose a vomitar datos muy concretos, informan de las intenciones municipales en ese rinconcito del Baix Guinardó. Si investigaran, como aquí hacemos, quizá convendrían conmigo lo bueno que sería habilitar una zona verde como punta de lanza para ese conjunto de pasajes y viejos torrentes junto al carrer Lepant. Lo digo, como es comprensible, relacionándolo con lo de Pere IV.
Vamos a verlo. El pasado jueves decidí pasear al anochecer por Pere IV tras salir de la Universidad, en la que imparto un curso sobre Historia de Barcelona. Caminé quince minutos y para alcanzar la vieja carretera a Francia y Girona me moví por la Diagonal hasta que me adentré en el Parc Central del Poblenou.

A su vera, aún es posible acceder al Hangar, que exhibe con orgullo su pertenencia a lo que fue La Escocesa. Saqué alguna foto y los que pululaban en el interior me miraron mal, por lo que afronté la ruta hacia mi destino.
Pere IV fue, hasta los mandatos de Ada Colau, una cara B del Fórum, abandonada, llena de barraquismo y con perspectivas poco halagüeñas. Su cambio de imagen le ha dado un aire moderno, propio de la ciudad inteligente y por ello las fábricas de antaño, al menos en el tramo por el que nos moveremos, quieren ser y son smart, como Ca L’Alier, dedicada hoy en día a la innovación urbana. Enfrente vemos dos moles desniveladas en altura. Las ocupan Mendia Capital, o sus oficinas Smart por aquello de ser fieles a la terminología, y T Systems.

Así de buenas a primeras no hay nada que objetar, pero pasear mucho cimienta recuerdo y hará menos de dos años, cuando el gran hito de los aledaños era el verdor del carrer Bolivia antes de ser imitado por Cristóbal de Moura, muchos vecinos pidieron viviendas sociales, lo mismo que estaba previsto para La Escocesa en los planes de Barcelona en Comú, ahora desmentidos porque la Generalitat ve al viejo ingenio como un buen lugar para instalar Casa América y el Consistorio de Collboni aspira a promover algo tan vago como “un polo de innovación económica, cultural, social y residencial”.
El significado de este último mejunje debe ser inescrutable hasta para sus propios creadores y, con toda probabilidad, significa dejar en stand by la ruina hasta nuevo aviso. Por ahora, su perímetro asemeja a un campo de batalla y su inaccesibilidad, muy relativa, se sostiene por la grúa, al menos bien aparcada, no como en otros barrios de Barcelona, con obreros capaces de dejarle en medio de la calle, horadarla e irse tan panchos. Pueden comprobarlo por el Guinardó, mientras en Pere IV es una barrera junto a la arena, mientras a la derecha de todo este barullo unos muros esperan su turno para ser demolidos.

La Escocesa, sospecho, debe ser un horror interno. Por fuera luce ventanas tapiadas y su colorido, típico de su vida a lo largo de los últimos decenios, cuando, pese a ser propiedad municipal, ha recibido el habitual ninguneo, siempre cancelado con dureza, que a servidor, muy aficionado a caminar por esta avenida, no le causa estupor alguno al conocer el modus operandi de nuestras autoridades.
En la esquina superior de Fluvià, a poquísimos metros, barrieron con otra antigua construcción y mirad si avanzan que en el carrer Marroc hasta tiraron una placa del nomenclátor en castellano, prueba de cómo durante muchísimo tiempo no movieron un dedo, por eso lo del 20 de octubre me suena a propaganda para ganar votos, pues en las encuestas el cóctel inseguridad y migración tiene preocupados a muchos ciudadanos, quizá indecisos, algo que los socialistas no podían desaprovechar en tan abrupto y contundente dos en uno.

Que es verdad, por eso hay imágenes, aunque es una máscara para omitir mucha inacción en otras invisibilidades. Lo preocupante es entender este movimiento desde lo útil, cuando no propone nada, más bien destruye y congela. Al cabo de pocos días nadie, salvo obsesos que gastan sus suelas por el asfalto, lo recordará y eso será el pasaporte para incumplir todos los adjetivos ideados para el supuesto porvenir de La Escocesa, patrimonio a proteger que, imagino, engrosará el elenco de lo Smart, un final chocante si se considera el anhelo vecinal y del Ayuntamiento de Ada Colau por la vivienda social, que a priori tanto preocupa a Illa y Collboni, aunque no en Pere IV.


