La reciente propuesta del Ajuntament de Barcelona de apostar por el turismo cultural a la hora de especializar y proyectar la ciudad a nivel internacional en busca, siempre, del tan manido turista de calidad ha hecho aflorar viejos debates en torno a la imagen que la capital catalana ofrece a sus visitante. En concreto, en una pasada Comisión de Economía y Hacienda, desde el Grupo Municipal de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC), se solicitó al equipo de gobierno del Alcalde Collboni que se comprometiera a ‘impulsar los cambios normativos necesarios para impedir la exposición y venta de productos turísticos ofensivos o de mal gusto que degradan’ supuestamente el perfil de la ciudad. Aunque Barcelona cuenta con un Plan Especial, desde 2008, que ordena y limita los establecimientos dedicados a la venta de recuerdos y suvenires en la totalidad de la misma, es verdad que, solo con un paseo por las zonas más concurridas turísticamente, es posible observar cómo muchos comercios no solamente han encontrado la forma de saltarse ingeniosamente la mencionada normativa, sino que, además, abundan tipologías muy concretas de este tipo de productos realmente llamativas. Es así que penes de madera, camisetas con mensajes relacionados con la ingesta masiva de alcohol, figuras femeninas altamente sexualizadas, sombreros mexicanos, referencias a narcotraficantes latinoamericanos, etc., pueblan las puertas y escaparates de estas tiendas. La simple idea de poder seleccionar el tipo de producto que estas tiendas ofrecen es naif, altamente clasista e ignora las dinámicas propias del mercado turístico, pero puede ser una ocasión interesante para plantear cuales serían los productos que se deberían ofrecer o, en concreto, qué es lo auténtico de Barcelona.
El debate en torno a la autenticidad vinculada al mundo turístico lleva años siendo tratado por diferentes marcos teóricos y académicos. El antropólogo Dean MacCanell trató el tema en una de sus obras más conocidas, El turista: una nueva teoría de la clase ociosa, publicada en 1999. En ella MacCanell establece, incluso, una tipología de escenarios auténticos en los destinos turísticos: Aquel creado específicamente para ser visto y visitado, como un museo o la recepción de un hotel; el que muestra una parte real pero, también, una elaborada específicamente para el consumo turístico exclusivo, como una tienda de productos alimentarios, algunos de los cuales son de atrezzo; el escenario totalmente establecido intentanto parecer real, como el propio Barri Gòtic de la ciudad; aquel que permite la entrada solo a personas destacadas, como ilustres, VIPs, etc. y, finalmente, el que ocasionalmente permite el acceso a lo real, pero de forma ocasional, como el ensayo de una orquesta. Estos distintos escensarios se moverían entre aquel dispuesto totalmente para el turismo hasta llegar a la trastienda real, a la vida misma y, por tanto, a la autenticidad. En el actual marco turístico neoliberal, experiencial, individualista y personilizado, la autenticidad aparecería como el factor más deseado pues, teóricamente, supone aquel elemento verdaderamente diferente de nuestra cotidaneidad, aquello que buscamos cuando realizamos la práctica turística y que no puede ser repetido, ni producido, más que para nuestro propio consumo. La extensión final de esta forma de entender el turismo es lo que ha llevado al éxito de propuestas como Airbnb, las cuales, desde el punto de vista del consumidor, permitirían vivir la experiencia de ser un local más.
Sin embargo, las propuestas de MacCanell no entran a valorar la disolución de la separación entre los diferentes elementos que conforman su sistema clasificatorio. Es decir, ¿existe verdaderamente lo auténtico, lo real? No existe una contradicción entre algo auténtico y algo destinado al consumo? Es decir, ¿no seríamos todos, al final, partes del primer de los escensarios planteados, aquel diseñado para ser directamente consumido? Es más, y volviendo al caso de Barcelona planteado en el párrafo inicial, ¿no son los suvenires de penes y las camisetas de Pablo Escobar parte de nuestra autenticidad?
En la asunción de que Barcelona es una ciudad por y para el turismo, donde cada elemento es objeto de consumo y depredación, la vida cotidiana de sus vecinos y vecinas deviene producto turístico. La gente que viene a visitar la ciudad lo hace tanto por las obras de Gaudí o las playas, pero también por la atmósfera que Barcelona mantiene. Y parte de esta atmósfera son, inelidublemente, los sombreros mexicanos y los llaveros de madera con forma de pene. A mi entender, de lo que trata verdaderamente el debate político en torno a las tiendas de suvenires y los productos que éstas ofrecen no es tanto si ‘son ofensivos’ o ‘de mal gusto’ sino que no nos queremos reconocer en la imagen que la ciudad proyecta de nosotros mismos. El mundo nos mira y nos ve como realmente somos: poco auténticos.


