El periodista británico Oliver Franklin-Wallis ha recorrido vertederos, fábricas y centros de reciclaje en todo el mundo para exponer en su libro Vertedero (Wasteland) la magnitud del problema de los residuos. Pero su investigación va mucho más allá de la basura visible: lo que realmente le preocupa es la “basura invisible”, la que se genera en las etapas previas a la compra, cuando la explotación de recursos y la contaminación ya han hecho estragos en el planeta. A lo largo de esta conversación, Franklin-Wallis analiza cómo la industria del reciclaje ha fallado, cómo la moda rápida se ha convertido en un pilar insostenible de la economía global y por qué el problema de los residuos nucleares es una bomba de tiempo que heredarán las próximas generaciones. También reflexiona sobre el rol de los recolectores de basura en países ricos y denuncia el peso del lobby petrolero en decisiones políticas que afectan directamente la crisis ambiental.
Primero, déjame decirte que disfruté mucho tu libro. ¿Qué te impulsó a investigar este tema y cómo transformó esa inquietud tu visión del consumo diario?
La semilla del libro fue una pregunta casi poética: “¿A dónde va mi basura?” Esa inquietud surgió al ver, con asombro y culpa, cómo el plástico invade los océanos. Me di cuenta de que el desperdicio no comienza cuando tiramos algo, sino desde el primer instante: en la extracción de materias primas y la producción masiva. Esa revelación me hizo cuestionar mis hábitos diarios. Aunque no puedo controlar el consumo global, sí puedo ser consciente de lo que compro y optar por productos que realmente duren. No me considero perfecto, pero mi perspectiva se transformó radicalmente, dejando atrás la ingenuidad del consumismo sin pensar.
El conocimiento de estos hechos te deja la sensación de que el problema es mucho mayor que las capacidades de uno mismo. ¿Crees que el discurso de la “responsabilidad individual” se utiliza para desviar la culpa de las grandes corporaciones?
Exacto. Mientras las empresas nos incitan a reciclar como si eso fuera la solución mágica, la realidad es que el verdadero daño ocurre mucho antes de que un producto llegue a nuestras manos. Piensa en las minas de oro, donde se usan químicos letales como el cianuro, o en toda esa basura “invisible” generada en la cadena de producción. Este conocimiento nos empuja a no conformarnos con soluciones superficiales; la transformación debe empezar cuestionando el modelo mismo de producción masiva. La indignación que sentimos –esa ira contra lo injusto– es el motor que, en definitiva, puede impulsar el cambio político.
En Barcelona se ha vuelto cada vez más visible la imagen de migrantes subsaharianos recogiendo chatarra en las calles.
Esa imagen es un grito que revela un doble fracaso. Por un lado, demuestra que nuestro sistema de gestión de residuos es ineficiente: si funcionara correctamente, no existirían estos “héroes anónimos” que deben luchar por sobrevivir recuperando solo lo que tiene valor. Por otro, es un fallo político y social que explota a comunidades marginadas. Lo irónico es que estos recolectores se encargan de rescatar metales y electrónicos, mientras que el plástico –el verdadero asesino de la vida marina– queda relegado. Es una señal urgente de que nuestro modelo requiere una reforma integral que repare estos desequilibrios.
Uno de los momentos más impactantes para ti fue el encuentro con los residuos nucleares. ¿Cómo describirías esa experiencia y qué significado tiene en el debate sobre el riesgo ambiental a largo plazo?
Adentrarme en una instalación de residuos nucleares fue como pisar el umbral de un futuro distópico. Ver esos enormes contenedores y estructuras en ruinas –como lo está Sellafield en el Reino Unido–, donde se almacena material que será radiactivo por miles de años, fue sobrecogedor. Esa experiencia me obligó a enfrentar la magnitud de un legado tóxico que estamos dejando a nuestras futuras generaciones. Aunque la energía nuclear tiene ventajas en comparación con los combustibles fósiles, el reto de gestionar sus residuos de forma segura sigue siendo un problema sin solución definitiva y, en lo fundamental, éticamente inaceptable.
La moda rápida es otro tema candente en tu obra. ¿Qué problemáticas identificas en este sector y qué medidas propones para mitigar su impacto?
La moda rápida es el epítome de lo “barato” que, en realidad, nos cuesta una fortuna en términos ambientales y sociales. Esta industria utiliza derivados del petróleo para producir prendas desechables, promoviendo una obsolescencia programada que nos empuja a consumir sin medida. Prohibir su publicidad, como se ha hecho en algunos lugares, es solo un parche. La verdadera solución es encarecer su costo real mediante impuestos al carbono o al plástico, de modo que se refleje el daño que ocasiona. Esto incentivaría la creación de moda sostenible y duradera, haciendo que la “moda ética” deje de ser un lujo exclusivo para unos pocos.
La política y las decisiones gubernamentales juegan un papel crucial en este panorama. ¿Cómo interpretas, por ejemplo, la polémica decisión de Trump de revertir la prohibición de popotes de plástico? ¿Es un símbolo de hipocresía o de corrupción sistémica?
Esa decisión es un claro ejemplo de cómo el poder de las grandes corporaciones, especialmente las petroleras, puede moldear la política. Revertir la prohibición de popotes de plástico no responde a una genuina preocupación ambiental, sino a la necesidad de proteger intereses económicos en un sistema plagado de corrupción. Se trata de un gesto más simbólico que efectivo, destinado a mantener el statu quo y a apaciguar a ciertos sectores sin abordar los problemas estructurales. Si la gente supiera cuánto de sus impuestos se destinan a subsidiar estas industrias, la indignación sería innegable. Es urgente una reforma profunda que reemplace estos parches superficiales por soluciones reales y sostenibles.
Finalmente, ¿ves la posibilidad de conciliar el crecimiento económico con un consumo responsable y sostenible? ¿Cómo imaginarías el modelo ideal para el futuro?
Estoy convencido de que es posible transformar el paradigma actual. El crecimiento económico no tiene por qué ir acompañado de un consumismo desenfrenado y la generación masiva de residuos. Imagino un modelo en el que la producción se centre en bienes de alta calidad, duraderos y fabricados de forma ética. Este enfoque no solo reduciría el desperdicio, sino que reactivaría sectores industriales tradicionales como la manufactura y la reparación, creando empleos y fomentando un crecimiento más equilibrado y justo. Se trata de cambiar la mentalidad: en lugar de medir el progreso por la cantidad de productos consumidos, debemos valorar la calidad y la sostenibilidad de cada elección. Es un camino ambicioso, pero esencial para garantizar un futuro en el que el desarrollo económico se alinee con el bienestar social y la salud del planeta.


