Al dejar atrás la plaça Eivissa es fácil caer víctima de una constelación de indicios sólo con observar la forma de las calles. Fulton huele a tranvía, y cuando ingresamos en el tramo descendiente de Tajo la imaginación se traslada a la antigua riera d’Horta mientras un viejo cartel remite a los tubos de escape la Cumbre, negocio ahora mismo situado casi en la frontera con Santa Coloma de Gramanet.

La bajada hacia la plaça de les Santes Creus no permite cavilar sobre su trascendencia en la Historia de Horta. Desideri Diez, uno de los grandes investigadores de la zona, coloca en su perímetro el primer núcleo de casas del pueblo, datadas hacia mediados del siglo XVI.

El lugar fue llenándose de lo esencial, desde comercios hasta la escuela, pero si algún edificio tuvo relevancia fue la masía de Can Gras al tener una capilla perfecta para no cansarse hasta alcanzar la iglesia de Sant Joan, al final de la empinada cuesta del carrer Campoamor, sin relación alguna con el poeta, como descubriremos dentro de poco.

Foto: Jordi Corominas

Este caserío rural declinó durante la pasada centuria y ha vivido distintos usos, como un almacén de hierros, una carpintería, un taller de coches, un breve período como sede de CiU y ahora mismo acoge un bar de copas con un notorio jardín, único rastro de animación de este rincón apartado y con el silencio por bandera mientras luce el sol. Durante décadas ejercía también de imán para la contratación de jornaleros tras asistir a misa, dirimir disputas y arreglar asuntos de carácter jurídico.

La plaza tenía otros aspectos imprescindibles para la población al constituir el núcleo central, organizándose desde 1831 la fiesta mayor, descomunal en comparación con las charlas típicas durante el descanso dominical, cuando muchos se acercaban para departir con los vecinos.

Foto: Jordi Corominas

El punto capital, pueden sospecharlo, era el Ayuntamiento, y de su enjundia nos queda una placa con el recuerdo del viejo nombre del ágora, dedicada a la Constitución, como tantas otras repartidas a lo largo y ancho de la geografía española. El edificio principal del municipio se construyó en 1897 y lleva la firma de Claudi Duran i Ventosa, desde tres años atrás arquitecto de Horta y por lo tanto destinado a ser el último de su especie. De haberlo sabido quizá no hubiera eliminado la anterior obra de 1768, cuando el consejo municipal aún dependía de la distante parroquia de Sant Genís dels Agudells, independizándose de la misma a mediados del Ochocientos.

Duran i Ventosa no se complicó mucho la existencia y aprovechó el espacio existente para confeccionar un cubo imperfecto de factura medio modernista sin muchas florituras, como solía corresponder a una edificación de carácter oficial, donde la única excentricidad reside en los animales decorativos, una especie de pollos siniestros a la espera de atacar a los pobres paseantes, sin noticia de agresiones hasta la actualidad.

Duran i Ventosa era aficionado a la fotografía, con un fondo documental de gran valor, y fue uno de los pioneros en usar hormigón armado en nuestras latitudes. Era hermano del ideador del plan de la Mancomunitat de Catalunya, Lluís Duran i Ventosa, de buena familia, lligaire y conservador como debía a sus raíces, hasta ser ser conseller de Cultura de la Generalitat durante la aplicación del 155 republicano tras los hechos de octubre de 1934.

Foto: Jordi Corominas

El cargo debió ser una plataforma para ascender. Poco después desplazó sus actividades a Barcelona, insistente hasta la extenuación en agregarse Horta para sus dominios. La Casa de la Vila sirvió para exponer en 1887 los motivos en contra de la anexión, y cuando esta acaeció en 1904 la capital catalana regaló a sus nuevos ciudadanos una réplica de la fuente de Canaletas como prueba de su aterrizaje imperial, y la ofrenda no debió sentar demasiado bien por ser claro símbolo de humillación para sus escasos seis mil habitantes, multiplicados por cuatro desde el censo de 1846.

En el momento de su desaparición como localidad independiente Horta colindaba con Sant Gervassi de Cassoles, Gràcia, Sant Andreu del Palomar, Cerdanyola y Sant Cugat a través de vastas extensiones de campos, con el verde resaltándose en el conjunto, y claro, ese color, con anterioridad plagado de ermitaños, debía desaparecer para incrementar las ganancias edilicias y propiciar un imparable aumento demográfico.

Una vez Horta integró Barcelona nada fue lo mismo y la plaza cayó en un cierto letargo, potenciado por la pujanza de la de Eivissa debida al mercado y toda la comprensible actividad desarrollada por el mismo.

Foto: Jordi Corominas

Tras la Guerra Civil prosiguió la decadencia. Los vencidos sólo tuvieron alivio con la apertura, en un bloque muy desvencijado, del Auxilio Social franquista. En el extinto Ayuntamiento debió instalarse, o eso reza una nota de La Vanguardia del 15 de diciembre de 1963, el dispensario municipal donde no pocos niños sufrieron el habitual pavor por las inyecciones. Esta labor para la comunidad prosigue desde 1986, pues desde entonces la Casa de la Vila es un centro de Auxilio Social.
La calle adyacente a la plaza recibe la misma denominación, esas Santes Creus del monasterio cisterciense localizado en el Alt Camp. Sería justo distinguirlas y recuperar para el ágora alguna mención a la Historia del pueblo. Mientras eso no ocurra me consuelo con caminar, fijándome en minucias significantes antes de adentrarme en el carrer d’Horta, entre ellas la altura de las viviendas, bajas, propias de un ambiente en las antípodas de la modernidad y por suerte aún respetado. Muchas veces me veo como el cronista de un mundo abocado a la desaparición.

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Ciutadà europeu i escriptor. El meu últim llibre és La ciutat violenta.

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