Los oligarcas tecnológicos de hoy (todos ya conocemos sus nombres) quieren que su visión profundamente elitista de la sociedad sea aclamada y aceptada por el público, pero haciendo a la vez que ese público sea dócil y coopere con sus intereses personales. En mi modesta opinión creo que hemos de plantearnos con valentía y determinación que significa vivir al final de una era y lo que podemos esperar de las decadentes condiciones actuales que pretenden imponer las élites económicas.
Si examinamos de cerca el panorama mediático actual, lo vemos es desolador. Nos enfrentamos a un aluvión constante de presentadores de noticias histriónicos, fragmentos de vídeo descontextualizados, fake news, negacionismo descontrolado, manías especulativas, contenidos en streaming destinados a alimentar la sed insaciable de “drama” de las redes sociales. En lugar de un pluralismo que refleje las diferentes opiniones y opciones de los individuos, tenemos una cacofonía que acaba dando paso a la monotonía, un estruendo insoportable que embota la mente y los sentidos. Los responsables emiten deliberadamente ruido y descargas emocionales. Las “plataformas” están controladas por una oligarquía de multimillonarios tecnológicos que hablan al estilo orwelliano de “libertad de expresión”, pero que en realidad sólo les interesan las ganancias, el poder y el control. Aunque parece que nunca ha sido más fácil para cualquiera compartir libremente sus opiniones con el mundo, el aparato que moldea los pensamientos y sentimientos del público nunca ha estado en manos de menos hombres. Sí, todos son “Hombres” por el momento, no se vislumbran mujeres. ¿Qué querrá decir este sesgo sexual? ¿estamos ante un fenómeno trascendente?
Las posibilidades de un debate público razonado y mínimamente ilustrado, (como es el caso de este diario que Vd. está leyendo y otros) parecen estar reduciéndose día a día. ¿Cómo vamos a seguir teniendo una democracia (que se basa, al menos en teoría, en una opinión pública informada) con una esfera pública tan deslucida? Da la impresión de que ha sido deliberadamente envenenada. El problema de la manipulación y deformación de la opinión no es nuevo. Hace un siglo que ciertos intelectuales y profesionales de la información, han sostenido que las cuestiones de gobierno en la sociedad moderna eran demasiado complicadas para la mayoría de la gente y, por lo tanto, debían dejarse en manos de las élites y los expertos. Para muchos, el papel de la opinión pública era simplemente decir “sí” o “no” a las propuestas de las clases competentes. “Hay que poner al público en su lugar” se ha dicho, para que la sociedad funcione de manera eficiente y progrese. Sin duda, esa podría ser una manera de evitar los problemas que hoy surgen en las redes sociales. Pero el verdadero problema es el pseudopopulismo de los oligarcas tecnológicos de hoy, que quieren obtener la aclamación pública de su visión profundamente elitista de la sociedad, manteniendo al mismo tiempo al público dócil y sumiso.
¿Qué alternativas tenemos, entonces? El filósofo y reformador educativo estadounidense John Dewey, propuso una alternativa participativa basada en la idea de una ciudadanía cada vez más informada y formada, ya que solo en esas condiciones la verdadera democracia puede ser positiva. Suena muy atractivo, pero ¿cómo llevar a cabo el experimento deweyano, cuando los mecanismos de información y educación son precisamente el problema? El filósofo alemán Jürgen Habermas cree en el potencial emancipador de una esfera pública activa en la que todos sus miembros deliberan con libertad. Pero incluso en sus momentos más optimistas, Habermas ha tenido que admitir que el entorno contemporáneo de consumismo compulsivo, manipulación de los medios de comunicación y control burocrático crea un mundo muy diferente del que vivió la burguesía alfabetizada del siglo XVIII. La escritora y filosofa Hannah Arendt pensaba que las opiniones debían formarse, aceptando y conociendo el punto de vista de los demás hasta que uno llegara a ver los hechos desde una perspectiva desinteresada, pero aun así exigía que hubiera hechos reales (no falsedades) para interpretar. Las condiciones que hicieron que todos estos ideales fueran posibles, aunque fuera en teoría, hoy están sometidas a una considerable presión por parte de la misma tecnología que se suponía que los convertiría en un bien universal.
Personalmente, me gustaría tener presentes estos modelos de deliberación pública genuinamente ilustrada mientras escribo esta columna y que dirigiese una mirada crítica a los males que afligen a la democracia y al mismo tiempo siendo escrupulosamente demócrata. Si tuviera que elegir a uno de los grandes teóricos de la opinión pública como guía, quizás elegiría a Arendt, quien escribió que “en materia de opinión… nuestro pensamiento es verdaderamente discursivo, va, por así decirlo, de un lugar a otro, de una parte del mundo a otra, a través de todo tipo de puntos de vista conflictivos, hasta que finalmente asciende desde estas particularidades a alguna generalidad imparcial”. Los escritores y los columnistas no pueden lograr esa hercúlea y universal tarea por si solos. Pero si intentan honestamente hacer su parte (y modestamente también debo decir mi parte), algo empezará a cambiar.


