Llegué a Cataluña hace 40 años, era una joven que venía a estudiar y buscarse la vida, que había vivido la dictadura y el genocidio de mi pueblo, el de Ríos Montt. Abracé el país que me acogía, en un momento en que todavía acogía, y he querido formar parte de su construcción sin renegar nunca de mis orígenes.
Y todo ha ido cambiando demasiado rápido en los últimos años. Viví lo que llaman el procés —y que considero un acto de revuelta civil increíble— que muchos han considerado una derrota, pero que había significado un paso adelante hasta la aparición del discurso del racismo y la exclusión, que ha calado en la sociedad y se ha introducido, también, en las filas del independentismo.
Ser migrante en un país que acoge es ayudar a entender dónde llegas, su historia —también colonial en este caso— y construir conjuntamente un país, una lengua —hacerla fuerte en medio de todas las demás— y una sociedad basada en la justicia y la equidad. Enfrentar a quien llega con los autóctonos rompe esta red, rompe la sociedad, rompe el país que estábamos construyendo. Este es el verdadero objetivo de la extrema derecha que dice ser independentista pero acaba votando con el Carioco y su negro.
Y el mundo sigue estos cañones. El poder prefiere buscar enemigos antes que tejer alianzas y nos inocula el miedo a la falta de seguridad para señalar y estigmatizar la pobreza y la migración. Prefieren construir enemigos y desarrollar graves conflictos, las vidas no valen nada, rearmar países a los que colonizaron, esclavizaron, despojaron de sus riquezas —todavía hoy se las quitan— y poner dictadores que les hagan el trabajo. Países donde la gente muere por la violencia y el hambre y que, cuando huyen para poder sobrevivir, lo que se llama primer mundo vuelve a esclavizar —la mano de obra migrante, explotada y barata, es fundamental para el capitalismo—, maltratar y estigmatizar.
Este es el mundo del sheriff y sus secuaces; un mundo que más que un western parece El Padrino. El objetivo es el mismo: enriquecerse y seguir ganando poder, actuando como si el mundo fuera suyo: las cárceles de El Salvador, los ataques a Venezuela o la explotación del coltán o el uranio en el Congo, por poner algunos ejemplos.
Los señores de la guerra gobiernan el norte, siguen explotando el sur y hacen negocio con la guerra, mientras señalan a quienes menos tienen por la falta de seguridad. Poned alarmas si queréis: ellos seguirán en el Ventorro.


