Quizás haya en el futuro alguien capaz de estudiar la importancia de este creador singular, un artista e intelectual que no se limitó a hacer de cantante, lo suficientemente meritorio, sino que con su actitud construyó un testimonio poético y político que incluía todas las inquietudes propias de una generación y las puso de relieve como quizás ninguna otra figura artística e intelectual nuestra lo ha hecho.
Raimon llegó a la canción en los inicios del movimiento, cuando Els Setze Jutges y otros pioneros habían demostrado que era posible cantar “canciones de ahora”. Su impacto marcó un vuelco en la incipiente canción de entonces; los pioneros eran gente prudente y contenida, que además rehuían presentarse como artistas, y en cambio aquel joven estudiante valenciano irrumpía con su voz de trueno, proclamando su no a un estado de cosas. Es necesario entender este contexto para valorar la irrupción raimoniana. El resistencialismo catalanista de la época era moderado, con un posibilismo que abominaba de cualquier exabrupto y recomendaba cautela.
La Nova Cançó Catalana había representado la conquista de un espacio de expresión importantísimo que había que preservar, y Raimon empezaba a ser percibido como alguien un poco arriesgado, por decirlo suavemente. Los activistas nacionalistas estaban encantados de verle hacer lo que nadie hacía, pero la “industria patriótica” –en expresión de Antoni Batista– que publicaba sus discos se creía en la obligación de mantenerle vigilado. La historia de la discografía de Raimon es la de la pugna soterrada con estos entorno y vigilancia, lo que va a llevarlo a cambiar de editora y fundar su propio sello, con Pi de la Serra y Ovidi Montllor. La defensa de la propia independencia ha sido un rasgo distintivo de la personalidad de Raimon y de su esposa, Annalisa Corti (quien debe ser valorada como parte inseparable y decisiva de su propia figura artística).
La independencia ganada a pulso por Raimon le ha llevado, en este aniversario, a una posición singular: un intelectual y un artista de una valía única, reconocido por todos y valorado enormemente por todos los sectores del país. Esta independencia fue establecida desde sus inicios e hizo que destacase no sólo por su calidad sino por ser percibido como alguien capaz de marcar una diferencia en un panorama social carente de figuras digamos contundentes.
Para los jóvenes antifascistas de los 60 Raimon era el que más se parecía al líder que no teníamos. No teníamos un Daniel Cohn Bendit o un Rudi Dutschke, ni siquiera un Martin Luther King o unos Siete de Chicago. Ni los líderes obreros o universitarios podían pasar de ser conocidos por una forzosa minoría de seguidores. Quienes más lejos llegaron en este sentido fueron Marcelino Camacho y los líderes de Comisiones Obreras juzgados en el Proceso 1.001 y quizás algunos de los 113 detenidos por formar parte de la Assemblea de Catalunya. Raimon rehuía conscientemente ser el líder político generacional de lo que estábamos huérfanos, incluso el Bob Dylan catalán. Su canción “T’he conegut sempre igual”, alusiva al líder del PSUC Gregorio López Raimundo o las gestiones para traer a cantar a Pete Seeger hablaban por él en este sentido.
El liderazgo de Raimon fue construido involuntariamente por el régimen franquista, plenamente consciente del alcance de su influencia. La censura era un arma poderosa, al menos un mecanismo de control. Pero la dictadura nunca se atrevió a encarcelar a un cantante, el peso de la adhesión masiva con que contaban los disuadía. Sin embargo, las prohibiciones de recitales aumentaron cada vez más, aunque la situación no hacía más que potenciar la complicidad entre cantantes y sociedad. Éste era el contexto en el que hay que considerar cualquier rol de liderazgo que Raimon y otros podían ejercer y situar su entusiasta aceptación por el público.
Raimon daba voz a la oposición realmente existente y se situaba en medio de la ciudadanía sin atribuirse otro rol que el de un intelectual comprometido, por más que contenidamente. Como artista evitó ser asimilado a una vedette de variedades, pero también como intelectual no quiso ocupar un puesto en un debate político en el que no habría desempeñado ningún mal papel. No estoy seguro de que gran parte de la dirigencia catalanista haya percibido, ni antes ni ahora, la sutilidad de esa postura ni el acto de cortesía que representaba. El anticomunismo de parte del movimiento nacionalista se lo impedía, una reticencia que hemos visto reaparecer cuando el cantante ha afianzado sus opiniones propias.

Raimon pasará a la historia no (sólo) como un personaje destacado de la resistencia al franquismo y el renacimiento de Cataluña sino como un artista singular, un poeta extraordinario y un cantante sin igual, dotado de una consistencia intelectual nada frecuente. Su importancia sobrepasa la Nova Cançó Catalana y se extiende a Europa y al mundo: no hay nadie como él en ninguna parte. Esto no son elogios ni reconocimientos merecidos sino la valoración que se debe hacer de alguien que ha creado una obra totalmente original y que ha tenido una presencia pública ejemplar.
El problema es que para situar esta valoración decididamente positiva necesitamos herramientas críticas de las que Cataluña no dispone, ni antes ni ahora mismo. El fenómeno de la Nova Cançó Catalana no ha conllevado el surgimiento de una crítica comparable a la literaria, cinematográfica o teatral, probablemente porque quienes nos hemos dedicado durante aquellos años a hacer su crónica estábamos ocupados en ayudar a construir su difusión, necesaria en tanto que resistencia. Los elogios merecidos con los que hemos distinguido a los cantantes catalanes formaban parte de la reivindicación general de la Nova Cançó que ejercíamos no sólo porque era necesaria sino porque creíamos en ella. Pero junto a la reivindicación no ha aparecido una crítica necesaria, un análisis, una contextualización artística, histórica y antropológica que un fenómeno tan importante como la Nova Cançó Catalana demanda.
El mundo intelectual, literario y académico ha vivido todos aquellos años, y los presentes aún más, de espaldas a la canción catalana y no ha ayudado a estudiarla con propiedad. El gran concierto que Raimon dio en el campus de la Universidad Autónoma de Barcelona no ha dejado rastro alguno en el interior de las facultades y los departamentos en cuanto al estudio de lo que él fue y representó.
Sólo Manuel Vázquez Montalbán, Jordi Garcia-Soler y Antoni Batista, con Joan Fuster, han escrito páginas que han intentado explicar la verdadera y honda identidad intelectual de Raimon. Solo ellos han publicado libros coherentes con la consistencia del personaje. Un servidor, de cara a una investigación que está realizando, sólo ha encontrado un papel académico a la altura en una tesis doctoral producida en la Universidad de Valladolid.
No existe una crítica de canción como existe la crítica literaria, de artes plásticas, cinematográfica, de teatro, de arquitectura, por citar algunas. La Nova Cançó Catalana incorpora elementos que piden ser estudiados por la historia, la sociología, la antropología, la comunicación y otras ciencias sociales y humanas. Los cantantes han estado muy atentos al mundo de los poetas, los escritores, los pintores.
El propio Raimon ha sido un ejemplo de este interés, provisto de una curiosidad omniabarcante y una preparación intelectual extraordinaria. Pero uno no ve que desde los distintos sectores intelectuales se haya contado con los cantantes para reflexionar, debatir, elaborar materiales y posiciones como se hace con otros profesionales. De los cantantes se ha valorado su popularidad como anzuelo que podía enganchar públicos hacia la propia actividad o personalidad, pero no se les ha concedido un trato de igualdad que merecían como creadores, intelectuales y artistas.
La singularidad de Raimon hace aún más agudo ese contraste que habla claro sobre “qué tipo de gente somos”, según la expresión de Gaziel. A sus 85 años el artista ha creado una fundación que lleva su nombre y el de Annalisa Corti, y sería muy interesante que esta institución promoviera estudios e investigaciones que fueran en la línea de lo que aquí indicamos. Empezando por el estudio de su propia figura artística, histórica y humana.
La singularidad excelente de Raimon no merece únicamente la consideración de los periodistas que le hemos seguido y valorado toda la vida (de los cuales, por cierto, quedamos vivos dos o tres). Como he dicho, mirad en todo el mundo, y no sólo en el campo de la canción: no veréis a nadie como él. Cataluña ha tenido un Miró, un Dalí, un Gaudí, un Carner, un Verdaguer, y también tiene un Raimon. Es una parte importante del grupo de creadores singulares que han hecho de la cultura del país lo que ha sido y es. Alguien debería reaccionar, aunque sea ahora que ha cumplido 85 años.


