En 2014 el alcalde Xavier Trias inauguraba el fotomosaico “El món neix a cada besada”, de Joan Fontcuberta y Toni Cumella en el corazón del barrio Gótico. En la instalación se reproduce un poema de Oliver Wendell Holmes que termina con los siguientes versos: “El ruido de un beso no es tan ensordecedor como el de un cañón, / pero su eco dura mucho más”.
Son unos versos premonitorios para las vecinas más inmediatas del collage, que sufren desde hace años un incremento continuo del ruido que llega a sus casas. Han llegado a contar hasta 10 grupos de turistas de una veintena de personas cada uno en la plaza Isidre Nonell, grupos esporádicos que alteran su cotidianidad a primera hora de la mañana o al final del día y un goteo constante de grupos.
Desde hace unos años se acepta que una situación como esta es una “externalidad negativa del turismo”, una consecuencia inevitable del éxito de nuestra ciudad, el precio a pagar por vivir en un barrio turístico, pero este discurso ya no es válido. No es una “externalidad negativa del turismo”, es directamente el turismo. Para que este collage sea fotografiado miles de veces a la semana se necesitan vecinas que toleren las molestias sin abrir la boca. El turismo es incompatible con la vida vecinal, y sus molestias son una parte indisociable de esta actividad económica extractiva que hace negocio con el barrio Gótico. Hay una expulsión visible, la que es consecuencia del incremento de los precios de la vivienda y de los servicios, masifica las calles y despersonaliza el comercio, pero también hay otra invisible, que es la de la intimidad de los hogares.
Esto no va de turismofobia, va de vecinas que no pueden escuchar música en su casa ni con las ventanas cerradas, de familias que no quieren invitar a sus amistades a casa porque tendrán que gritar para entenderse.
Del mismo modo que hay que reconocer que las molestias son parte indisociable del turismo, hay que abandonar la gestión del equilibrio y hacer políticas por el desequilibrio de los usos del espacio público a favor de las vecinas. Es la hora del desequilibrio.
El conflicto que acabamos de describir no es la anécdota de una comunidad de vecinas exageradas y resentidas, es un episodio que explica muy bien que el turismo funciona cuando la ciudad es un decorado y las vecinas son figurantes sin ningún papel en el guion, más allá de someterse a ser fotografiadas y aceptar el robo continuo de su propio barrio. Este es el pilar estructural en el que se sustenta el turismo.
Y ya basta: es hora de desequilibrar la balanza y gobernar el turismo para reducirlo, para hacerlo decrecer, porque la ciudad y la vida no pueden ser consumidas siempre y a todas horas. Es una cuestión de modelos: de quien ve el barrio Gótico como un lugar donde vivir y quien lo ve como un lugar donde hacer negocio. Una visión y la otra son incompatibles. Los discursos que apelan al equilibrio y a la convivencia de los usos en el espacio público son una falacia. Los intereses de unos y los de otros son incompatibles.
Es el momento de promover políticas que desequilibren los usos y que reduzcan el número de turistas. Ya no se trata solo de aumentar y redistribuir la tasa turística, ni de incrementar el IBI a los hoteles más lujosos, que también hay que hacerlo. Es la hora de limitar las llegadas al aeropuerto del Prat, de no destinar ni un solo euro público de Barcelona a la promoción turística de la ciudad, de desarrollar una política efectiva de reducción de camas para turistas, de controlar y sancionar a los grupos turísticos que sobrepasen los límites establecidos, de impedir la sobreocupación del espacio público por parte de los negocios destinados al turismo y de prohibir más licencias de actividad.
Pero no todo deben ser medidas “en contra” del turismo, sino marcadamente a favor de fortalecer la vida comunitaria, como la generación de equipamientos que faciliten la vida vecinal, la prioricen y la fortalezcan. Hay que diseñar el espacio público para garantizar la vida de barrio y favorecer los flujos de movimiento de proximidad, generar una red de salud comunitaria, apoyar los proyectos autogestionados, favorecer los usos ciudadanos del espacio público, incrementar y mejorar los servicios públicos y la red de equipamientos.
Propongo una oportunidad para reforzar la vida del barrio que cuida, que se conoce y se reconoce con las conversaciones de balcón a balcón. Barcelona no puede ser una ciudad habitable y, a la vez, un destino turístico sin límites. O una cosa o la otra. Es la hora del desequilibrio y, sí, si es necesario, trasladar el fotomosaico del beso para que la vida vuelva a enraizar en las casas de una plaza del barrio Gótico.


