Cataluña mantiene un PIB per cápita superior a la media española, pero su productividad por hora trabajada lleva más de una década estancada. Según proyecciones de Eurostat para 2025, la productividad laboral ronda los 45 euros por hora, frente a los 55 euros de la media europea y los 70 euros de Alemania. En los últimos diez años, la economía catalana ha crecido más por acumulación de empleo que por eficiencia. El resultado es una brecha estructural de casi un 18 % respecto a la media de la UE, y una productividad que apenas ha aumentado un 0,5 % anual desde 2015, la mitad del ritmo europeo. A todo esto, le debemos añadir un tema no menor: la mejora de la productividad sólo tendrá sentido si se inscribe en una perspectiva de cohesión social, igualdad de oportunidades y estrategias de justicia social.
El gasto en I+D en Cataluña alcanza el 1,74 % del PIB, por encima de la media española (1,49 %) pero lejos del 2,22 % de la UE o el 3,13 % de Alemania. Según el Informe ACCIÓ 2024 sobre Innovación Empresarial, solo una de cada cuatro empresas realiza actividades de innovación tecnológica (24,6 %), y la mayoría son pymes sin capacidad para escalar. Cataluña concentra el 23 % de las “start-ups” españolas, pero su gasto medio en innovación es un 40 % inferior al promedio europeo.
Sin embargo, el verdadero reto no es solo crecer, sino cómo crecer. En una economía avanzada, el crecimiento cuantitativo —en volumen, empleo o consumo— ya no garantiza bienestar ni competitividad. El crecimiento cualitativo, basado en la productividad y en la eficiencia, es el que eleva los salarios reales, mejora la calidad del empleo y permite sostener el Estado del bienestar sin inflar los costes estructurales. Pero también plantea un riesgo evidente ya que, si los beneficios de la productividad se concentran en sectores tecnológicos o de alto valor añadido, mientras los servicios personales y de cuidados permanecen mal remunerados, la sociedad tiende a una peligrosa dualización entre empleos muy buenos y empleos precarios.
Crecer en productividad y en eficiencia significa producir más con menos energía, menos materiales y más conocimiento. Es aprovechar mejor lo que ya tenemos —infraestructuras, talento, datos, capacidad industrial— para transformarlo en valor añadido. Ese salto requiere coordinación estratégica, inversión paciente y una visión compartida entre el sector público, la empresa y la investigación. Como señalaba Vaclav Smil, “la innovación no se mide por las patentes que generamos, sino por la capacidad de integrarlas en la producción” que constituye la base de los nuevos conceptos acerca de cómo medir el “impacto” de las actividades de R+D+I en un país. La clave está en convertir conocimiento en productividad: más transferencia tecnológica, más coinversión público-privada y más cultura de riesgo. La inteligencia artificial generativa, la automatización industrial y los gemelos digitales son ejemplos de algunos de los elementos que actúan como palancas de salto, siempre que se integren en cadenas de valor locales y no dependan exclusivamente de plataformas globales.
La ecuación catalana no puede limitarse a crecer por volumen, sino debe equilibrar tres 3 factores —innovación, energía, y talento— para multiplicar su eficiencia estructural y social, todo ello dentro de la sostenibilidad en el uso de recursos.
Energía: el nuevo factor de competitividad
El coste energético industrial se ha convertido en un determinante directo de la productividad. Cataluña necesita un 23 % más de energía que la media europea para generar la misma riqueza (AIE e IDAE, 2024). La intensidad energética alcanza los 71,4 tep por millón de euros de PIB, frente a los 57,9 tep de la UE. Los precios eléctricos industriales promedian 0,19 €/kWh, frente a los 0,13 €/kWh en Francia (Eurostat Energy Prices, 2024).
La base industrial catalana —química, farmacéutica, metalurgia, papel y alimentación— concentra el 42 % del consumo eléctrico industrial. Sin una energía más competitiva y limpia, la productividad seguirá penalizada. Solo el 18 % de la generación eléctrica catalana proviene de renovables (ICAEN, 2024), frente al 46 % del conjunto de España y al 65 % de la UE. “El coste de la energía será el nuevo tipo de frontera industrial: quien lo reduzca, dominará el mapa productivo”, advertía J.R. Morante (UB-IREC, 2023).
La electrificación, el autoconsumo y el almacenamiento energético pueden reducir costes y emisiones, pero requieren inversión, redes y gobernanza. El futuro industrial catalán dependerá de si logra convertir la descarbonización en una ventaja competitiva, integrando energía local, eficiencia digital y economía circular, especialmente en los sectores con dificultad. La planificación eléctrica, la gestión del territorio y la política industrial deben alinearse ya que, sin una visión energética clara, la productividad será un objetivo abstracto.
Talento: el motor humano de la productividad
La productividad no depende solo de la tecnología, sino de las personas que la utilizan. Cataluña dispone de una fuerza laboral cualificada, pero con desajustes estructurales. La tasa de empleo (20-64 años) es del 76,3 %, ligeramente por debajo del 79 % europeo, y la temporalidad alcanza el 19,8 %, el doble de la media de la UE (Eurofound, 2024). La edad media de la población activa es de 42,7 años, y se prevé que llegue a 46,2 en 2035 (Idescat).
El déficit de técnicos intermedios supera los 45.000 puestos vacantes en perfiles industriales y digitales (Informe SOC-ACCIÓ, 2024). Mientras tanto, el gasto empresarial en formación continua representa solo el 1,1 % de la masa salarial, frente al 2,3 % en Alemania (CEDEFOP, 2023). Mariana Mazzucato lo resumía así: “El verdadero capital de un país no es su maquinaria, sino su capacidad de aprender”.
Revertir esta tendencia exige una alianza efectiva entre sistema educativo, formación profesional y empresa. La FP dual, la recualificación en sectores energéticos o digitales y la atracción de talento internacional son piezas clave. La productividad del siglo XXI será tanto organizativa como tecnológica basado en la capacidad de aprender, de trabajar en red y de generar valor añadido en torno a ecosistemas.
Una agenda estratégica para la productividad catalana
Cataluña necesita una estrategia integral que combine política industrial verde, energía asequible y capital humano avanzado bajo una hoja de ruta coordinada. Integrar la agenda de descarbonización (PNIEC-CAT) con políticas activas de innovación y empleo cualificado es esencial. Sin productividad no habrá sostenibilidad fiscal ni climática.
El reto no es crecer más, sino crecer mejor, no solo en volumen sino esencialmente en más valor. La modernización de la economía catalana no vendrá de un nuevo ciclo de consumo o turismo, sino de un salto de eficiencia en la forma de producir, innovar y trabajar. La nueva ecuación debe incorporar planificación, gobernanza y escala donde converjan un marco donde la energía renovable, la industria tecnológica y la formación avanzada en torno a un proyecto de país.
Cataluña se juega su futuro en la capacidad de vincular conocimiento, energía, uso sostenible de recursos y talento en una estrategia industrial coherente. Si logra alinear estos tres vectores —innovación, descarbonización & sostenibilidad y formación— podrá recuperar la senda de la productividad europea. Si no, corre el riesgo de quedar atrapada en un modelo de crecimiento extensivo, de baja eficiencia y alto coste energético y ambiental. El desafío no es sólo técnico, sino político: es esencial construir una visión compartida que permita transformar la economía catalana en un sistema más inteligente, inclusivo y competitivo, siendo capaz de planificar la oportuna hoja de ruta estratégica coordinando todos estos factores
A la opinión pública y a buena parte de la administración le suena ahora que la productividad es “la meta”, pero conviene precisar que el papel del Estado no es tanto mejorar cuantitativamente la productividad como facilitar la transición hacia una mejor y óptima productividad según los criterios expuestos. Quien realmente debe elevarla es el tejido que produce es decir la industria, los servicios avanzados y las empresas que transforman conocimiento en valor económico.
En ese marco, también debe repensarse la situación del sector servicios, donde buena parte del empleo sigue siendo de bajo valor añadido. Ciertamente, el sector público también necesita una mejora de su productividad —tema que merecería un análisis aparte—, pero el núcleo del problema está en cómo generar más valor en los procesos productivos actuales. Y eso se logra, fundamentalmente, con una mejora real del suministro energético, un soporte efectivo a los procesos innovadores con impacto directo en la producción —no solo en el ecosistema start-up— y una transformación profunda de la formación, desde la capacitación continua dentro de las empresas hasta un programa potente de FP dual y la incorporación de esa lógica de aprendizaje práctico generando y atrayendo talento al sistema de R+D+I catalán. En definitiva, la productividad no puede ser un fin en sí mismo, sino un instrumento para reforzar la calidad de vida, la igualdad y la sostenibilidad del país.


