El 28 de febrero de 2025, Donald Trump recibió a Volodímir Zelenski en la Casa Blanca para dar todo un espectáculo de poder tóxico: el presidente estadounidense interrumpió al líder ucraniano con comentarios como “Ucrania sigue siendo un agujero negro para el dinero americano”, mientras que el vicepresidente JD Vance le espetaba al presidente ucraniano que “no le había escuchado dar las gracias ni una sola vez”. Pocos días después, Trump congelaba toda ayuda militar a Ucrania, dando un giro radical en la política exterior estadounidense.
El episodio, grotesco pero revelador, resume una lógica que se extiende desde las aulas hasta los parlamentos: la violencia como disfraz de la fragilidad. La rebelión del hombre débil ya ha llegado, y corremos el riesgo de que acabe convirtiéndose en hegemónica. Porqué Trump, por muy narcisista que sea, no deja de ser un síntoma más de los tiempos en los que vivimos. Detrás de él hay muchos más.
Nietzsche, en La Genealogía de la Moral, escribió que la moral tradicional era una invención de los débiles para domesticar a los fuertes. Hoy asistimos a una inversión de su teoría: los que se autoproclaman “fuertes” (jóvenes, blancos, heterosexuales) actúan como resentidos. Su machismo no es seguridad, sino miedo a que las mujeres les arrebaten espacios de poder. Su ultracapitalismo no es ambición, sino la fantasía de que el dinero les devolverá el control en un sistema que los desprecia. Su nacionalismo excluyente no es orgullo, sino pánico a compartir un mundo diverso.
No es casualidad que, mientras Trump ridiculiza a un líder en guerra, en Cataluña crezca el apoyo de los jóvenes a la ultraderecha —con su machismo estridente y su ultracapitalismo salvaje— como si se tratara de una revuelta de quienes se sienten desplazados por un mundo que ya no les garantiza privilegios. Según el último estudio del Institut de Ciències Polítiques i Socials (ICPS), el 62% de los jóvenes catalanes de entre 18 y 24 años cree que la democracia es preferible a cualquier otra forma de gobierno. Incluso el 16% son partidarios de un régimen dictatorial. Son chicos que justifican roles de género arcaicos que desconfían del feminismo” y abrazan un capitalismo sin freno. Ante un mundo de futuro desconcertante, con pocas expectativas laborales, y ante la autopercepción de pérdida de privilegios — sea o no real o sea o no justificada —, la ultraderecha les ofrece un relato sencillo ignorando la complejidad que lo envuelve.
Por otro lado, el auge de esta nueva ultraderecha juvenil no puede entenderse sin considerar el papel de las redes sociales y los algoritmos que refuerzan discursos de odio y victimización. Plataformas como TikTok o YouTube han servido de altavoz a influencers de extrema derecha que construyen una narrativa en la que los jóvenes blancos, heterosexuales y de clase media son las verdaderas víctimas de la sociedad contemporánea. En este universo digital, se presenta la igualdad de género como una amenaza, la diversidad como una imposición y el feminismo como una forma de opresión. No es casualidad que muchas de estas figuras de la derecha alternativa recurran a un lenguaje agresivo y provocador, que imita el estilo de Trump y que busca provocar respuestas viscerales más que fomentar el debate. La viralización de estos discursos contribuye a la normalización del machismo, el racismo y el clasismo entre quienes sienten que su identidad está siendo erosionada por el progreso social.
La solución no está en criminalizarlos, aunque algunos lo merezcan. Está en entender que su rabia es el resultado de un vacío que el neoliberalismo ha alimentado: la soledad del “sálvese quien pueda”. Frente a ello, solo proyectos que reconcilien justicia social con dignidad identitaria —y que reemplacen el mito del individuo todopoderoso por la fuerza de lo común— podrán desactivar esta bomba. Después de todo, como enseñó Nietzsche, la verdadera fortaleza no necesita enemigos: se construye desde la autonomía, no desde el miedo.


