Desde la perspectiva antropológica, el arte no constituye un recinto autónomo o un territorio exclusivo del genio individual. Muy al contrario, forma parte de la urdimbre común que sostiene a las sociedades. Es acción colectiva y ritual compartido. En este sentido, resulta revelador observar cómo, en tiempos de disputa política, ciertas fuerzas ideológicas tratan de intervenir estética y simbólicamente en el espacio público, no solo para expresarse, sino para imponer una manera de sentir el mundo. La extrema derecha contemporánea —desde el fascismo histórico italiano hasta formaciones actuales como Vox o Aliança Catalana— entiende bien este campo de batalla. Su uso del arte no es accesorio: es una estrategia de pedagogía emocional.
En los años del fascismo italiano, la exaltación de la fuerza y la disciplina se tradujo en mármol y bronce. Las esculturas que poblaron plazas y avenidas no pretendían innovar, sino imponer. Hombres musculados, torsos erguidos, miradas que no dudan: cuerpos que no piensan, sino que obedecen. La anatomía convertida en moral. Estas representaciones no eran simples homenajes, sino herramientas para modelar el imaginario colectivo. El mensaje era diáfano: la belleza reside en la homogeneidad —del cuerpo, del gesto, de la nación— y todo lo que se salga de esa norma es decadencia. La estética se vuelve ética; lo artístico, doctrinario. Algo parecido pasaba con el arte cinematográfico de Leni Riefenstahl y obras como El trifunfo de la voluntad.
Esta necesidad de orden visual continúa en las nuevas extremas derechas. No es casual que, mientras buena parte del arte contemporáneo abraza la ambigüedad o la crítica, estos movimientos busquen refugio en formas clásicas, en himnos pasados, en iconografías que remiten a un supuesto tiempo de coherencia. La tradición es invocada como refugio frente al desorden moderno, pero no una tradición viva y contradictoria, sino una tradición fijada, congelada en una postal sepia. Lo que se busca no es la memoria, sino la nostalgia; no el pasado tal como fue, sino tal como conviene imaginarlo.
En el caso español, VOX ofrece un ejemplo claro. Sus actos y manifestaciones están acompañados de canciones rescatadas del franquismo o de la transición: himnos de libertad entendida como propiedad individual, pasodobles de exaltación patriótica, letras que reivindican una masculinidad heroica, sin fisuras. La música actúa aquí como vehículo emocional. No se necesitan discursos complejos: basta una melodía conocida para activar una pertenencia. Se trata de un arte funcional, utilitario, que no busca provocar preguntas, sino cancelar la duda. En el escenario se corean canciones, se enarbolan banderas, se sincronizan aplausos: la estética de lo colectivo transformada en masa.
Algo similar ocurre con Aliança Catalana, aunque con matices territorializados. Su apelación a la tradición catalana no pasa por la innovación cultural, sino por la reificación de ciertos símbolos: la sardana, el casteller, el paisaje rural. Sin embargo, estos elementos, lejos de ser celebrados en su diversidad o dinamismo, son presentados como esencia, como frontera. La cultura se convierte en trinchera. Lo catalán ya no es pluralidad lingüística o creación constante, sino tradición y herencia. Se invoca el pasado, pero se elimina su conflicto interno, su mezcla. Igual que el fascismo italiano estilizaba cuerpos perfectos, aquí se estilizan costumbres perfectas, limpias, sin impurezas.
Desde la antropología, el arte es inseparable de los sistemas económicos y políticos. Y el arte de la extrema derecha —aunque a menudo pretenda erigirse en contracultura o en resistencia— es profundamente producto del mercado. Recurre a lo reconocible, a lo vendible: himnos que todos pueden cantar, imágenes que cualquiera puede interpretar. Existe una sospecha hacia lo abstracto, hacia lo disonante. Frente al arte que incomoda, se impone el arte que conforta. Incluso la iconografía religiosa, en este contexto, es despojada de su dimensión espiritual para convertirse en arma identitaria: vírgenes y cristos ya no son objetos de fe, sino banderas.
No se trata únicamente de estética, sino de una pedagogía del orden. Donde hay complejidad, proponen forma. Donde hay conflicto, proponen armonía. El cuerpo musculado del fascismo, la canción patriótica de VOX, la danza tradicional de Aliança Catalana, comparten un mismo principio: negar la historia como proceso para presentarla como destino. Se promueve la idea de que la comunidad no se construye, se hereda; que el arte no se discute, se respeta. La creatividad es reemplazada por la mímesis, el experimento por la liturgia.
Sin embargo, como bien enseña la antropología, ningún símbolo es inocente ni definitivo. Toda iconografía es también un campo de lucha. Los mismos elementos que la extrema derecha pretende fijar —la música popular, el cuerpo, la tradición— pueden ser resignificados desde otras perspectivas. Donde ellos ven fuerza, hay también fragilidad; donde ven nación, hay mestizaje; donde ven pureza, hay transformación. El arte, en su dimensión colectiva, puede reproducir la hegemonía o subvertirla.
En última instancia, lo que está en juego no es solo qué arte se hace, sino qué mundo se imagina. La extrema derecha despliega un arte de certezas, cerrado, monumental. Frente a él, pervive otro arte posible: el arte del movimiento, de la mezcla, del conflicto. Un arte que no pretende ordenar la sociedad, sino comprenderla. Y es ahí, quizá, donde reside la verdadera disputa: no en los museos ni en las plazas, sino en la capacidad de seguir produciendo símbolos que trasladen el conflicto del ámbito de la identidad al de las clases y lo material.


