La cultura popular ya no puede entenderse como un simple espacio de entretenimiento. Fenómenos como el manga, el anime o las comunidades fandom han transformado la manera en que hoy se construye la identidad colectiva, la participación política e incluso la percepción de lo que consideramos “cultura”. La expansión global del anime, su circulación transnacional y el uso de sus símbolos en movimientos sociales muestran hasta qué punto la ficción puede convertirse en un lenguaje político.
En el verano de 2025, banderas con el sombrero de paja de One Piece aparecieron en protestas en Indonesia y Nepal, convirtiéndose en emblemas de resistencia y libertad para una generación conectada digitalmente. Aquellos episodios, que sorprendieron por su fuerza simbólica y su difusión global, pusieron en evidencia un fenómeno más profundo: el desplazamiento de la política hacia los imaginarios afectivos de la cultura popular.
En este contexto, comprender cómo opera este lenguaje global es esencial para analizar las nuevas formas de imaginario y de organización emocional del siglo XXI. Por eso conversamos con Alba Torrents, investigadora y profesora de la UAB especializada en culturas audiovisuales y narrativas japonesas. Su mirada ayuda a entender cómo el anime ha pasado de ser una subcultura marginal a un espacio de expresión transnacional, donde la estética, la comunidad y la acción política se entrelazan hasta redefinir el papel mismo de la cultura.
¿Cómo ha evolucionado el papel cultural del manga y el anime desde los años noventa hasta hoy, especialmente fuera de Japón?
El anime y el manga han pasado de ocupar un espacio periférico a convertirse en una parte central de la cultura audiovisual contemporánea. El cambio no es solo tecnológico, sino social: su circulación ya no depende de la televisión o del mercado local, sino de una red global de plataformas y comunidades que facilitan el acceso. Esto ha abierto la puerta a nuevos públicos y ha transformado la manera en que interpretamos estas obras.
En cuanto a la producción, la deslocalización y la digitalización han redefinido la forma de trabajar dentro de la industria. Los procesos son más rápidos, pero también más frágiles, y eso obliga a repensar cómo se distribuye el valor dentro de la cadena creativa.
¿Qué diferencias observas en la manera en que lo consumen e interpretan distintas generaciones —desde los millennials hasta la generación Z?
La diferencia principal está en la relación con el tiempo y con la comunidad. Antes, el consumo era secuencial y colectivo: todo el mundo compartía el mismo ritmo de emisión, y eso creaba un sentido común muy fuerte. Hoy la lógica es fragmentada y permanentemente disponible. Esa libertad también ha transformado el vínculo con las historias: ahora los espectadores pueden intervenir, reinterpretarlas y difundirlas en tiempo real.
La generación más joven no solo disfruta del anime, sino que construye identidad a través de él. Para muchos, el anime es un lenguaje emocional que les permite pensar su propia experiencia y establecer conexiones con otras personas de todo el mundo.
¿Podemos decir que el anime ha pasado de ser un producto “de nicho” a convertirse en un lenguaje cultural global?
Sí, pero esta expansión no debe leerse solo en términos de audiencia. Lo que ha cambiado es su función simbólica: ahora es una gramática visual compartida, capaz de expresar emociones e ideas reconocibles por personas de contextos muy distintos.
Las plataformas digitales han contribuido mucho, pero lo que realmente lo ha convertido en un lenguaje global es su capacidad de adaptarse y ser reinterpretado constantemente por los fans, que elaboran nuevas lecturas, arte derivado o incluso movimientos creativos propios.
En tu investigación hablas de intermaterialidad e hibridación. ¿Cómo encaja aquí el hecho de que el anime no solo circule como entretenimiento, sino que también funcione como símbolo compartido en comunidades digitales?
Cuando hablamos de intermaterialidad, nos referimos a cómo una misma historia puede desplegarse en distintos soportes y seguir siendo reconocible. El anime forma parte de ese ecosistema ampliado en el que las narrativas atraviesan formatos: del papel a la pantalla, de la pantalla al videojuego o al espacio digital participativo.
Esa circulación constante hace que el anime sea más que un producto cultural: es un espacio de encuentro, un conjunto de prácticas en las que la gente crea, experimenta y establece vínculos a través de símbolos compartidos.
Últimamente hemos visto símbolos del anime en protestas o movilizaciones sociales. ¿Qué nos dice este fenómeno sobre su papel como repertorio político?
Nos muestra que la cultura popular es capaz de generar comunidad y expresar emociones colectivas. Cuando una imagen de una serie aparece en un contexto de protesta, no es solo un adorno: es un código que condensa ideas y afectos comunes.
Estos símbolos funcionan porque activan recuerdos y vínculos compartidos. Su fuerza no proviene de su origen, sino del reconocimiento mutuo que despiertan en quienes los utilizan.
¿Qué paralelismos pueden establecerse entre la expansión del anime y otros fenómenos de cultura popular global?
Existe una dinámica común: la transformación del público en parte activa del proceso cultural. Tanto en el anime como en otros ámbitos, los fans no son receptores pasivos, sino coproductores que amplifican, traducen y reinventan el contenido.
Esa implicación constante crea un flujo entre creadores y comunidades que redefine el papel de la industria y convierte la cultura popular en un espacio de participación mucho más abierto que el de hace unas décadas.
¿Por qué crees que determinadas series o imágenes han sido tan fácilmente apropiadas en contextos de protesta social?
Porque muchas de esas historias parten de valores colectivos y de lucha compartida. Sus personajes representan ideales como la amistad, la cooperación o la libertad entendida de manera comunitaria.
Cuando esos valores se traducen al espacio público, se convierten en símbolos inmediatos de resistencia y esperanza, capaces de hablar un lenguaje que todo el mundo entiende.
¿Este uso de los símbolos del anime en manifestaciones es una apropiación consciente o más bien una estética generacional que se vuelve política?
Ambas cosas. Hay quienes utilizan esos símbolos sabiendo exactamente lo que quieren expresar, y otros que simplemente se sienten identificados con su fuerza visual o emocional.
Lo interesante es que, sea consciente o no, esa apropiación crea comunidad. El anime actúa como un puente entre emoción y acción, y eso lo convierte en una herramienta política en sentido amplio.
¿Podemos interpretar estas apropiaciones como un ejemplo de “glocalización cultural”?
En parte sí, porque los significados de las imágenes cambian según el contexto en que circulan. Pero también hay que recordar que el proceso no es neutro: la globalización tiende a simplificar y fijar ciertas representaciones, mientras que la cultura local intenta adaptarlas o contradecirlas.
Lo más interesante es observar cómo esos flujos no solo exportan un imaginario, sino que también lo transforman, generando formas híbridas que escapan a las categorías tradicionales de “global” o “local”.
¿Qué límites ves en el uso de la cultura popular como vehículo político?
Todo símbolo puede agotarse si se repite sin contexto ni intención. Cuando un referente cultural se convierte en mero ornamento, pierde capacidad de transformación.
Sin embargo, mientras la gente siga apropiándose de estas imágenes para comunicar experiencias compartidas, mantendrán su fuerza. La clave está en el uso que se les da: si sirven para expresar deseo colectivo y vínculo, seguirán siendo políticamente relevantes.


